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Foro de Oriente Medio · Middle East Forum
Observer

Israel «no aceptará, bajo ninguna circunstancia, la creación de un Estado palestino»

Entrevista con el exasesor de Seguridad Nacional Meir Ben-Shabbat.

A woman holds the Israeli flag and a flower during a ceremony commemorating the October 7, 2023, attacks.
Meir Ben-Shabbat dirige el Instituto Misgav de Seguridad Nacional y Estrategia Sionista. Fue asesor de seguridad nacional de Israel y jefe del Consejo de Seguridad Nacional entre 2017 y 2021. · Shutterstock

Israel debe quebrar la esperanza de los palestinos de derrotarlo mediante la violencia. No habrá una solución duradera al conflicto israelí-palestino mientras los palestinos y quienes los apoyan no reconozcan que la violencia contra Israel no puede darles la victoria ni hacer avanzar sus objetivos. En su reciente documento de políticas del Foro de Oriente Medio, «Shattering the Palestinians’ Hope of Defeating Israel» («Quebrar la esperanza palestina de derrotar a Israel»), el exasesor de Seguridad Nacional israelí Meir Ben-Shabbat, uno de los arquitectos de los Acuerdos de Abraham, traza una estrategia para lograr ese giro de fondo en la percepción palestina del conflicto.

En esta entrevista con el Middle East Forum Observer, Ben-Shabbat expone sus recomendaciones de política para Gaza, la Autoridad Palestina y los asentamientos israelíes, a partir de las lecciones de la guerra. También plantea enfoques sobre la política de Estados Unidos, las amenazas que plantean Irán y Turquía, las relaciones con Líbano y Siria, y la ampliación de los Acuerdos de Abraham, incluida la normalización con Arabia Saudí.

MEFO: ¿Qué aspecto tiene una sociedad palestina derrotada en el plano cognitivo, y cómo sabría Israel que ha llegado a ese punto?

Ben-Shabbat: En un escenario de derrota cognitiva, la sociedad palestina desarrolla su vida cotidiana e incluso sus conflictos asumiendo que Israel no puede ser derrotado; que no se le puede imponer la propia voluntad mediante la violencia; y que Israel no puede ser eliminado. Se trata de un reconocimiento profundo y duradero de que continuar la lucha armada no hará avanzar los objetivos palestinos, sino que tendrá un coste elevado. Como ocurrió en el pasado en las relaciones entre Israel y los Estados árabes, ese reconocimiento encauzaría a quienes buscan un cambio hacia vías distintas de la lucha violenta.

La convicción de que se ha alcanzado esa derrota no vendría dada por un único acontecimiento, sino por la constatación de un cambio sostenido en la conducta del liderazgo, el sistema educativo, los dictámenes religiosos, los medios palestinos, el discurso público y la opinión pública. La deslegitimación del terrorismo, el desmantelamiento de la infraestructura armada y el reconocimiento del derecho del pueblo judío a un Estado-nación en su patria histórica serían las primeras expresiones prácticas de ese cambio. La prueba de esa derrota no estaría solo en lo que los palestinos dicen, sino, sobre todo, en lo que hacen con el paso del tiempo. Tres años después del 7 de octubre, ¿qué indicios hay de que los palestinos hayan dejado de creer que se puede vencer a Israel? Si no los hay, ¿qué es lo que la guerra no logró?

No sostengo que la derrota cognitiva ya se haya alcanzado. Al contrario, uno de los argumentos centrales de mi documento es que los impresionantes logros militares de Israel aún no se han traducido plenamente en un cambio en la conciencia de sus enemigos. No obstante, pueden identificarse las primeras señales de cambio. El dictamen religioso emitido por el profesor Suleiman al-Daya contra el ataque del 7 de octubre, y su posterior determinación religiosa, a la luz del precio de la guerra, de que no debe emprenderse la yihad en condiciones semejantes a las de Gaza, son el inicio de ese cambio.

