Esperanza e inquietud ante la recuperación económica de Siria
La pobreza extrema alcanza ya a uno de cada cuatro sirios y la economía del país vale menos de un tercio de lo que valía en 2011.
Dalga Khatinoglu es experto en energía y macroeconomía de Irán, e investigador en materia energética en Azerbaiyán, Asia Central y los países árabes.

En medio de un cauto optimismo sobre la reactivación de la economía siria, el país recibió este mes a dos delegaciones del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional para abordar el apoyo a su reconstrucción.
En vísperas del primer aniversario de la caída de Bashar al Asad, los indicadores económicos de Siria bajo el nuevo presidente Ahmed al Sharaa empiezan a mostrar señales de mejora. El Banco Mundial, en línea con el Fondo Monetario Internacional, afirma: «Se espera que el Índice de Precios al Consumo anual, que promedió un 54,4 por ciento entre 2011 y 2024, se modere hasta situarse por debajo del 20 por ciento en 2025, mientras que la contracción del 53 por ciento del PIB durante el mismo periodo se revierta hacia un crecimiento del 1 por ciento».
Estas cifras se basan en precios constantes. En términos nominales, en cambio, el producto interior bruto en dólares estadounidenses corrientes se contrajo desde los 67.500 millones de dólares de 2011 hasta unos 21.400 millones estimados en 2024. Así, a precios en dólares corrientes, la economía siria vale hoy menos de un tercio de lo que valía en 2011, e incluso la modesta mejora mencionada sigue muy por debajo de la capacidad del país antes de la guerra civil, en 2010. La guerra civil destruyó vastas zonas del país, sus infraestructuras y su capacidad industrial. La renta per cápita ha caído a aproximadamente un tercio de su nivel anterior y, según evaluaciones del Banco Mundial, la pobreza extrema afecta ya a uno de cada cuatro sirios, mientras que dos tercios viven por debajo del umbral de ingresos medios-bajos.
Las reservas de divisas del país se sitúan hoy cerca de cero, y los ingresos públicos —descontado el efecto de la inflación— han caído a una quinta parte de su nivel de 2010. Las esperanzas que le quedan a Siria residen en las instituciones internacionales, en países occidentales y árabes ricos y en socios regionales como Turquía. Las frecuentes reuniones recientes entre responsables económicos y energéticos sirios y sus homólogos de Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos reflejan esa dependencia.
Arabia Saudí donó 1,65 millones de barriles de petróleo a Siria en noviembre de 2025. El 27 de noviembre, el ministro sirio de Energía anunció planes para construir una refinería con capacidad de 150.000 barriles al día. El anuncio llegó dos días después de que el ministro de Energía, Mohammed al Bashir, se reuniera con una delegación de la emiratí Crescent Petroleum, empresa implicada en el desarrollo de yacimientos de gas en el Kurdistán iraquí y en el sur de Irak, regiones colindantes con Siria.
Sumados al levantamiento de las sanciones occidentales contra Siria, estos avances ofrecen una perspectiva positiva. Sin embargo, no garantizan una recuperación económica real, la autosuficiencia ni —lo más crítico— la independencia política. Siria corre el riesgo de convertirse en un segundo Líbano: un país dependiente de la ayuda exterior continua y atrapado en una economía rentista. Líbano es un ejemplo aleccionador: un tercio de su producto interior bruto procede de las remesas, una parte significativa de los ingresos públicos depende de la ayuda extranjera y un tercio de la economía opera en la clandestinidad. En pocas palabras, Líbano se parece más a una «economía de la caridad» que a un sistema económico productivo, donde la asistencia financiera conlleva inevitablemente condiciones políticas ocultas.
Entretanto, Irán ha demostrado que no renunciará a sus campañas de influencia regional y sigue fomentando la inestabilidad en los Estados vecinos, en especial en Siria, que durante décadas sirvió de «columna vertebral» de la red de representantes iraníes contra Israel. Entre los ejemplos recientes figuran la predicción del líder supremo Ali Jamenei de un «levantamiento de la juventud siria» contra el gobierno de transición, y los recientes enfrentamientos verbales entre responsables libaneses e iraníes.
Numerosos informes apuntan a que Irán mantiene sus esfuerzos por revivir a Hezbolá en Líbano y a otros grupos delegados de la región. El riesgo alcanza la propia frontera siria, sobre todo si se tiene en cuenta que las milicias respaldadas por Irán en el vecino Irak siguen activas y que, tras las elecciones parlamentarias del 11 de noviembre de 2025, están influyendo en la formación del próximo gobierno iraquí.
Al Sharaa afirmó a finales de octubre que Siria se había abierto a la inversión global y había asegurado 28.000 millones de dólares en los primeros seis meses. Sin embargo, no está claro qué parte de esa cifra se materializará en la práctica, ni con qué rapidez esos flujos financieros se integrarán en la economía siria, especialmente si se considera que los costes de reconstrucción de los activos físicos dañados se proyectan entre 140.000 y 345.000 millones de dólares, con una mejor estimación conservadora de 216.000 millones, según cálculos del Banco Mundial. Añádanse a ello las amenazas externas y la falta de un consenso nacional básico, y la confianza inversora necesaria para reconstruir las infraestructuras dista mucho de estar garantizada.
