¿Empujará la guerra a la frágil economía turca al abismo?
Turquía importa el 90 por ciento de su energía, lo que la convierte en una de las economías más expuestas entre los grandes mercados emergentes.
Umud Shokri es un estratega energético y asesor de política exterior radicado en Washington, D.C., con más de dos décadas de experiencia en seguridad energética, política climática y transiciones energéticas globales.

El plan de Turquía de encarecer la energía en plena escalada de la guerra con Irán deja al descubierto una debilidad estructural en la intersección entre seguridad energética, inflación y estabilidad macroeconómica. A medida que aumentan los riesgos de suministro y se acentúa la dependencia de las importaciones, Ankara afronta una vulnerabilidad persistente que condicionará los resultados económicos mucho más allá de la crisis actual.
La guerra ha alterado infraestructuras energéticas y ha elevado los riesgos en rutas de tránsito como el estrecho de Ormuz. Los precios del petróleo han repuntado por encima de los 100 dólares por barril, reflejo de las restricciones de suministro y del aumento del riesgo geopolítico. Estos acontecimientos golpean el núcleo del modelo económico turco, basado en la energía importada. La inflación en Turquía se mantiene en torno al 31 por ciento, mientras la incertidumbre política y los desequilibrios externos siguen lastrando la confianza de los inversores.
Turquía importa aproximadamente el 90 por ciento de su energía, lo que la convierte en una de las economías más expuestas entre los grandes mercados emergentes. Las importaciones netas de energía representan entre el 3,5 y el 4,5 por ciento del producto interior bruto, con una factura anual de 60.000 a 65.000 millones de dólares. En 2024-2025, Irán suministró alrededor del 14 por ciento de las importaciones turcas de gas natural, mientras que Rusia y Azerbaiyán aportaron el 37 y el 21 por ciento, respectivamente. Rusia representa cerca del 60 por ciento de las importaciones turcas de crudo; la producción nacional cubre menos del 10 por ciento de la demanda de petróleo.
La guerra actual ha amplificado estos riesgos. Los ataques contra instalaciones como el yacimiento de gas de South Pars y la refinería de Asaluyeh, sumados a las interrupciones de los flujos marítimos, han reducido la producción regional y han empujado el crudo Brent desde unos 70 dólares hasta picos cercanos a los 120 dólares por barril, antes de estabilizarse por encima de los 100. Los precios europeos del gas también se han disparado. Para Turquía, el traslado es inmediato: el mayor coste de las importaciones se transmite directamente a los precios de los combustibles, las tarifas eléctricas y los insumos industriales.
El impacto macroeconómico es significativo. Cada aumento de 10 dólares en el precio del petróleo ensancha el déficit por cuenta corriente de Turquía entre 4.500 y 5.000 millones de dólares, y eleva la inflación en aproximadamente un punto porcentual. El déficit por cuenta corriente alcanzó los 25.210 millones de dólares en 2025, lo que subraya la fragilidad externa del país.
En respuesta, Ankara sopesa medidas políticamente delicadas. El Gobierno se prepara para subir los precios de la electricidad y del gas natural con el fin de reducir el coste de las subvenciones. El ministro de Finanzas, Mehmet Şimşek, ha reconocido que el encarecimiento de la energía hace insostenible el sistema actual de precios. Las subidas propuestas, de entre el 20 y el 25 por ciento para hogares e industria, llegan tras los recientes repuntes del precio del gasóleo, que roza los 1,80 dólares por litro. Aunque estas medidas pueden aliviar la presión fiscal, alimentan la inflación y corren el riesgo de intensificar el descontento social.
Las repercusiones macroeconómicas más amplias ya son visibles. El Banco Central de Turquía ha puesto en pausa su ciclo de relajación monetaria y ha adoptado una postura más cautelosa. La inflación, que descendió desde un máximo del 75 por ciento en 2024, vuelve a estar sometida a presiones al alza. Los mercados financieros se han tensado y la lira turca ha caído a mínimos históricos, cotizando a 44,59 por dólar estadounidense a 3 de abril de 2026. La divisa se ha depreciado más de un 17 por ciento en el último año.
La crisis agrava una debilidad estructural ya existente. El crecimiento de Turquía descansa en sectores intensivos en energía, como la industria manufacturera y la construcción, sostenidos por financiación externa e importaciones relativamente baratas. Este modelo se vuelve frágil cuando suben los precios de la energía y se estrecha la liquidez. La incertidumbre política de los últimos años ha debilitado aún más la confianza de los inversores.
Los riesgos geopolíticos también reconfiguran el entorno exterior de Turquía. El endurecimiento de las condiciones financieras, el aumento de las primas de riesgo y las interrupciones en los flujos energéticos regionales están elevando los riesgos de refinanciación y poniendo de relieve los límites de la dependencia de los gasoductos. Las interrupciones temporales de las exportaciones de gas iraní tras los ataques contra South Pars ilustran la rapidez con que afloran estas vulnerabilidades.
A medio plazo, choques sostenidos en los precios de la energía enquistarán la inflación, desincentivarán la inversión y limitarán el margen fiscal. El encarecimiento de las importaciones seguirá presionando la cuenta corriente y aumentará la dependencia de entradas de capital volátiles. Aunque las reservas de divisas han mejorado, siguen siendo vulnerables a las perturbaciones externas.
Ankara ha respondido acelerando la diversificación energética. Las renovables representan ya más del 60 por ciento de la capacidad eléctrica instalada, con una rápida expansión de la eólica y la solar. La central nuclear de Akkuyu podría cubrir en torno al 10 por ciento de la demanda eléctrica cuando esté plenamente operativa.
La producción nacional de gas en el mar Negro y la ampliación de la infraestructura de gas natural licuado han reducido la dependencia de las importaciones por gasoducto. Es probable que las importaciones de gas natural licuado de Estados Unidos aumenten de aquí a 2028, lo que podría reducir la dependencia de los suministros rusos e iraníes. Otras iniciativas buscan situar a Turquía como centro energético regional.
Sin embargo, los riesgos de ejecución siguen siendo importantes. Las restricciones de financiación, los retos regulatorios y la magnitud de la inversión necesaria plantean obstáculos. Los ciclos políticos pueden retrasar las reformas, mientras se intensifica la competencia mundial por el gas natural licuado y las cadenas de suministro de renovables. Sin reformas estructurales más amplias, incluidas la credibilidad de la política económica y la disciplina fiscal, la diversificación energética por sí sola no resolverá las vulnerabilidades de Turquía.
La guerra de Irán ha dejado al descubierto con inusual claridad el talón de Aquiles energético de Turquía. Ha forzado ajustes inmediatos de precios y, al mismo tiempo, ha puesto de relieve desequilibrios de largo recorrido. La depreciación de la lira y la inflación apuntan a una confianza en declive. Sin reformas estructurales, Turquía seguirá expuesta a las perturbaciones externas, gestionadas pero no resueltas por una política reactiva.
