La retirada de Estados Unidos de la Siria kurda es un error
Los grupos terroristas están listos para aprovechar la inseguridad que impera en la región, sobre todo en Estados débiles como Siria.
Sirwan Kajjo es periodista e investigador especializado en política kurda, militancia islamista y asuntos sirios. Ha contribuido con dos capítulos de libro sobre Siria y los kurdos, publicados por Indiana University Press y Cambridge University Press. Sus textos sobre cuestiones sirias y kurdas se han publicado en el Foro de Oriente Medio (Middle East Forum), el Washington Institute for Near East Policy y otros destacados centros de investigación aplicada sobre políticas y publicaciones. Kajjo es también autor de Nothing But Soot, una novela ambientada en Siria. Es licenciado en Gobierno y Política Internacional por la Universidad George Mason.

El 16 de abril de 2026, el ejército estadounidense evacuó su última base en el noreste de Siria, poniendo fin de facto a una asociación de más de una década con las Fuerzas Democráticas Sirias, lideradas por los kurdos. La cesión de la base de Qasrak, en Hasaka, al Gobierno sirio no fue el desenlace natural de una campaña exitosa contra el Estado Islámico, sino más bien la confirmación de un patrón de desvinculación prematura en la estrategia antiterrorista de Estados Unidos.
Desde 2014, Estados Unidos y las fuerzas kurdas en Siria han construido una sólida asociación contra todo pronóstico. Más allá de sus éxitos en el campo de batalla contra el Estado Islámico, la población kurda recibió con agrado a las tropas estadounidenses y vio en su presencia una protección frente a amenazas tanto internas como externas. En un entorno hostil, ese respaldo ayudó a sostener las estructuras de gobierno local y dio a las comunidades kurdas cierta confianza en su futuro.
A lo largo de los años, cada vez que se hablaba de una posible retirada estadounidense de Siria, los kurdos expresaban su preocupación por su futuro. Cuando las fuerzas estadounidenses se retiraron parcialmente del noreste de Siria durante el primer mandato del presidente Donald Trump, en 2019, los manifestantes kurdos denunciaron la decisión, temiendo quedar expuestos a ataques de Turquía y de otros actores.
Sin embargo, cuando los últimos penachos de humo de los fosos de quema se elevaron sobre la base aérea de Qasrak, los kurdos locales no reaccionaron con ira ni con miedo. Eso se debe a que ya habían asimilado el impacto del abandono estadounidense a principios de 2026. Estados Unidos había desempeñado un papel destacado en la disolución de las Fuerzas Democráticas Sirias, un proceso puesto en marcha por un acuerdo del 29 de enero entre los kurdos y las autoridades interinas de Damasco. Para los dirigentes kurdos, el pacto era el aviso de lo que estaba por llegar: una eventual retirada de las tropas estadounidenses.
Los kurdos sirios se enorgullecían de su singular asociación con Estados Unidos. El sentimiento era recíproco. Durante numerosas visitas al noreste de Siria a lo largo de los años, soldados y mandos estadounidenses hablaban a menudo de su admiración por una fuerza que describían como disciplinada, resistente y fiable bajo presión.
Aunque los kurdos sirios se resignaron a su suerte y aceptaron un acuerdo de integración impuesto, Estados Unidos aún tenía la oportunidad de mantener su presencia militar en la región kurda, con independencia del cambio de estatus de las fuerzas kurdas.
El caso de Irak ofrecía un precedente. La retirada de las tropas estadounidenses de Irak decidida por la administración Obama en 2011 tuvo consecuencias importantes. En 2011, Irak todavía daba pasos titubeantes para construir sus instituciones de seguridad y las funciones del Estado y, al igual que Siria, su ejército carecía de capacidad. Menos de tres años después, el auge del Estado Islámico en ese vacío obligó al presidente Barack Obama a redesplegar fuerzas estadounidenses.
Un conjunto de circunstancias similar se está dando ahora en Siria. El país atraviesa una frágil transición liderada por islamistas desde la caída del régimen de Bashar al Asad en 2024. En los últimos meses ha afrontado importantes desafíos de seguridad, mientras que sus instituciones militares y de seguridad, muchos de cuyos miembros tienen su origen en grupos yihadistas extremistas, siguen mal preparadas y lejos de ser cohesionadas. En todo caso, la situación de Siria hoy es aún más precaria de lo que era la de Irak en 2011.
Oriente Medio vive uno de sus momentos de mayor inestabilidad de los últimos años. Los grupos terroristas están en condiciones de aprovechar la inseguridad que impera en la región, con la vista puesta en ganar terreno en Estados débiles como Siria.
Estados Unidos todavía conserva influencia política y militar en Siria. Los mandos militares estadounidenses aseguran que mantendrán los esfuerzos antiterroristas en Siria liderados por socios locales. Pero puede que Washington ya no cuente con la misma asociación con los kurdos sirios, entre otras razones porque las fuerzas kurdas están ahora, en la práctica, disueltas dentro de la estructura militar siria. Aun así, incluso una presencia militar estadounidense limitada en Siria podría contribuir a articular un esfuerzo antiterrorista más eficaz, capaz de evitar retrocesos costosos.
