Foro de Oriente Medio · Middle East Forum
Observer

El fin del yihad de cinco estrellas en Qatar

Desde la comodidad de su centro de mando en Doha, Hamás rechazó las propuestas para liberar a todos los rehenes y los acuerdos para poner fin a la guerra con Israel.

Gregg Roman es el director ejecutivo del Foro de Oriente Medio (Middle East Forum). En 2014, la Jewish Telegraphic Agency lo nombró uno de los «diez líderes judíos más inspiradores del mundo», y anteriormente fue asesor político del viceministro de Asuntos Exteriores de Israel y trabajó para el Ministerio de Defensa israelí. Orador habitual sobre asuntos de Oriente Medio, el Sr. Roman ha testificado ante el Congreso y la Knéset, y aparece en canales internacionales de noticias como Fox News, i24NEWS, Al Jazeera, BBC World News y los Canales 12 y 13 de Israel. Estudió seguridad nacional y comunicaciones políticas en American University y en el Centro Interdisciplinario de Herzliya (Interdisciplinary Center in Herzliya), y ha colaborado con The Hill, Newsweek, Los Angeles Times, Miami Herald y Jerusalem Post.

Hamas militants in the streets of Gaza in February 2025.
Milicianos de Hamás en las calles de Gaza en febrero de 2025. · Shutterstock

Israel atacó a Hamás en Doha en la mañana del 9 de septiembre de 2025, con la cúpula del grupo terrorista como objetivo. El ataque mató a los arquitectos de los atentados del 7 de octubre de 2023. Este asesinato fue un acto de autodefensa, largamente postergado.

La operación contra dirigentes de Hamás como Khaled Mashaal y Khalil al-Hayya fue un acto de guerra necesario. Desmanteló un centro de mando que dirigía una campaña genocida desde la seguridad de un hotel de cinco estrellas. Las explosiones en el distrito de Katara pusieron fin a la ficción de Qatar como mediador. Demostraron que, para los cerebros del terror, no hay refugio seguro.

Este ataque acerca el final de la guerra del 7 de octubre. Demuestra claridad estratégica y moral. El derecho de una nación a defenderse no se detiene en la frontera de un Estado patrocinador del terrorismo. Durante años, los dirigentes de Hamás tramaron asesinatos desde un santuario protegido. Ese santuario ya no existe.

Para entender este ataque hay que entender el papel de Qatar. Durante trece años, Doha sirvió como cuartel general mundial de Hamás. Una ingenua administración Obama avaló ese arreglo en 2012, convencida de que un canal de comunicación era un activo estratégico. En cambio, creó al mayor facilitador de todos de la guerra de Hamás contra Israel.

Qatar no fue un mediador. Fue un facilitador activo, al proporcionar el apoyo material que alimenta cualquier empresa terrorista. Ese apoyo tuvo tres pilares: financiero, diplomático y operativo.

En lo financiero, el mecenazgo de Qatar fue directo y cuantioso. El Estado canalizó más de 1.800 millones de dólares hacia la Gaza controlada por Hamás. El mundo aceptó la coartada de la ayuda humanitaria. Pero Israel conocía la verdad. Las maletas de dinero en efectivo, entregadas con aprobación israelí en una política fallida para «comprar tranquilidad», estaban destinadas a salarios y ayuda. Sin embargo, la inteligencia israelí advirtió de que Hamás desviaba millones directamente a su brazo militar. La política continuó. El 7 de octubre fue el precio de esa política. Los fondos qataríes ayudaron a comprar las herramientas del asesinato en masa.

En lo diplomático, Qatar dio legitimidad a Hamás. Desde las suites del Sheraton y del Four Seasons, Khaled Mashaal presidía su corte como un estadista. Se reunía con delegaciones extranjeras. Utilizaba Al Jazeera como brazo propagandístico. Tras el pogromo del 7 de octubre, el dirigente de Hamás Ghazi Hamad declaró desde Doha que Hamás repetiría la masacre «una y otra vez». Qatar le ofreció protección. Le proporcionó un escudo diplomático, negándose a designar a Hamás como grupo terrorista mientras utilizaba a las Naciones Unidas para condenar a Israel. Eso no era mediación; era militancia.

En lo operativo, el santuario de Doha fue el centro de mando y control de la guerra. Desde la comodidad de sus despachos, los dirigentes de Hamás vieron desarrollarse los ataques del 7 de octubre. Utilizaron la infraestructura de Qatar para coordinarse con los comandantes en Gaza y con sus patrocinadores en Teherán. No era un refugio pasivo. Era un cuartel general militar extraterritorial, protegido por el poder diplomático y económico de un petroestado. Eso viola la Resolución 1373 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que obliga a todos los Estados a negar refugio seguro a los terroristas. Durante trece años, Qatar ha vulnerado esa norma mientras alberga la mayor base militar estadounidense de la región.

