Las resoluciones de continuidad sin presupuestos ordinarios debilitan la estrategia de EE. UU.
Los parches presupuestarios lastran la capacidad del Departamento de Defensa para planificar, adquirir y desplegar con eficacia.
Eric Navarro es un experimentado oficial militar, directivo empresarial y estratega de seguridad nacional. Teniente coronel de la Reserva del Cuerpo de Marines (recientemente seleccionado para coronel), el Sr. Navarro realizó dos despliegues de combate en Irak y ha dirigido innumerables ejercicios de adiestramiento, iniciativas tecnológicas y operaciones reales por todo el mundo. El Sr. Navarro tiene un MBA por la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York (NYU) y un M.S. en Estrategia de Seguridad Nacional por el National War College. Es también autor de un libro titulado God Willing, en el que detalla su experiencia como uno de los primeros asesores empotrados en el Nuevo Ejército Iraquí. Colabora con frecuencia en medios, con artículos e intervenciones centrados en la estrategia de seguridad nacional y el uso del poder estadounidense en un entorno geopolítico en disputa.

Todo presidente entrante anuncia su estrategia para Oriente Medio y otras regiones, pero ninguna prosperará si el Pentágono debe apoyarse en resoluciones de continuidad en lugar de presupuestos. Las resoluciones de continuidad son medidas provisionales que mantienen la financiación en los niveles del año anterior para sortear el largo debate en el Congreso que acompaña a la aprobación de presupuestos de largo plazo. La disfunción es bipartidista y atraviesa administraciones: el Congreso de Estados Unidos no ha aprobado a tiempo un presupuesto formal desde 1996.
La dependencia de las resoluciones de continuidad se ha convertido en la norma en los últimos años. Estas medidas provisionales evitan el cierre de la administración, pero hacen estragos en la capacidad del Departamento de Defensa para planificar, adquirir y posicionar fuerzas con eficacia. En la práctica, impiden la modernización o los cambios de estrategia, pues estos suelen exigir una inversión inicial por encima del presupuesto ordinario de funcionamiento. En una época en la que los adversarios de Estados Unidos avanzan con rapidez en ámbitos como las armas hipersónicas, las capacidades cibernéticas y los sistemas no tripulados, semejante parálisis fiscal es peligrosa.
Los acontecimientos recientes —la caída del régimen de Bashar al Assad en Siria, el conflicto abierto entre Israel e Irán, los ataques directos contra fuerzas estadounidenses— demuestran que Oriente Medio sigue siendo un teatro crítico. Las amenazas que emanan de la región desafían los intereses de Estados Unidos. Además, la competencia en curso por la influencia entre Rusia, China y Estados Unidos en Oriente Medio subraya la necesidad de una estrategia coherente y de largo plazo. Esto no puede lograrse con un presupuesto exiguo, armado a retazos en tramos de semanas o meses.
Para que la estrategia de la administración Trump en Oriente Medio tenga éxito, debe partir de un presupuesto integral que priorice tres ámbitos: la preparación de la fuerza, la modernización y la construcción de alianzas. Cada uno de estos pilares requiere una financiación previsible y suficiente, condiciones que las resoluciones de continuidad no pueden ofrecer.
La preparación es el fundamento de la eficacia militar. Las fuerzas estadounidenses desplegadas en Oriente Medio deben estar equipadas para disuadir y, si es necesario, derrotar a sus adversarios en un entorno volátil. Las resoluciones de continuidad, sin embargo, socavan esa preparación al retrasar el mantenimiento, recortar los ciclos de adiestramiento y restringir el acceso a munición. Por ejemplo, las unidades encargadas de operaciones contra el Estado Islámico o de misiones de disuasión frente a Irán suelen operar con equipos y cadenas logísticas bajo tensión por años de inversión aplazada. Un presupuesto de largo plazo permitiría asignar recursos a tiempo para garantizar que las fuerzas desplegadas no solo estén presentes, sino también en condiciones de cumplir su misión.
La modernización es esencial para mantener una ventaja competitiva. La administración Trump ha insistido en la importancia de invertir en tecnologías de vanguardia, como la inteligencia artificial, los sistemas de defensa antimisiles y los cazas de quinta generación. Estas capacidades son críticas para contrarrestar las amenazas asimétricas que plantean los adversarios en Oriente Medio. Sin embargo, bajo una resolución de continuidad, los programas de nuevo inicio quedan congelados. Eso pone en riesgo iniciativas como el desarrollo de sistemas avanzados de defensa aérea para proteger a aliados como Arabia Saudí e Israel de los ataques con misiles iraníes. Al aprobar un presupuesto de largo plazo, el Congreso puede facultar a la administración para acelerar estos programas y garantizar que las fuerzas estadounidenses mantengan su superioridad tecnológica.
Por último, la construcción de alianzas —que debería ser una piedra angular de la política exterior de la administración Trump en la región— requiere un respaldo financiero sostenido. Los Acuerdos de Abraham han abierto nuevas vías de cooperación, pero esas asociaciones deben sustentarse en compromisos tangibles. Ya sea mediante ejercicios militares conjuntos, ventas de armas o incentivos económicos, fomentar la confianza y la interoperabilidad entre aliados exige una financiación previsible. Además, contrarrestar la influencia iraní en lugares como Yemen, Irak y Líbano requiere un enfoque coordinado que integre herramientas militares, diplomáticas y económicas. Las resoluciones de continuidad, con sus asignaciones fragmentarias, socavan el enfoque integral que hace falta para cimentar esas aliananzas.
Los críticos podrán alegar que el entorno político de Washington, marcado por el bloqueo partidista y el pulso fiscal, hace irreal la planificación presupuestaria de largo plazo. Pero esa mentalidad derrotista solo perpetúa el ciclo de disfunción. La administración Trump debe aprovechar su mayoría republicana entrante en el Congreso para impulsar un acuerdo presupuestario que priorice la seguridad nacional. Muchos demócratas se sumarán, porque la seguridad nacional polariza mucho menos que numerosas cuestiones sociales o las prioridades más destacadas de Trump. Habrá decisiones difíciles y concesiones, pero el coste de la inacción es mucho mayor. Cada dólar desperdiciado en ineficiencia es un dólar que podría usarse para disuadir a los adversarios, apoyar a los aliados o proteger vidas estadounidenses.
Un presupuesto de largo plazo enviaría una señal tanto a los aliados como a los adversarios. A los aliados les demostraría un compromiso con objetivos de seguridad compartidos. A los adversarios les subrayaría la determinación y la preparación de Estados Unidos. En Oriente Medio, donde la percepción configura la realidad, esas señales tienen un valor incalculable.