En enero de 2025, el veterano investigador y escritor político Majed Kayali publicó un artículo en la prestigiosa revista Al Majalla titulado «El colapso de la opción militar contra Israel tanto entre los palestinos como entre los árabes». Consideraba que el 7 de octubre de 2023 marcó el fin de una era en el movimiento nacional palestino, una era que, a su juicio, comenzó con la primera operación de sabotaje de Fatah en 1965, que marcó el inicio de la lucha armada palestina. Kayali estimaba además que la resistencia armada había agotado su recorrido. En su opinión, así como la guerra de octubre de 1973 marcó el fin de la opción militar en el conflicto árabe-israelí a nivel estatal, la «Inundación de Al-Aqsa» y la guerra en Gaza anuncian el fin de la opción militar en el conflicto no estatal, o basado en milicias, contra Israel.

Así pues, aunque estos procesos aún no hayan culminado, hay abundantes indicios de que Israel todavía puede provocar un cambio en la forma en que lo perciben sus enemigos, adversarios y competidores, tanto Estados como actores no estatales.

Además, una encuesta palestina de agosto de 2026 registró un descenso significativo del apoyo a Hamás, junto con dudas crecientes sobre los beneficios de la lucha armada, a la luz de la destrucción en la Franja de Gaza. Son novedades importantes, pero no conviene exagerar su alcance. En la misma encuesta, el 72 por ciento de los consultados seguía oponiéndose al desarme de Hamás antes de una retirada israelí completa.

Esto no significa que la guerra haya fracasado. La derrota militar es una condición necesaria para la derrota cognitiva, pero no basta por sí sola. Una organización terrorista puede presentar su propia supervivencia como un logro, incluso tras sufrir golpes severos. Además, cuando la comunidad internacional impulsa el reconocimiento de un Estado palestino después del atroz ataque del 7 de octubre, refuerza el mensaje de que la violencia rinde frutos. El desafío de Israel es completar todos sus objetivos militares y asegurarse de que queden firmemente grabados en la conciencia de todos los actores que lo rodean.

¿Quién gestiona la vida civil en Gaza una vez que Hamás desaparezca? Si la respuesta es Israel, ¿durante cuánto tiempo?

Mientras Hamás conserve sus armas, ponga en marcha mecanismos de control y mantenga su influencia sobre la población, cambiar nombres o crear comités no dará lugar a una realidad nueva. Primero hay que desmantelar Hamás, desmilitarizar la Franja de Gaza y establecer las condiciones para un cambio en el espacio público. No creo que sea correcto determinar de antemano quién administrará la vida civil, cuándo ni cómo. La implicación de Israel debería determinarse en función de la realidad de seguridad y de la capacidad de garantizar que el cambio sea genuino y duradero.

¿Exige su modelo desmantelar la Autoridad Palestina? Tomemos Hebrón o Nablus: ¿quién dirige la ciudad al día siguiente?

El concepto de Oslo se ha derrumbado, pero no sin antes hacernos pagar un precio muy alto. En la práctica, todos lo reconocen, pero se niegan a firmar su acta de defunción. La alternativa que propongo se basa en un reparto distinto de responsabilidades: administración civil a cargo de los palestinos, mediante administraciones locales o regionales con amplias competencias, y responsabilidad de seguridad exclusivamente en manos de Israel.

En Hebrón, por ejemplo, podría examinarse la iniciativa planteada por líderes de clanes y jeques locales para establecer un marco administrativo independiente que se encargaría de gestionar los asuntos de los residentes y mantener vínculos directos con las autoridades israelíes. Podría considerarse un modelo similar en Nablus, adaptado a su estructura social y a las condiciones locales. El cambio debería ser gradual y controlado, bajo pleno control de seguridad israelí.

Los críticos sostienen que la expansión de los asentamientos endurece la hostilidad palestina. ¿Qué pruebas demuestran que, por el contrario, reduce su esperanza de vencer?

