La lectura errónea de Libia agrava la crisis energética europea
Si Europa se entiende con Jalifa Haftar en lugar de con Abdul Hamid Dbeibah, el petróleo libio puede compensar la merma saudí.
Michael Rubin está especializado en Irán, Turquía y el Cuerno de África. Su trayectoria incluye una etapa como funcionario del Pentágono, con experiencia sobre el terreno en Irán, Yemen e Irak, así como contactos con los talibanes antes del 11-S. Rubin también ha contribuido a la formación militar, impartiendo clases a unidades de la Marina y del Cuerpo de Marines de Estados Unidos sobre conflictos regionales y terrorismo. Su obra académica incluye varias publicaciones destacadas, como “Dancing with the Devil” y “Eternal Iran”. Rubin obtuvo su doctorado y su máster en Historia, así como una licenciatura en Biología, por la Universidad de Yale.

Tras el anuncio saudí de que ya no puede mantener sus envíos de petróleo a Europa, los responsables europeos han entrado en pánico. Décadas de inversión europea en energías alternativas han encarecido los precios, pero no han cubierto la demanda energética básica de Europa. Entretanto, incluso Alemania ha reconocido ya que cerrar acuerdos por separado con Rusia para comprar gas natural pone en riesgo a todo el continente. Europa necesita combustibles fósiles; sin ellos, los europeos sufrirán y, con el tiempo, las capitales europeas tendrán que racionar la gasolina o incluso recortar la actividad industrial.
No tenía por qué ser así. El problema no es solo que generaciones sucesivas de dirigentes europeos no se hayan tomado en serio la amenaza de la República Islámica de Irán y sus delegados o que, como el presidente Emmanuel Macron en Francia, hayan buscado activamente preservarlos. El mercantilismo de las cancillerías europeas y la vulneración de las sanciones inyectaron dinero en las arcas iraníes y de sus delegados, sacrificando la salud financiera de Europa a largo plazo en beneficio del provecho inmediato de sus propias empresas o nacionales; y la actitud indulgente de Europa hacia China pasó por alto que Pekín podía apretar las tuercas a Riad para asegurarse de que el príncipe heredero Mohamed bin Salmán antepusiera las necesidades energéticas chinas a las europeas.
El problema en Berlín, Bruselas, Londres, Madrid, París y Roma, sin embargo, no es solo el cinismo de sus dirigentes, sino también su disposición a anteponer la arbitraria aceptación del extremismo islamista por parte de Naciones Unidas a sus propios intereses nacionales. Es este elemento el que los dirigentes europeos deberían tener ahora en cuenta cuando se adentran en un invierno frío.
Tienen, no obstante, una salida: el este de Libia y las Fuerzas Armadas Árabes Libias, que controlan más del 70 por ciento de ese país norteafricano, incluidos sus yacimientos petrolíferos, oleoductos y principales terminales de exportación.
El problema se remonta a hace 15 años. Tras el derrumbe del régimen del líder libio Muamar el Gadafi, Libia se sumió brevemente en el caos. En Estados Unidos, el recuerdo del asesinato del embajador estadounidense Chris Stevens en Bengasi, a manos del grupo extremista Ansar al Sharia, sigue muy presente. Lo que ocurrió después, sin embargo, es crucial.
En Bengasi, el antiguo general de la era Gadafi Jalifa Haftar movilizó a la ciudadanía para recuperar el país. Perdieron a más de 5.000 personas, pero restablecieron el orden en todo el este de Libia, matando y encarcelando a milicianos u obligándolos a huir de su zona de control. Los libios tienen sentido común. Saben que su país posee una gran riqueza natural y que, aunque a título individual son religiosa y socialmente conservadores, también se dan cuenta de que los grupos islamistas solo traen miseria. En una sociedad religiosa como la libia, los islamistas no protegen tanto la religión como se sirven del islam para desviar cualquier pregunta sobre su propia corrupción, su mala gestión y, a menudo, sus lealtades extranjeras.
No debería haber sorprendido a nadie que los nacionalistas libios ganaran las elecciones posteriores. La secretaria de Estado Hillary Clinton, su asesor Jake Sullivan, el secretario general de la ONU Ban Ki-moon y su representante especial para Libia Ian Martin, así como funcionarios europeos, temían que la marginación electoral de los islamistas los llevara a optar por la insurgencia. Su respuesta fue el apaciguamiento: forzaron a los vencedores electorales de Libia a aceptar un primer ministro islamista en Trípoli, a quien la ONU reconoció como líder legítimo de Libia.
