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Foro de Oriente Medio · Middle East Forum
Observer

Las exigencias de unidad étnica siempre acaban en guerra

Una cosa es un Estado organizado en torno a una etnia y otra muy distinta la adhesión ciega al nacionalismo étnico.

Michael Rubin está especializado en Irán, Turquía y el Cuerno de África. Su trayectoria incluye una etapa como funcionario del Pentágono, con experiencia sobre el terreno en Irán, Yemen e Irak, así como contactos con los talibanes antes del 11-S. Rubin también ha contribuido a la formación militar, impartiendo clases a unidades de la Marina y del Cuerpo de Marines de Estados Unidos sobre conflictos regionales y terrorismo. Su obra académica incluye varias publicaciones destacadas, como “Dancing with the Devil” y “Eternal Iran”. Rubin obtuvo su doctorado y su máster en Historia, así como una licenciatura en Biología, por la Universidad de Yale.

The flag of Somalia on a cracked wall.
La bandera de Somalia sobre un muro agrietado. · Shutterstock

El 10 de abril de 1938, nacionalistas alemanes organizaron un referéndum fraudulento en las zonas de Austria ocupadas por Alemania y en la propia Alemania para decidir si debía producirse el Anschluss, la unión entre Alemania y Austria. Con los nazis proclamando más del 99 por ciento de apoyo en ambos países, Alemania se anexionó Austria. El líder alemán Adolf Hitler no se dio por satisfecho. Todos los alemanes debían unirse, sostenía, lo que significaba que Alemania debía controlar también los Sudetes, las regiones fronterizas de Checoslovaquia pobladas históricamente por alemanes.

El Acuerdo de Múnich, por el que los países europeos optaron por apaciguar a Hitler, no inició la Segunda Guerra Mundial, pero la aceleró y animó a Hitler a creer que podía invadir Polonia sin consecuencias. Los nacionalistas étnicos rara vez detienen su afán expansionista cuando gobiernan a todos sus connacionales de etnia; el paso siguiente consiste siempre en invocar sus supuestas necesidades para apoderarse de más recursos o de más espacio vital.

Hoy el patrón sigue siendo el mismo, aunque los responsables políticos olviden la historia.

En 1952, el oficial del Ejército egipcio Gamal Abdel Nasser tomó el poder en El Cairo. Promovió el nacionalismo árabe, la creencia de que todos los Estados árabes debían unirse para formar una sola entidad. Cuando Nasser dio su golpe, había nueve Estados árabes independientes. En una década serían 16. Nasser era impaciente. Patrocinó revoluciones y golpes de Estado para derrocar a monarcas árabes, desatando guerras y conflictos que mataron a decenas de miles de árabes. Se negó a aceptar una identidad nacional que no se asentara en el arabismo, aun cuando sus actos y sus presupuestos promovían el supremacismo egipcio.

Otros dictadores nacionalistas árabes llevarían la ideología de Nasser a un extremo aún mayor. El dictador iraquí Sadam Husein invadió Kuwait y empleó armas químicas contra los propios kurdos de Irak bajo la bandera del nacionalismo árabe. Y no fue el único caso. El supremacismo étnico derivó una y otra vez en la idea de que los no árabes no pertenecían y sustentó, por ejemplo, el genocidio de Sudán en Darfur. Los cabilios argelinos también han sufrido discriminación como consecuencia del nacionalismo árabe del régimen.

El consejero de Seguridad Nacional y secretario de Estado Henry Kissinger respaldó las exigencias de «una sola China» de Mao Zedong como parte de su iniciativa para apartar a China de la Unión Soviética. Aunque los chinos continentales han controlado Taiwán solo cuatro años de los últimos 500, y aunque incluso Mao consideraba a Taiwán un país distinto, Kissinger avaló una política que, en esencia, reproducía el enfoque del primer ministro británico Neville Chamberlain ante la unificación de las tierras alemanas. Hoy, los responsables políticos temen que un intento chino de anexionarse Taiwán pueda desatar una guerra mundial. Del mismo modo, si Occidente se pliega por defecto a la pretensión china de ser el protector natural de todos los chinos étnicos, ¿significa eso que Pekín exigirá algún día el control sobre los chinos de Vancouver o incluso de San Francisco? No es tan descabellado como pueda parecer.

