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Observer

¿Seguirá Hamás el modelo de Hizbulá mientras Occidente abraza la «tecnocracia»?

El modelo híbrido de Hizbulá en el Líbano le permite operar dentro de las instituciones estatales formales o detrás de ellas.

Aaron J. Shuster es un cineasta y escritor galardonado afincado en California. Su trabajo se centra en la responsabilidad moral, Israel y los desafíos estratégicos a los que se enfrentan las sociedades democráticas.

Hamas militants in the streets of Gaza in February 2025.
Milicianos de Hamás en las calles de Gaza en febrero de 2025. · Shutterstock

Los llamamientos a un «gobierno tecnocrático» en Gaza han vuelto a escena, mientras los responsables políticos buscan una fórmula de posguerra que evite tanto la reocupación israelí como el retorno del dominio de Hamás. La propuesta parece pragmática: nombrar administradores sin filiación partidista, restablecer los servicios esenciales y estabilizar la Franja, aplazando las grandes cuestiones políticas. El problema es estructural. Los movimientos armados rara vez ceden el poder simplemente porque se forme un gabinete civil: buscan preservar su influencia.

Informaciones recientes y análisis de políticas apuntan a que Hamás prepara precisamente una estrategia de adaptación de ese tipo: preservar su capacidad de presión mediante la continuidad burocrática, las redes de seguridad interna y la supervisión de la reconstrucción, incluso tras la creación de un comité de gobierno nominalmente independiente. El concepto se asemeja al modelo híbrido de Hizbulá en el Líbano: operar dentro de las instituciones estatales formales o tras ellas, conservando una autoridad autónoma.

Hamás ha estudiado la estrategia de integración de Hizbulá. Hizbulá ha demostrado cómo una organización armada puede incrustarse en ministerios, influir en la asignación presupuestaria y mantener estructuras de mando paralelas que no responden a ninguna cadena de autoridad civil. La participación en el gabinete no moderó la postura militar de Hizbulá; normalizó su papel político y, al mismo tiempo, preservó su arsenal independiente.

La lógica es sencilla. Los grupos armados que sobreviven a una gran confrontación priorizan tres objetivos: preservar la jerarquía de mando, mantener el control sobre la seguridad interna y la inteligencia, y proteger su capacidad de regenerar activos militares. Esto encaja con la postura de Hamás tras la guerra. El control de los pasos fronterizos, los sistemas de nóminas, las autoridades de concesión de licencias y la policía interna determina quién domina las redes clientelares, el acceso humanitario y las fuentes de ingresos. En entornos frágiles, esas palancas suelen pesar más que los títulos formales.

En la práctica, la gobernanza híbrida suele generar cadenas de autoridad duales que los actores internacionales tienen dificultades para penetrar. Un ministerio civil puede supervisar formalmente la vivienda, las infraestructuras o la regulación fronteriza, mientras redes informales controlan las decisiones de contratación, la selección de contratistas y la aplicación de la ley a nivel local. La arquitectura visible parece tecnocrática; la palanca operativa sigue siendo política. Con el tiempo, los actores externos acaban interesados en mantener el entramado administrativo porque ofrece resultados medibles —electricidad restablecida, carreteras reparadas, nóminas tramitadas—, aunque el entorno de seguridad de fondo permanezca inalterado. El resultado no es una transición, sino un atrincheramiento bajo otra etiqueta institucional.

La mecánica institucional es decisiva. ¿Quién controla los ingresos aduaneros? ¿Quién certifica los títulos de propiedad y los contratos de reconstrucción? ¿Quién supervisa al personal de seguridad interna? ¿Quién regula el reparto de la ayuda? Si Hamás conserva una influencia efectiva sobre esas funciones, aunque sea de forma indirecta, un gobierno tecnocrático operaría dentro de los límites fijados por la propia organización a la que se supone que debe desplazar.

El Líbano ofrece un precedente aleccionador. Pese a repetidas iniciativas de reforma e inversión internacional, la estructura militar paralela de Hizbulá perduró durante décadas. La participación en la política formal no eliminó su cadena de mando independiente. Los actores externos, al priorizar la estabilidad a corto plazo, trataron a menudo como un avance la reforma superficial de la gobernanza mientras dejaban intacta la capacidad coercitiva.

El entorno de seguridad posterior al 7 de octubre de 2023 agudiza este dilema. La doctrina israelí se centra ahora en negar a Hamás la capacidad de regenerarse militarmente. Cualquier modelo de gobernanza que deje intacta una estructura de mando en la sombra corre el riesgo de recrear las condiciones que hicieron posible la guerra anterior.

Nada de esto descarta una administración civil en Gaza. Las infraestructuras deben funcionar. La reconstrucción exige coordinación y financiación externa. La cuestión es la secuencia. Las transiciones duraderas requieren o bien el desarme previo a la integración política, o bien la existencia de un mecanismo de aplicación capaz de constreñir a los actores armados. En ausencia de esas condiciones, los grupos armados conservan capacidad de influencia y pueden calibrar su visibilidad en función de la presión externa.

El atractivo de un gobierno tecnocrático reside en su promesa de estabilidad sin escalada. Ofrece a los donantes un cauce para los fondos de reconstrucción y a los diplomáticos un vocabulario de moderación. Permite a los responsables políticos aplazar la cuestión más espinosa del desarme. Ahora bien, si Hamás conserva el control efectivo sobre las redes de seguridad o los flujos de la reconstrucción, un gobierno tecnocrático representaría una adaptación y no una verdadera transición.