El laberinto de Oriente Medio: Israel, los árabes y la región, 1948-2022

Es un libro muy rico y sobradamente recomendable. Repasa los altibajos de la diplomacia israelí con sus vecinos árabes, con especial énfasis en las negociaciones israelo-sirias (en las que el autor participó) y en las negociaciones israelo-palestinas. El libro tiene varios puntos fuertes.
En primer lugar, a diferencia de otros libros sobre el conflicto árabe-israelí, pone el acento en las limitaciones de política interna que pesan sobre los primeros ministros israelíes, sin dejar de señalar los fallos de sus políticas. En segundo lugar, al tiempo que subraya los errores de los líderes sirios y palestinos (principalmente Hafiz Assad y Yasser Arafat), el libro ayuda al lector a entender las estrategias de negociación que emplearon esos dirigentes y las restricciones —tanto internas como internacionales— bajo las que operaban. En tercer lugar, aunque aborda el papel de las administraciones estadounidenses en el impulso de los esfuerzos de paz en Oriente Medio, el libro supedita claramente ese papel a las motivaciones y acciones de los propios líderes de Oriente Medio, especialmente los de Israel, Siria y el movimiento palestino. Un último punto fuerte es el capítulo diez, «The Web of Relationships» («La red de relaciones»), en el que el autor ofrece una visión condensada, pero muy sólida, de las relaciones de Israel con Turquía, Irán, Egipto, Siria, Líbano, Jordania, los palestinos, los árabes israelíes e Irak desde 1948 hasta 2022.
Como participante y observador en las negociaciones de Israel con Siria cuando fue embajador de Israel en Estados Unidos bajo el primer ministro Yitzhak Rabin, Rabinovich entra al detalle en el acuerdo «hipotético» que Rabin había planteado al líder sirio Hafiz Assad. En ese supuesto, Rabin preguntó si, una vez satisfechas las exigencias israelíes —principalmente en materia de seguridad, pero también de normalización según el modelo egipcio (comercio, turismo y relaciones diplomáticas)— y con un periodo de cinco años de implementación, Assad estaría dispuesto a firmar la paz con Israel si Israel se retiraba de los Altos del Golán (p.35). La respuesta de Assad no fue la que Rabin buscaba, pues el líder sirio exigió un periodo de implementación de seis meses, se opuso al término «normalización» y reclamó seguridad para ambas partes «en pie de igualdad». Aunque las negociaciones de Rabin con Assad no prosperaron (si bien, como señala Rabinovich, Assad se guardó el acuerdo «hipotético» de Rabin como un compromiso israelí de retirarse de los Altos del Golán), dirigentes israelíes posteriores, incluido el primer ministro Netanyahu, también intentaron alcanzar un acuerdo con Siria, con el argumento de que era más fácil hacer la paz con Siria —al fin y al cabo, su desacuerdo era básicamente territorial— que con los palestinos, con quienes, sobre todo tras el estallido de la Intifada de Al-Aksa en 2000, el conflicto era existencial. Resulta de particular interés, en este contexto, el análisis de Rabinovich sobre el uso que hizo Netanyahu del magnate judío-estadounidense de la cosmética Ronald Lauder como emisario secreto ante Damasco: una misión que, como tantos otros intentos de alcanzar un acuerdo con Assad, terminó en fracaso.
En lo que respecta a las conversaciones de paz palestino-israelíes, Rabinovich ofrece una evaluación exhaustiva de las conversaciones de Camp David II entre Arafat y el primer ministro israelí Ehud Barak y sostiene, citando a Henry Kissinger, que la razón del fracaso fue que los objetivos de ambas partes eran incompatibles. Israel quería una paz genuina que significara el fin del conflicto, pero la línea roja de Arafat era que no podía aceptar la existencia de Israel. El rechazo de Mahmoud Abbas a la muy generosa oferta de paz formulada por el primer ministro israelí Ehud Olmert en 2008, que incluía el fin del conflicto, y la negativa del líder palestino a responder al plan de paz del secretario de Estado estadounidense John Kerry en 2014, parecerían respaldar la tesis de Kissinger. Rabinovich sostiene también que el hecho de que Hafiz Assad hubiera rechazado, con total impunidad, la maniobra del presidente Bill Clinton en marzo de 2000 para un acuerdo de paz sirio-israelí no pasó inadvertido para Arafat, y lo envalentonó para hacer lo mismo en Camp David II cuatro meses después.
Aunque coincido con las tesis básicas del libro de Rabinovich, hay algunos problemas menores. En primer lugar, Tom Donilon no se convirtió en asesor de seguridad nacional del presidente Barack Obama al inicio del segundo mandato de Obama en 2013; de hecho, fue sustituido en ese puesto por Susan Rice en 2013. En segundo lugar, Rabinovich podría haber sido un poco más crítico con la creencia, tanto en Estados Unidos como en Israel, de que Hafiz y Bashar Assad, a cambio de los Altos del Golán, podían ser apartados de su alianza con Irán y Hezbollah. Era una alianza de larga duración, que se remontaba a 1982, y de la que, especialmente Assad, dependía para su seguridad.
Al margen de estas discrepancias menores, recomendaría encarecidamente este libro. En un momento en que, desde el estallido de la guerra entre Israel y Hamas, se ha visto en los campus universitarios un sinfín de disparates ahistóricos, este libro debería servir como una fuente útil para quienes quieran comprender de verdad la historia del conflicto árabe-israelí tal y como se ha desarrollado desde 1948, y lo recomendaría encarecidamente para cursos sobre el Oriente Medio contemporáneo y sobre el conflicto árabe-israelí.