Hoy ese hombre es Abdul Hamid Dbeibah, el testaferro de una familia empresarial de Misrata, a quien la mayoría de los libios considera un necio torpe. Dbeibah apenas es capaz de hilvanar dos frases, y su trayectoria sugiere que le interesa mucho más promover el islamismo y enriquecerse que reconstruir Libia. Un ejemplo es el aeropuerto de Trípoli: destruido en la guerra civil, sigue inutilizable, con los vuelos internacionales desviados a una decrépita antigua base militar. Bengasi, en cambio, ha remodelado su viejo Aeropuerto Internacional de Benina y está terminando un nuevo aeropuerto de última generación al otro lado de la ciudad, concebido para competir con Dubái y Catar.
También hay una diferencia de la noche al día en materia de seguridad. Bengasi, Sirte, Derna y Tobruk, e incluso las ciudades del sur como Sabha, Qatrun y Traghen, son en general seguras: yo mismo camino y conduzco a menudo por Bengasi y Sirte, por ejemplo, sin escolta. Trípoli y Misrata, ambas todavía bajo control de Dbeibah, siguen siendo santuarios para las milicias, incluida Ansar al Sharia, y se parecen más a Mogadiscio que a Milán. Dbeibah cultiva el apoyo turco y catarí —y solicita su dinero— tanto para mantenerse en el poder como para seguir sus dictados, entre ellos la promoción del islamismo, la adjudicación de contratos libios a intereses turcos y cataríes y el respaldo a las reivindicaciones marítimas turcas más amplias en el Mediterráneo oriental. En resumen, Dbeibah es una marioneta y un caballo de Troya que carece de verdadero apoyo popular dentro de Libia y cuyo mandato teórico expiró hace años.
La pregunta que los dirigentes europeos, en concreto, deben hacerse ahora es esta: si hay dos pretensiones enfrentadas al poder en Libia, una de las cuales demuestra una capacidad evidente, controla tanto el territorio como la infraestructura petrolera y garantiza la seguridad, mientras que la otra da alas a las milicias y muestra escasa capacidad para estabilizar, y no digamos desarrollar, el país, ¿por qué habría Europa de reconocer a la segunda?
Jalifa Haftar y su hijo Saddam no son separatistas; de hecho, defienden la soberanía libia más que quienes la venderían a Ankara o Doha, o quienes abrazan ideologías que desprecian las fronteras nacionales. Sitúan su gobierno en Bengasi no porque busquen dividir Libia en sus componentes anteriores al siglo XX, sino porque Turquía suministró drones para proteger sus activos en el gobierno de Trípoli. En cualquier caso, la constitución original de Libia prevé dos capitales en pie de igualdad.
Ante una crisis energética que se avecina, en lugar de insistir en los errores de Clinton y Ki-moon, como sigue siendo propensa a hacer la oficina para Libia del Departamento de Estado, Europa debería reconocer la realidad. En este caso no sería un gesto interesado, sino más bien simbiótico. Los libios, incluidos los de Trípoli, quieren que termine el experimento internacional de apaciguar a los islamistas. Podrían vincular el reconocimiento de los Haftar como autoridad interina en Libia a cambio de un compromiso de celebrar elecciones libias en el plazo de un año y de establecer una capital unificada en la simbólicamente importante ciudad de Sirte, a medio camino entre Bengasi y Trípoli.
Podrían entonces negociar directamente el petróleo libio. Desde luego, no es una idea nueva, ni sería difícil. En 2024, los europeos ya compraban más de 21.000 millones de dólares de petróleo libio, aunque tratar con Dbeibah resulta complicado y este desvió la mayor parte de los ingresos. Trabajando con Haftar, los europeos pueden aumentar la producción y compensar la merma saudí. Haftar es directo; está en posición y puede cerrar el acuerdo que Dbeibah no puede.
Al trasladar su seguridad energética a Libia, Europa puede garantizarse un flujo de petróleo que no necesita atravesar el estrecho de Ormuz, Bab el Mandeb ni el canal de Suez. El petróleo saudí puede pasar a ser principalmente un problema de China, mientras Europa se asegura con petróleo libio y gas del Mediterráneo oriental.
Si los diplomáticos amanerados de las capitales europeas, en cambio, redoblan su apuesta por Dbeibah y los gobiernos a los que representan no hacen nada, merecerán el caos que podría abatirse pronto sobre el continente.
