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Observer

La guerra de Irán es también una guerra por la historia

Quienes invocan el pasado deben asumir su trayectoria completa y no escoger los fragmentos que les convienen.

Davood Moradian es el director del Afghan Institute for Strategic Studies (Instituto Afgano de Estudios Estratégicos).

A bronze statue of Cyrus the Great in Tajikistan.
Estatua de bronce de Ciro el Grande en Tayikistán. · Shutterstock

El 29 de octubre de 539 a. C., Ciro el Grande entró triunfante en Babilonia. La fecha, registrada en la Crónica de Babilonia, ha adquirido una vida póstuma en la era contemporánea: algunos iraníes la conmemoran hoy como el Día de Ciro, celebrando a un emperador recordado por permitir que pueblos exiliados, incluidos los judíos, regresaran a sus hogares. Este año, el aniversario llega en medio de la confrontación entre Irán, Israel y Estados Unidos. La efeméride no tiene reconocimiento oficial, pero su popularidad refleja las inquietudes actuales de la sociedad iraní. En la cosmovisión persa antigua, la conquista imperial y la tolerancia pragmática coexistían sin dificultad.

En Atenas, recientemente, el secretario de Estado Marco Rubio invocó la Grecia antigua como manantial de la civilización occidental, y evocó el saqueo persa de la Acrópolis en 480 a. C. Su retórica encuadró la confrontación actual con Teherán en un relato civilizatorio. Las autoridades iraníes y sus adversarios recurren a su propio repertorio histórico. Para apuntalar sus respectivas narrativas, los beligerantes invocan de manera rutinaria seis episodios recurrentes: las guerras médicas; Ciro y la restauración judía; Ester y el Purim; Fereydún contra Zahhak; la captura del emperador Valeriano por Sapor I; y la batalla de Kerbala, invocada repetidamente por el difunto líder supremo de Irán, Alí Jamenei.

No son historias equivalentes: unas son hechos documentados y otras, mitos sagrados o nacionales. Pero todas pueden convertir un conflicto geopolítico en un drama de identidad intemporal.

El paradigma de Samuel Huntington de 1993 convirtió la civilización en una categoría de ordenación destacada en las relaciones internacionales. Pero la «civilización» es una construcción moderna, no una autodescripción antigua. Ciro no se imaginaba a sí mismo como custodio de una «civilización persa» acotada, ni Alejandro marchó hacia Oriente como embajador de «Occidente». Esas dicotomías les habrían resultado ajenas.

Las guerras médicas brindan un patrón defectuoso para una lucha civilizatoria eterna. Fueron disputas entre Estados y coaliciones concretos, seguidas por siglos de intercambios. La entrada de Ciro en Babilonia se celebra en la tradición bíblica y quedó consignada en el Cilindro de Ciro por haber permitido el regreso de los exiliados. Por el contrario, el Libro de Ester retrata una intriga cortesana: el complot de Amán contra los judíos, frustrado por Ester y Mardoqueo, celebrado durante el Purim. Ninguna de las dos narraciones autoriza veredictos morales generalizados sobre los iraníes o los judíos de hoy.

Una cautela similar vale para el mito y la Antigüedad tardía. En el Shahnameh de Ferdousí, el tirano Zahhak es derrocado por Fereydún, una historia que hoy despliegan los opositores de la República Islámica como alegoría de liberación. Tampoco debería reducirse la victoria de Sapor I sobre Valeriano en 260 d. C. —inmortalizada en Naqsh-e Rostam— a un antagonismo persa-romano inmutable. Los relieves de Sapor celebraban la supremacía imperial y, al mismo tiempo, mostraban imperios rivales que se observaban y se influían mutuamente. Kerbala sigue siendo central en la memoria religiosa chií y en el paradigma de resistencia de Jamenei. Su resonancia moral, sin embargo, no convierte cada política de Estado en una extensión de la causa del imán Huseín.

Una historia más esclarecedora comienza más allá de las caricaturas. Alejandro se casó con Roxana, hija de un noble bactriano, vinculando a las élites conquistadas con su imperio, mientras que su amante Bagoas, un apuesto noble persa, personificó la integración cortesana. El reino greco-bactriano se fundó más tarde en Balj, en el actual norte de Afganistán, cuando Diodoto se separó del ámbito seléucida hacia 250 a. C. Sus gobernantes y súbditos habitaban un mundo modelado por igual por las tradiciones helénica e irania: un orden híbrido nacido de la conquista y sostenido mediante la adaptación. Alejandro adoptó rituales cortesanos aqueménidas y alentó los matrimonios mixtos entre sus oficiales y la aristocracia local. Sus sucesores gobernaron a través de una negociación continua.

Esa síntesis intercultural perduró. Administradores persas sentaron los cimientos institucionales del califato abasí. Más tarde, dinastías turco-persianizadas patrocinaron literatura y arquitectura desde Asia Central hasta la India. Avicena integró la filosofía griega con la teología islámica, mientras que Goethe encontró en Hafez a un par literario y compuso su West-östlicher Divan. La influencia se movía con fluidez a través de las fronteras que trazaban los monarcas.

La historia no ofrece un relato fácil de armonía civilizatoria, sino una lección exigente de complejidad y de arte de gobernar, más allá de dicotomías rígidas. Los líderes que invocan el pasado deben hacerse cargo de toda su trayectoria, en vez de seleccionar fragmentos convenientes.

Esa obligación pesa especialmente sobre Teherán. Un gobierno que ha institucionalizado la discriminación de género, ha perseguido a comunidades minoritarias, se ha alineado con los talibanes, ha descuidado el patrimonio preislámico y ha definido su ideología en torno a una revolución antioccidental no puede reivindicar de forma creíble la custodia de la civilización persa. Si la compasión hacia los refugiados y la protección de los derechos de las mujeres se celebran como pilares de la civilización occidental, el enfoque de la administración Trump hacia los refugiados, su desastroso acuerdo de paz con los talibanes y la financiación continuada del régimen talibán cuestionan igualmente su credibilidad para apropiarse de la civilización occidental y representarla.

Para la clase política israelí, cuya tragedia nacional ha estado marcada de manera inseparable por la persecución y el desplazamiento constantes, el trato a la población civil de Gaza resulta moralmente problemático.

La cuestión crucial en el Día de Ciro no es qué actor político se apropia de la Antigüedad. Es si los autoproclamados «Estados civilizatorios» encuentran la confianza necesaria para practicar lo que predican como el ethos fundacional de su civilización.

Leer el original en inglés: Iran’s War Is Also a War Over History

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