El levantamiento iraní de 1979 fue una contrarrevolución, no una revolución
La República Islámica surgió para frenar la modernización, revertir la occidentalización y poner fin al papel de Irán como aliado de Estados Unidos.
Mardo Soghom fue periodista y responsable editorial en Radio Free Europe/Radio Liberty durante tres décadas: estuvo al frente de los servicios de Irán y Afganistán hasta 2020 y fue redactor jefe del sitio web en inglés de Iran International.

El derrocamiento de la monarquía en Irán en 1979 es conocido universalmente como la Revolución Islámica, célebre por los cambios de gran calado que introdujo en el orden político, social y económico del país. En realidad, fue una contrarrevolución contra medio siglo de modernización acelerada que había llevado a Irán de una sociedad agraria y semifeudal hacia la modernidad. El resultado, sin embargo, fue que aquel levantamiento reaccionario instauró una teocracia religiosa definida por la represión política, unas restricciones sociales asfixiantes y un sistema económico ineficiente.
El cambio más significativo y de mayor alcance fue el giro de Irán hacia una política exterior antioccidental y antiisraelí después de décadas de relaciones amistosas e incluso de una alianza en la Guerra Fría con Estados Unidos. Ese viraje no solo contribuyó a encender el radicalismo islámico en todo el mundo, sino que también aisló al nuevo régimen contrarrevolucionario de Teherán, allanando el camino a los fracasos económicos que hoy padece.
Cuando Reza Shah, fundador de la dinastía Pahlaví, llegó al poder a comienzos de la década de 1920, Irán estaba lastrado por una gobernanza débil, la ausencia de un ejército nacional capaz de defender sus fronteras, la falta de ley y orden, un analfabetismo generalizado, la pobreza y las enfermedades. Decidido a transformar el país, emprendió la construcción de un Estado moderno que educara a su población y acercara a Irán a los estándares socioeconómicos occidentales: un esfuerzo de construcción nacional comparable a las reformas de Atatürk en Turquía.
La implantación de un sistema educativo laico inspirado en modelos occidentales, la creación de leyes y tribunales en gran medida seculares y los intentos de liberar a las mujeres de las restricciones religiosas y tradicionales estuvieron lejos de ser acogidos de forma unánime. Los clérigos y los tradicionalistas expresaron una hostilidad abierta o bien resistieron en silencio esas reformas.
Sin embargo, los orientalistas occidentales a menudo no alcanzan a comprender la profundidad de la frustración y la angustia que sintieron muchos pueblos del mundo en desarrollo al enfrentarse al contraste entre su propio atraso socioeconómico y el poder industrial y tecnológico de Occidente. Para muchos, el futuro de sus hijos —y el de sus naciones— parecía imposible sin adoptar una educación moderna de estilo occidental y una gobernanza eficiente.
El gobierno Pahlaví realizó inversiones sustanciales en infraestructuras, construyendo carreteras, ferrocarriles y puertos para impulsar el comercio y estimular el crecimiento económico. Entre los proyectos más importantes figuraron el Ferrocarril Transiraní, que conectaba el mar Caspio con el golfo Pérsico; la construcción de puertos modernos, entre ellos el puerto de Shahpur; y el desarrollo de una extensa red viaria con nuevas autopistas y puentes. Al mismo tiempo, el gobierno promovió la industrialización ofreciendo incentivos a empresarios e inversores, lo que propició el crecimiento de sectores clave como el textil, el acero y las manufacturas.
La industria petrolera, el sustento financiero de Irán para el desarrollo económico, creció exponencialmente entre 1950 y 1978: la producción pasó de unos cientos de miles de barriles a casi seis millones diarios.
El producto nacional bruto se multiplicó por 700 entre 1925 y 1978. En 1977, el último año «normal» antes de la revolución, la economía iraní era un 26 por ciento mayor que la turca y un 65 por ciento superior a la de Corea del Sur. En 2017, el producto interior bruto nominal de Turquía era 2,4 veces mayor que el de Irán y el de Corea 7,2 veces mayor. Y esto antes de los duros retrocesos que sufrió Irán tras la retirada de Estados Unidos del acuerdo nuclear conocido como Plan de Acción Integral Conjunto y la imposición de sanciones. La moneda nacional ha perdido más del 90 por ciento de su valor desde 1979.
Reza Shah y su hijo Mohammad Reza Shah fundaron decenas de universidades e institutos de enseñanza superior para formar a los profesionales que requería la modernización de Irán. Las mujeres obtuvieron el derecho de voto y protecciones legales largamente negadas bajo la ley islámica. Estos cambios irritaron al clero chií, que se oponía a una occidentalización acelerada, mientras los grupos izquierdistas y marxistas, que compartían la visión antioccidental del clero, seguían organizándose y ampliando su influencia. No debe subestimarse el papel de la Unión Soviética y sus aliados en la región a la hora de apoyar a esos grupos para amenazar el poder creciente de Irán y su alianza con Estados Unidos.
El gobierno islámico instaurado en 1979 se apresuró a desmantelar buena parte de los esfuerzos modernizadores de la era Pahlaví. En su primera década, reformó de raíz el sistema educativo para promover las enseñanzas religiosas y la ideología antioccidental. El nuevo régimen obligó a las mujeres a llevar el hiyab estricto, sometió los tribunales a la ley islámica y la economía relativamente de libre mercado dio paso a la propiedad estatal y al control gubernamental.
Las restricciones políticas y la represión violenta superaron rápidamente las limitaciones autoritarias de la monarquía, ya que el régimen del líder supremo Ruhollah Jomeini eliminó a miles de opositores, muchos de ellos pertenecientes a los grupos revolucionarios de 1979. Los clérigos establecieron su propia dictadura y emprendieron la misión de obstaculizar, cuando no eliminar, a Estados Unidos e Israel.
La República Islámica no surgió como una fuerza revolucionaria destinada a sustituir un sistema decadente o irrelevante; surgió para frenar la modernización, revertir la occidentalización y poner fin al papel de Irán como aliado de Occidente. Elementos prosoviéticos, izquierdistas occidentales y grupos árabes antiisraelíes desempeñaron un papel relevante en esa contrarrevolución. El presidente de la Organización para la Liberación de Palestina, Yasir Arafat, viajó rápidamente a Teherán en 1979, sonriendo de oreja a oreja mientras celebraba el triunfo de fuerzas que él había ayudado a entrenar en los campos palestinos del Líbano.
El verdadero problema hoy es que generaciones de estudiantes y diplomáticos han visto la Revolución Islámica como el paso natural en la evolución política iraní. No la reconocen por lo que fue: una anomalía y un retroceso deliberado. Si Irán ha de volver algún día al lugar que le corresponde como líder entre los Estados-nación, como potencia industrial y como país del primer mundo, es necesario reconocer que la Revolución Islámica fue una contrarrevolución concebida para lastrar el crecimiento y la prosperidad de Irán, no para propiciarlos.