Al parecer, nuestra mera existencia también endurece la hostilidad palestina. Cada éxito y cada logro israelí endurecen esa hostilidad. Cada operación preventiva de seguridad que Israel lleva a cabo también la aumenta. Podría elaborarse una larga lista de cosas que endurecen la hostilidad palestina. Espero que nadie piense que por ello deberíamos cambiar nuestra conducta en esos ámbitos.

No descarto la posibilidad de que la expansión de los asentamientos provoque oposición palestina e incluso aumente la motivación para actuar contra Israel a corto plazo. En mi documento señalo explícitamente los riesgos diplomáticos y de seguridad que ello entraña. Pero hay que distinguir entre una reacción inmediata y un cambio cognitivo a largo plazo. El asentamiento judío en Judea y Samaria crea una realidad tangible que, con el tiempo, resulta cada vez más difícil de ignorar o revertir. Demuestra que el tiempo no trabaja necesariamente a favor de quienes esperan una retirada israelí, y que ni la resistencia ni la presión internacional bastan para cambiar la realidad sobre el terreno.

Mi argumento es estratégico e histórico: un cambio profundo en la conciencia se produce cuando la realidad, con el paso del tiempo, descarta la posibilidad de realizar determinadas aspiraciones. Eso fue lo que ocurrió en las relaciones entre Israel y los Estados árabes, que gradualmente concluyeron que no podían destruir a Israel. El asentamiento está vinculado, ante todo, a nuestro vínculo histórico con estos territorios. En segundo lugar, el asentamiento también contribuye a garantizar la preparación en materia de seguridad. Más allá de eso, en el contexto de nuestra conversación, el asentamiento es asimismo un elemento central para crear la percepción deseada sobre esta zona. Por supuesto, debe ir acompañado de los preparativos de seguridad adecuados.

¿En qué aspectos el enfoque de Washington sobre Gaza y la Autoridad Palestina juega en contra de los intereses de Israel, y a qué debería negarse Israel a plegarse?

Estados Unidos es el aliado más importante de Israel, y ha desempeñado un papel central en los logros de la guerra y en los esfuerzos por configurar la realidad regional posterior. No obstante, hay un peligro en un enfoque que pretende predeterminar el resultado político de la guerra antes de que se hayan alcanzado sus objetivos de seguridad. La Resolución 2803 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que adoptó el marco del plan del presidente Donald Trump para Gaza, se refiere a la posibilidad de que la Autoridad Palestina vuelva a gobernar la Franja tras ciertas reformas, e incluso a abrir una vía hacia un Estado palestino. Para Israel, no se trata de meras cuestiones de redacción diplomática. Podrían generar un proceso en el que la presión internacional sustituya a la exigencia de un cambio genuino.

Israel debe dejar claro que no aceptará transferir la responsabilidad de seguridad en Gaza a la Autoridad Palestina ni a ninguna variante de ella, y desde luego no aceptará, bajo ninguna circunstancia, la creación de un Estado palestino. Precisamente porque Estados Unidos e Israel son aliados estrechos, necesitan un diálogo honesto en el que Israel exponga las lecciones del 7 de octubre y las líneas rojas que de ellas se derivan.

Si cae el régimen iraní, ¿termina la guerra palestina contra Israel?

La caída del régimen iraní sería un acontecimiento estratégico de enorme trascendencia para todo Oriente Medio. Durante décadas, Irán ha invertido vastos recursos en construir una red de organizaciones armadas en torno a Israel, entre ellas Hamás y la Yihad Islámica Palestina. Golpear esta fuente de apoyo podría reducir sustancialmente sus capacidades militares, sus fuentes de financiación y la sensación de confianza que extraen de pertenecer a un amplio eje regional. Los golpes sufridos por el eje iraní durante la guerra ya han demostrado lo vulnerable que es este sistema.

