Amenazar con cerrar el estrecho de Ormuz puede ser suicida para Irán
Los dirigentes iraníes pueden fanfarronear, pero apenas existe riesgo de que Irán logre provocar una escasez mundial de petróleo.
Dalga Khatinoglu es experto en energía y macroeconomía de Irán, e investigador en materia energética en Azerbaiyán, Asia Central y los países árabes.

Durante más de dos décadas, la República Islámica ha amenazado reiteradamente con cerrar el estrecho de Ormuz, apoyándose en sus fuerzas interpuestas, exagerando sus capacidades militares y explotando tanto el temor de los Estados árabes a su postura agresiva como los recelos internacionales ante una perturbación del mercado petrolero. Teherán volvió a lanzar esas amenazas tras la campaña de bombardeos iniciada por Israel el 13 de junio de 2025. El 14 de junio, por ejemplo, Esmail Kowsari, excomandante del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y actual miembro de la Comisión de Seguridad Nacional del Parlamento iraní, afirmó que «el cierre del estrecho de Ormuz está en estudio».
Aunque en el pasado esas amenazas tenían cierto peso, el panorama ha cambiado. Hoy no solo se han debilitado las palancas de presión de Irán, sino que sería el propio Irán —y sus aliados asiáticos— quien más sufriría cualquier alteración del tráfico marítimo por el estrecho.
En los últimos años, Estados Unidos se ha convertido en el mayor exportador mundial de gas natural licuado y en uno de los principales exportadores de petróleo. Solo una pequeña parte del petróleo y el gas de Oriente Medio llega a Europa. En cambio, el año pasado, el 44 por ciento de los 11 millones de barriles diarios de petróleo que importó China procedía de los Estados del golfo Pérsico, incluidos 1,5 millones de barriles diarios de crudo iraní. Además, Catar aportó en 2024 una cuarta parte del gas natural licuado importado por China, todo ello a través del estrecho de Ormuz. La India depende aún más que China de la energía de Oriente Medio.
A modo de comparación, el año pasado Arabia Saudí fue el único Estado del golfo Pérsico entre los siete principales proveedores de petróleo de la Unión Europea, pero representó apenas el 7 por ciento de sus importaciones. Catar fue la única fuente de gas natural licuado de la región entre los principales proveedores de la Unión Europea, aunque su cuota fue igualmente modesta: el 10 por ciento.
Es dudoso que Irán tenga siquiera capacidad para cerrar el estrecho de Ormuz durante un periodo prolongado. Pero incluso un cierre temporal infligiría daños graves, no solo a China y la India, sino también a Irak, el mayor mercado de exportación no petrolera de Irán.
Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, por su parte, disponen de capacidad de oleoductos para exportar cuatro millones de barriles diarios sin depender del estrecho. Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos, los inventarios mundiales de petróleo aumentaron en los cinco primeros meses de 2025 y se prevé que sigan creciendo a lo largo del año, con un aumento global de 800.000 barriles diarios en 2025. Esto significa que la capacidad de presión de Irán se reducirá aún más. De hecho, en su informe del 15 de mayo de 2025, la Agencia Internacional de la Energía señaló que los inventarios mundiales de petróleo aumentaron por segundo mes consecutivo, hasta alcanzar los 7.700 millones de barriles en marzo de 2025. Reuters informó asimismo de que las existencias terrestres de crudo crecieron en más de 100 millones de barriles entre mediados de abril y mediados de mayo, hasta llegar a 3.127 millones de barriles. Los dirigentes iraníes pueden fanfarronear, pero el riesgo de que Irán llegue a provocar una escasez mundial de petróleo es reducido.
El mayor perjudicado de cualquier intento iraní de cerrar el estrecho sería el propio Irán. Según datos de la firma de análisis comercial Kpler, la totalidad de las exportaciones de petróleo iraní se embarca actualmente desde puertos del golfo Pérsico, lo que implica que los petroleros deben atravesar el estrecho de Ormuz para cargar y transportar el crudo.
Los datos de Vortexa muestran también que los tanques de almacenamiento de Jask —la única terminal petrolera iraní situada fuera del estrecho— están vacíos. En octubre de 2024, en medio de las especulaciones sobre una posible represalia israelí contra la infraestructura petrolera iraní tras un ataque con misiles, Irán utilizó por primera vez el puerto de Jask para exportar petróleo, pero solo consiguió cargar menos de 200.000 barriles diarios y, una vez pasada la amenaza inmediata, las operaciones de carga en Jask —situado a más de 600 millas de los principales yacimientos petrolíferos de Irán— se detuvieron.
Más importante aún, según la Organización de Puertos y Navegación de Irán, alrededor del 80 por ciento del comercio de mercancías del país pasa por puertos que dependen del estrecho de Ormuz. El único puerto iraní de importancia en el golfo de Omán es Chabahar, que gestiona apenas el 4 por ciento del comercio de mercancías no petroleras del país. Además, el puerto todavía no está conectado a la red ferroviaria nacional.
Para Irán, la cuestión no es solo la exportación, sino también la importación. Décadas de mala gestión en la red de refinerías iraníes, incluso antes de los últimos ataques israelíes, han obligado a Irán a depender de importaciones de gasolina refinada, tanto para sustituir su propia producción como para inyectarla en los yacimientos y facilitar la extracción.
Irán puede jactarse, pero cerrar ahora el estrecho sería una picadura de mosquito para la economía occidental, un corte profundo para la economía asiática y una herida torácica abierta para el propio Irán. Incluso formular la amenaza desangra la poca credibilidad que le queda a la República Islámica.