El nacionalismo somalí es igualmente destructivo. Los dirigentes designados de Somalia anteponen la fantasía de una Gran Somalia a la tarea de arreglar la propia Somalia. Como resultado, Al Shabab amplía su santuario y controla ya amplias franjas del país y de la capital. El panturanismo en Turquía amenaza con extender la inestabilidad desde los Balcanes hasta Asia Central y está en la raíz del despojo territorial que Turquía mantiene en Chipre.

El presidente ruso Vladímir Putin también invoca el nacionalismo étnico como justificación de su actual guerra en Ucrania. Para ser un antiguo oficial del KGB, la información de Putin falló estrepitosamente. Su suposición de que los rusoparlantes del este de Ucrania preferirían unirse a Rusia antes que seguir formando parte de Ucrania resultó falsa; sin embargo, Putin continúa justificando la unidad de los rusos étnicos no solo para reivindicar Ucrania, sino también para anexionarse potencialmente partes de Kazajistán y de los países bálticos.

El peligro, por supuesto, crece en proporción a la diversidad de la población afectada. En Irak, el entonces senador Joe Biden y el presidente del Council on Foreign Relations, Les Gelb, propusieron la división étnica y sectaria del país, sin entender que no existían líneas divisorias claras, puesto que en muchos pueblos y ciudades convivían árabes, kurdos y turcomanos, suníes, chiíes y cristianos en estrecha proximidad, cuando no puerta con puerta. Su propuesta, hecha en nombre de la unidad étnica, habría convertido a Irak en una segunda Yugoslavia.

A finales del siglo XIX y principios del XX, muchos Estados nuevos se articularon en torno a la etnia. Alemania unificó decenas de Estados alemanes, e Italia consolidó un mosaico de principados y Estados menores. Los grupos étnicos se organizaron por todos los Balcanes para sacudirse el dominio otomano. Hay una diferencia, sin embargo, entre un Estado organizado en torno a una etnia y la adhesión ciega al nacionalismo étnico.

Mientras que Estados Unidos prospera sobre un pacto de ciudadanía basado en ideas y no en la etnia, demasiados responsables políticos estadounidenses asumen por defecto que buscar la unidad étnica transfronteriza es legítimo, cuando no deseable. Aunque hoy todo el mundo en el Departamento de Estado reconoce que los despojos territoriales de Alemania anteriores a la Segunda Guerra Mundial fueron erróneos, y la mayoría condenaría también las ambiciones y actuaciones más contemporáneas de Rusia, demasiados dentro de la Oficina de Asuntos de Oriente Próximo del Departamento de Estado siguen albergando una noción romántica del panarabismo, mientras la Oficina de África del Departamento de Estado respalda los sueños de Mogadiscio de una Gran Somalia y muchos en la Oficina de Asuntos Europeos y Euroasiáticos del Departamento de Estado dan crédito a las ambiciones regionales turcas.

Las rotaciones frecuentes y la preferencia por soluciones a corto plazo agravan la ignorancia histórica dentro del Departamento de Estado, el Pentágono e incluso la Agencia Central de Inteligencia. Coquetear con la unidad étnica, sin embargo, equivale a arrojar gasolina sobre un incendio forestal. No acabará bien. A veces, hacer lo contrario es la clave de la paz: hoy existen en esencia dos Rumanías, una de las cuales se llama Moldavia. Lo mismo vale para Albania y Kosovo. El secretario de Estado Marco Rubio ha hecho un trabajo admirable al forzar una corrección en la forma en que el Departamento de Estado ejerce la diplomacia, pero mientras los diplomáticos estadounidenses traten como legítimas las ideologías que conducen sistemáticamente a la guerra, ese trabajo no estará completo.

Leer el original en inglés: Demands for Ethnic Unity Always Lead to War

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