Pero sería un error pensar que el conflicto israelí-palestino se originó en Teherán, o que desaparecería con la caída del régimen iraní. Sus raíces se remontan mucho más atrás y están ligadas, ante todo, a la negativa a reconocer el derecho del pueblo judío a un Estado-nación en su patria histórica. Irán explotó el conflicto, lo alimentó y lo intensificó. Por tanto, incluso tras un cambio fundamental en Irán, seguirá siendo necesario confrontar las ideas que impulsan la lucha palestina, sobre todo a la luz del ascenso de un eje suní alternativo encabezado por Turquía, Catar y los Hermanos Musulmanes. Debilitar la infraestructura regional del terrorismo puede ayudar a propiciar la derrota cognitiva, pero no la sustituye.

¿Qué tendría que ver Israel por parte de Beirut y Damasco antes de firmar nada?

La experiencia enseña que los acuerdos diplomáticos no pueden sustituir una realidad de seguridad estable. Hoy, esa realidad se logra mediante un control de seguridad efectivo, el mantenimiento del territorio y la libertad de acción para llevar a cabo operaciones proactivas.

En Líbano, Israel no puede conformarse con declaraciones del Gobierno de Beirut mientras Hezbolá siga manteniendo una fuerza militar independiente, opere al margen de la autoridad del Estado y amenace a las comunidades del norte de Israel. La prueba debe ser práctica: desmantelar la infraestructura militar que amenaza a Israel, impedir el rearme y demostrar que el Estado libanés puede hacer valer su soberanía. Un acuerdo que no garantice estas condiciones podría convertirse en un respiro temporal durante el cual el enemigo se prepare para la siguiente ronda.

En Siria la situación es distinta, pero el principio es similar. El presidente interino Ahmed al-Sharaa puede haber cambiado de ropa y de forma de hablar, pero aún no nos ha convencido de cuáles son sus verdaderas posiciones. Su base sigue incluyendo a adeptos de ideas yihadistas.

Además, es en esencia un delegado de Turquía, que bajo el presidente Recep Tayyip Erdoğan busca la hegemonía regional y aspira a actuar como una potencia de estilo otomano y de orientación afín a los Hermanos Musulmanes. La cautela de Israel en este caso está justificada. Desconfianza, desconfianza y de nuevo desconfianza. Nuestros intereses son claros: impedir que Siria se convierta en una base para fuerzas hostiles a Israel o en país de tránsito de armas, mantener las zonas fronterizas libres de amenazas y proteger nuestros demás intereses en ese país. En la actualidad, Israel solo puede lograrlo manteniendo nuestra presencia en las posiciones donde están desplegadas las Fuerzas de Defensa de Israel y garantizando la libertad de acción en materia de seguridad. Los cambios en el equilibrio regional de poder pueden abrir nuevas oportunidades. Pero una realidad de seguridad estable no surgirá por el mero hecho de firmar acuerdos.

¿Normalizará Riad sin una vía hacia un Estado palestino, y debería Israel pagar ese precio?

Los Acuerdos de Abraham demostraron que la paz y la cooperación entre Israel y los Estados árabes pueden avanzar sin condicionar cada paso a la resolución del conflicto israelí-palestino. Esa fue una de las innovaciones importantes. Los países de la región empezaron a evaluar sus relaciones con Israel sobre la base de intereses compartidos en seguridad, economía, tecnología y estabilidad regional. Arabia Saudí también tiene intereses estratégicos significativos en sus relaciones con Israel, y creo que esos intereses no han desaparecido a causa de la guerra. No obstante, no pretendo predecir qué condiciones fijará el liderazgo saudí, ni en cuáles de ellas podría estar dispuesto a transigir.

Israel debería tratar de ampliar el círculo de la paz y, desde luego, de alcanzar un acuerdo con Arabia Saudí, pero no debe pagarlo creando una grave amenaza de seguridad para sí mismo. Después del 7 de octubre, la creación de un Estado palestino no puede tratarse como un gesto diplomático destinado a posibilitar la normalización regional. Un paso así podría, por el contrario, reforzar la percepción palestina de que la violencia produce réditos. La paz con los Estados árabes debería asentarse en intereses mutuos y en el reconocimiento de la realidad regional, no en un intento de imponer a Israel una solución cuyos supuestos de seguridad subyacentes se han derrumbado.

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