Otra revolución secuestrada en Oriente Medio
En las revueltas de Oriente Medio y el Norte de África, las élites y las potencias externas se han apropiado de las aspiraciones democráticas de los pueblos.
Kamal Chomani es doctorando en la Universidad de Leipzig, Alemania, y editor jefe de The Amargi.

La caída del sirio Bashar al-Assad, tras casi un cuarto de siglo en el poder, vuelve a poner de relieve el desajuste entre los dirigentes de Oriente Medio y la voluntad de sus pueblos. Durante décadas, élites psicopáticas han secuestrado los sueños de libertad y democracia de la población, pero esos sueños persisten.
Tras la Segunda Guerra Mundial, los golpes de Estado sacudieron la región, y quienes los encabezaban solían presentarlos como victoriosas revoluciones nacionales. Las dictaduras no son fuertes, pero sí brutales. El terror alarga su vida. En el momento en que dejan de aterrorizar, se derrumban. Y con ellas se derrumba el Estado entero, porque los dictadores vacían las instituciones de gobierno para concentrar todo el poder en sus manos. De Saddam Hussein en Irak a Zine El Abidine Ben Ali en Túnez y Bashar al-Assad en Siria, las dictaduras han mostrado su fragilidad. Los actuales regímenes autoritarios del Norte de África y de Oriente Medio siguen siendo frágiles; por eso un agente de inteligencia convertido en escritor como Jamal Khashoggi resultaba tan amenazante para un país rico como Arabia Saudí.
Cuando la encuesta 2021-2022 del Arab Barometer (Barómetro Árabe) preguntó a los entrevistados si estaban de acuerdo con la afirmación: «Los sistemas democráticos pueden tener problemas, pero son mejores que otros sistemas», más del 70 por ciento de los consultados en Líbano, Jordania, Mauritania, Túnez, la Autoridad Palestina, Sudán, Libia, Irak, Egipto y Marruecos se mostraron de acuerdo o muy de acuerdo; en cada uno de esos países mandan dictadores, monarcas o democracias caóticas y fracasadas.
Es probable que la población de la región entienda que los problemas de gobernanza de los regímenes «democráticos» posteriores a 2003 no son necesariamente intrínsecos a la democracia. El fracaso se debe tanto a un liderazgo ineficaz como a la falta de fe de los propios dirigentes políticos en la democracia. Los dirigentes que no creen en la democracia no la fortalecerán. Los líderes de Egipto, Túnez o la Región del Kurdistán de Irak, que llegaron al poder mediante levantamientos populares y revoluciones contra regímenes autoritarios, pasaron luego a secuestrar los principios de esos levantamientos y revoluciones; se mantuvieron semidemocráticos solo hasta que pudieron hacerse con el Estado o el territorio lo suficiente como para instaurar un poder autoritario. Abdel Fattah el-Sisi en Egipto o Masoud Barzani en el Kurdistán iraquí pueden abrazar la retórica o los adornos de la democracia —tanto al describirse a sí mismos como en elecciones ocasionales—, pero ninguna cantidad de pintalabios embellece el rostro autoritario.
Los rebeldes sirios, como los llaman los medios occidentales, o los revolucionarios, como los celebran los medios financiados por Qatar y Turquía, tienen un largo historial de abusos contra los derechos humanos y de crímenes. Creer que el líder de Hay’at Tahrir al-Sham, Abu Muhammad al-Jawlani, se convertirá en un estadista democrático es autoengaño. Los sirios tienen derecho a la euforia tras derribar a un dictador que había empobrecido el país y lo había transformado en campos de exterminio. Sin embargo, esa euforia solo ayuda a las nuevas élites de «rebeldes» y «revolucionarios» a complacer a sus patrocinadores en Doha y Ankara, a justificar una Siria acorde con sus intereses regionales y geopolíticos y no con los de los sirios.
Hubo un tiempo en que los aspirantes a demócratas se lamentaban de que los países occidentales intervinieran para priorizar la estabilidad sobre la democracia. Hoy, el problema son los propios regímenes autoritarios de la región, que intervienen en Siria para asegurarse de que siga sin ser democrática.
Los sirios necesitan un sistema que los represente y recoja sus aspiraciones. Los Estados de la región presentan con cinismo, y los medios occidentales con ingenuidad, a Hay’at Tahrir al-Sham y al Ejército Nacional Sirio como las mejores opciones a las que pueden aspirar los sirios. Pero no son lo que los sirios quieren. Los sirios quieren poder elegir un sistema democrático que atienda sus aspiraciones y respete la diversidad del país, en lugar de servir a los intereses de Estados regionales que temen ambas cosas.
Los levantamientos y las revoluciones en la región de Oriente Medio y el Norte de África revelan un patrón en el que las élites y las potencias externas secuestran las aspiraciones democráticas de los pueblos. Para romper este ciclo, los actores internacionales no deben dejar Siria en manos de países como Turquía. Si derrocar a Assad significa reemplazar a Assad por al-Jawlani, por un lado, y a Rusia e Irán por Turquía, por el otro, será un desastre. En Siria, la supervivencia y el éxito de experimentos como las Fuerzas Democráticas Sirias, dominadas por los kurdos, son decisivos para impedir otra revolución robada. Su éxito es la razón por la que el Ejército Nacional Sirio y Turquía las atacan conjuntamente para erradicar las perspectivas de democracia en el futuro de Siria. En última instancia, el destino de Oriente Medio depende de garantizar que las aspiraciones de los pueblos no conduzcan a un autoritarismo renovado, sino a una suerte de transformación democrática. Siria es otro experimento, pero ya parece condenado.
Si la administración Trump quiere tener voz sobre el futuro de Siria, no bastará con condicionar la ayuda estadounidense; proteger las zonas controladas por los kurdos y su paradigma democrático plantará cara a los esfuerzos de otros países por imponer a Siria un orden islamista extremista. Si esos países lo logran, los sirios serán una amenaza existencial tanto para sus minorías y las de la región como para los intereses de Estados Unidos en la zona.
