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Irán culpa a Israel de su crisis de contaminación

Más del 98 % de la energía de Irán proviene de combustibles fósiles y su problema de polvo en suspensión es crónico y sistémico.

Dalga Khatinoglu es experto en energía y macroeconomía de Irán, e investigador en materia energética en Azerbaiyán, Asia Central y los países árabes.

Air pollution obscures the skyline of Tehran, Iran.
La contaminación del aire oculta el perfil urbano de Teherán, Irán. · Shutterstock

En plena crisis de contaminación, alimentada por el uso desbocado de combustibles de baja calidad y una infraestructura industrial deficiente, el Gobierno de Irán ha encontrado un nuevo chivo expiatorio para el aire tóxico de Teherán: el conflicto de junio de 2025 con Israel.

El 13 de julio de 2025, el Departamento de Medio Ambiente de Irán aseguró que los ataques aéreos israelíes contra dos depósitos de combustible en Teherán, el 15 de junio, liberaron «47.000 toneladas de gases de efecto invernadero» y que eso era lo que había provocado la crisis de contaminación del aire en la capital.

Pero la ciencia no cuadra.

La contaminación derivada de la explosión de un depósito de combustible puede persistir unos días, quizá una semana en casos extremos, pero no un mes entero. Más importante aún, Irán figura entre los mayores contaminadores del mundo. Según el Global Carbon Project y los datos energéticos de BP, Irán emite más de 800 millones de toneladas de dióxido de carbono al año procedentes de combustibles fósiles, lo que lo convierte en el sexto mayor emisor del planeta. Para ponerlo en perspectiva, las 47.000 toneladas citadas por el Gobierno representan menos de una milésima parte de las emisiones mensuales de Irán, que rondan los 67 millones de toneladas.

Para colmo, una parte significativa de esas emisiones se concentra en Teherán. Solo la capital consume más del 20 por ciento de la gasolina del país. Según un informe confidencial del Ministerio del Petróleo de Irán, obtenido por Iran Open Data, ninguna de las refinerías iraníes produce combustible que cumpla los estándares internacionales.

El informe revela un fuerte aumento del uso de aditivos tóxicos como el metil tercbutil éter, un compuesto prohibido en muchos países occidentales, para elevar el octanaje de la gasolina. De hecho, el uso de metil tercbutil éter en Irán se ha cuadruplicado en los últimos cuatro años.

¿El resultado? Según la Organización de Control de la Calidad del Aire de Teherán, la capital registró solo diez días de aire limpio en 2023 y apenas siete días en 2024. Con el consumo de combustible al alza, los expertos han previsto que 2025 será peor.

Los datos internos del Ministerio del Petróleo también muestran que el uso iraní de mazut —un fuelóleo pesado altamente contaminante, prohibido en el transporte marítimo por su elevado contenido de azufre— se ha multiplicado por seis en los últimos años. El mazut iraní contiene más del 3,5 por ciento de azufre, muy por encima de los límites internacionales.

Entretanto, el consumo diario de gasóleo no normalizado ha alcanzado los 125 millones de litros, una cifra equivalente al consumo diario de gasolina y el triple del uso de mazut del país.

Este panorama energético desolador se agrava por el abandono casi total de las energías limpias en Irán. Los últimos datos de BP sitúan el peso conjunto de las renovables y la energía nuclear en el suministro energético total de Irán en apenas el 0,7 por ciento, que se eleva al 1,5 por ciento si se incluye el hidrógeno. Eso significa que el 98,5 por ciento de la energía de Irán proviene de combustibles fósiles.

En comparación, el uso de combustibles fósiles en Turquía —un país con un producto interior bruto tres veces mayor que el de Irán— es menos de la mitad del de Irán, con una proporción de energía limpia mucho más alta.

La agencia medioambiental iraní afirmó además que los ataques aéreos israelíes generaron más de 150.000 toneladas de partículas de polvo, lo que contribuyó a niveles peligrosos de material particulado.

Esa afirmación es inverosímil. Han pasado semanas desde los ataques y cualquier polvo generado se habría disipado. Más importante aún, el problema del polvo en Teherán es crónico y sistémico, no está ligado a un único episodio. Los datos oficiales señalan la degradación del suelo, la desecación de los humedales y el avance de la desertificación desde el centro de Irán como las causas principales del agravamiento de las tormentas de polvo.

Los propios funcionarios iraníes lo admiten. El responsable de la Oficina de Suelos y Aguas del Departamento de Medio Ambiente ha declarado que la erosión del suelo en Irán es cinco veces superior a la media mundial, debido a la construcción descontrolada de presas y a sequías prolongadas. Casi la mitad de los humedales de Irán se han secado en las últimas dos décadas.

Un caso emblemático es el lago Urmía, en su día el mayor lago de agua salada de Oriente Medio y el sexto del mundo. Se ha reducido en un 95 por ciento y se ha convertido en fuente de tormentas de sal y de la destrucción de la agricultura local. Según el Departamento de Medio Ambiente, Irán pierde un millón de hectáreas de tierra a manos de la desertificación cada año.

Culpar a Israel puede formar parte del algoritmo del Gobierno iraní, pero el pueblo iraní no se lo cree, ni los hechos respaldan las acusaciones del régimen. Más bien, el intento de Teherán de endosar a Israel la responsabilidad de sus problemas medioambientales no hace sino poner de relieve la falta de seriedad del régimen, cuando no su bancarrota política.