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Si Somalilandia debe volver a Somalia, ¿no debería volver también Yibuti?

En realidad, el autogobierno de Somalilandia es lo mejor que le ha pasado nunca a Yibuti.

Michael Rubin está especializado en Irán, Turquía y el Cuerno de África. Su trayectoria incluye una etapa como funcionario del Pentágono, con experiencia sobre el terreno en Irán, Yemen e Irak, así como contactos con los talibanes antes del 11-S. Rubin también ha contribuido a la formación militar, impartiendo clases a unidades de la Marina y del Cuerpo de Marines de Estados Unidos sobre conflictos regionales y terrorismo. Su obra académica incluye varias publicaciones destacadas, como “Dancing with the Devil” y “Eternal Iran”. Rubin obtuvo su doctorado y su máster en Historia, así como una licenciatura en Biología, por la Universidad de Yale.

The flag of Somaliland, a pro-Western democracy.
La bandera de Somalilandia, una democracia prooccidental. · Shutterstock

En un mitin en Youngstown, Ohio, el 12 de octubre de 2026, el presidente Donald Trump calificó a Somalilandia de «un país totalmente distinto». Fue una afirmación deliberada y consecuencia directa de la evolución de la política bajo el presidente somalilandés Abdirahman Mohamed Abdullahi «Irro».

Entre bastidores, el Departamento de Estado se ha resistido a las presiones del Congreso para ajustar la política estadounidense. Ervin Massinga, embajador de Estados Unidos en Etiopía, instó a los africanos a desoír los comentarios de Trump. En mayo de 2026, el Departamento de Estado remitió su preceptivo «Informe al Congreso sobre posibles áreas para una mejor relación de Estados Unidos con Somalilandia». El informe redoblaba la apuesta por la política de «Una sola Somalia» del Departamento de Estado. «Estados Unidos reconoce la soberanía y la integridad territorial de la República Federal de Somalia, que incluye la región de Somalilandia», declaraba.

El 22 de octubre de 2026, el ministro de Exteriores yibutiano, Abdoulkader Houssein Omar, se reunió en Pekín con su homólogo chino, Wang Yi, y ambos emitieron un comunicado conjunto en el que reafirmaban el reconocimiento de China de la integridad territorial de Somalia.

Desde el punto de vista jurídico, Pekín se equivoca. Incluso la Unión Africana reconoció que, según la letra de su carta fundacional, el caso de Somalilandia a favor de la independencia es sólido. «El hecho de que la “unión entre Somalilandia y Somalia nunca fuera ratificada” y de que además funcionara mal cuando se puso en práctica entre 1960 y 1990 hace que la búsqueda de reconocimiento de Somalilandia sea históricamente única y se justifique por sí misma en la historia política africana», concluía un informe de investigación de la Unión Africana de 2005. No solo la independencia de Somalilandia precedió a la de Somalia, sino que Somalilandia lleva ya más tiempo gobernándose a sí misma del que llegó a formar parte de la fracasada confederación somalí.

El núcleo del argumento de Mogadiscio y el de sus aliados en Pekín, Ankara y Doha es que Somalilandia es ilegítima porque se trata de una entidad colonial escindida de Somalia por las potencias coloniales. Esto, por supuesto, denota un analfabetismo histórico. Antes de la llegada de franceses, británicos e italianos al Cuerno de África, la región ya estaba igual de dividida. El jedivato egipcio, a su vez vasallo de los otomanos, controlaba buena parte de lo que hoy es la costa occidental de Somalilandia, mientras los líderes de los clanes controlaban el resto de Somalilandia, incluidas las zonas dhulbahante. Sultanatos afar como Aussa, Tadjoura, Raheita, Gobaad y Biru existían en lo que hoy es Yibuti y en zonas vecinas de Etiopía. El Sultanato de Majeerteen controlaba Puntlandia, mientras el Sultanato de Hobyo dominaba la zona situada entre lo que hoy son Puntlandia y Mogadiscio. El Sultanato de Geledi y el Imamato de Hiraab controlaban la costa al sur de Mogadiscio. La idea de que Somalia estuviera unificada antes de la fracasada unión entre la Somalilandia italiana y la británica es pura fantasía.

Pero si el Departamento de Estado, el Ministerio de Exteriores chino y Villa Somalia coinciden en que la separación de Somalilandia de Somalia es inválida, ¿por qué no exigir también que Yibuti vuelva a integrarse en Somalia?

Pensemos en los orígenes de Yibuti: en 1862, el Ministerio de Exteriores francés firmó un tratado con unos jefes afar de visita para vender el diminuto puerto de Obock a los franceses. Siguió siendo un lugar remoto durante dos décadas pero, después de que los británicos se negaran a suministrar carbón a los buques de guerra franceses en el puerto británico de Adén, en el contexto de la guerra franco-china de 1883-85, París decidió transformar la pequeña colonia en una estación carbonera. En 1884, el gobierno francés nombró a Léonce Lagarde comandante de Obock. Este procedió a firmar tratados de protectorado con los sultanes de Tadjoura y Gobaad, así como con los clanes gadabursi e issa. Mientras Lagarde consolidaba el control sobre una región somalí, los británicos tejían una red similar de acuerdos más al sur para crear la Somalilandia británica. En 1888, Lagarde fundó la ciudad de Yibuti en el golfo de Tadjoura para aprovechar un puerto natural y después firmó un acuerdo para fijar la frontera con la Somalilandia británica. Solo más tarde llegaron los italianos y comenzaron a establecer puestos de avanzada más al sur, que acabarían consolidando en la Somalilandia italiana.

Exigir que Somalilandia se reintegre en Somalia resulta extravagante bajo cualquier criterio. Somalilandia asegura su territorio, celebra elecciones con regularidad y recauda sus propios ingresos. El control de Al-Shabaab va en aumento; domina Mogadiscio y gestiona más funciones de gobierno que el gobierno nominal. Transparencia Internacional sitúa a Somalia, junto con Sudán del Sur, como el país más corrupto del mundo. Ningún somalilandés pondrá sus casas, negocios y propiedades bajo el control de un gobierno no electo que no respeta el Estado de derecho.

Que el ministro de Exteriores de Yibuti viaje a China, un país al que su gobierno ha vendido en gran medida la soberanía yibutiana, y exija que Somalilandia se reintegre en Somalia resulta aún más extravagante, dado lo artificial que es el propio Yibuti. Los nacionalistas somalíes tendrían razón al preguntarse por qué deberían renunciar a sus derechos porque un jeque menor aceptara 10.000 táleros de Francia hace casi 150 años. Si la respuesta es que la santidad de los acuerdos importa, entonces también importan los de Somalilandia. En realidad, Yibuti traiciona las aspiraciones de Somalilandia porque teme la competencia con su propio puerto.

El presidente yibutiano, Ismaïl Omar Guelleh, sin embargo, se equivoca en sus cálculos. El autogobierno de Somalilandia es lo mejor que le ha pasado nunca a Yibuti. Yibuti se ha beneficiado de la seguridad que ha proporcionado Somalilandia. Que Mogadiscio controlara el lado somalilandés de la frontera de Yibuti mientras Eritrea acecha a Yibuti desde el norte acabaría de la noche a la mañana con la prosperidad de la que disfruta Yibuti. Por el bien de su país, Guelleh y Abdoulkader deberían rezar para que sus esfuerzos por socavar a Somalilandia no prosperen jamás.

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