La intransigencia de Hamás allanó el camino hacia este ataque. Durante veintitrés meses, Israel libró una guerra difícil en Gaza. Adoptó medidas para evitar víctimas civiles que ningún otro ejército contemplaría. A cambio, la comunidad internacional condenó a Israel. Los mediadores, encabezados por el propio anfitrión del grupo terrorista, propusieron acuerdos. Cada vez, Hamás dijo que no.

Hamás rechazó las propuestas para liberar a todos los rehenes. Rechazó los acuerdos para poner fin a la guerra. La estrategia, concebida en Doha, consistía en aprovechar el sufrimiento de los gazatíes para aislar a Israel. Yahya Sinwar era el comandante en los túneles de Hamás. Pero la dirección estratégica —los hombres con el veto último— estaba en Qatar. Desde su atalaya segura, no tenían ningún incentivo para poner fin a la guerra. Sus familias estaban a salvo. Su dinero estaba seguro. Para ellos, la guerra era un espectáculo.

Esa dinámica hacía imposible una conclusión militar. Israel podía despejar todos los túneles, pero Hamás se regeneraría mientras su cabeza siguiera protegida. El grupo terrorista prometió que así sería.

Estados Unidos tardó en comprenderlo. Durante más de un año, Washington mantuvo la ficción de Qatar como mediador. Solo a finales de 2024, tras el colapso de las negociaciones, aumentó la presión. Las informaciones de que Qatar había pedido a los dirigentes de Hamás que se marcharan fueron una finta diplomática. El juego ya había cambiado. La diplomacia había fracasado. La oficina de Doha ya no era una dirección política. Era un objetivo militar.

Una operación de esta complejidad exige años de inteligencia y meses de preparación. Lleva el sello del Mosad y de la Fuerza Aérea israelí. El Mosad reunió la información. Localizar con precisión una reunión de alto nivel de Hamás en una capital hostil requiere fuentes humanas, inteligencia de señales y vigilancia constante. Es probable que agentes sobre el terreno confirmaran el objetivo. Los objetivos —figuras como Zaher Jabarin, Mashaal y al-Hayya— dirigían las finanzas y las operaciones en el extranjero de Hamás. Eliminarlos decapita el ala externa de la organización.

La Fuerza Aérea israelí ejecutó el ataque. La precisión necesaria para alcanzar un solo edificio en el distrito de Katara apunta a municiones guiadas avanzadas. Fue un bisturí, no una bomba, probablemente lanzada por un F-35i Adir capaz de eludir las defensas aéreas de la región.

El mensaje es claro: los líderes terroristas no están a salvo. Ni en Damasco, ni en Beirut, ni en Doha. Israel te encontrará. Israel te pedirá cuentas.

Era el único movimiento posible. Reconoce el mundo tal como es.

El ataque acerca el final de la guerra. Destruye el mayor activo estratégico de Hamás: su dirigencia. Los terroristas en Gaza ya no cuentan con una estructura de mando protegida. Sus líderes están muertos o a la fuga. Esto crea un nuevo incentivo: la rendición.

A quienes gritan «escalada» hay que preguntarles: ¿escalada de qué? La guerra comenzó con la peor masacre de judíos desde el Holocausto. Los proxis iraníes ya disparan contra Israel desde tres frentes. La debilidad invita a la agresión. Durante dos años, los enemigos de Israel creyeron que tenía las manos atadas respecto a Qatar. Se equivocaban. Esta acción restablece la disuasión israelí más que cualquier cable diplomático.

Para Qatar, esto es un ajuste de cuentas. Durante años jugó un juego cínico, financiando universidades estadounidenses y movimientos terroristas. Acogió el Mundial y a Hamás. Ese juego se acabó. El ataque humilla a Qatar. Expone los límites de su diplomacia de chequera. Qatar debe elegir ahora: seguir siendo proveedor de ideología islamista radical o incorporarse a la comunidad de naciones. Su seguridad depende de esa elección.

Mientras el humo se disipa sobre Doha, queda la claridad. La guerra contra Hamás es una guerra por la supervivencia de Israel. Israel debe librarla en todos los frentes. En los túneles de Gaza. En los pasillos de la diplomacia. Y en las capitales que dan cobijo a sus enemigos. El ataque en Doha no fue un nuevo capítulo. Fue el principio del fin.

Leer el original en inglés: The End of the Five-Star Jihad in Qatar