La estrategia que Washington no tiene en el Cuerno de África empieza por Etiopía
Lejos de ser un actor más entre muchos, Etiopía determina el equilibrio de poder regional.
Blen Mamo Diriba es una analista etíope especializada en derecho y políticas públicas y directora ejecutiva de Horn Review, una plataforma independiente de investigación y publicación centrada en la política, la diplomacia y la seguridad en el Cuerno de África, el mar Rojo y la región del golfo de Adén. También es investigadora asociada del Instituto de Asuntos Exteriores de Etiopía (Institute of Foreign Affairs).

La política exterior de Estados Unidos muestra desde hace tiempo una asimetría estratégica: mientras Washington reconoce la centralidad geopolítica de Oriente Medio, su enfoque respecto al Cuerno de África sigue siendo reactivo, determinado por una gestión episódica de las crisis, por los imperativos de la lucha antiterrorista y por las urgencias inmediatas de la seguridad marítima.
Esta fragmentación estratégica tiene un coste. El Cuerno no es ni una prolongación periférica de Oriente Medio ni un simple corredor marítimo por el que transita el comercio mundial. Constituye un teatro geopolítico en el que la seguridad de las arterias marítimas se cruza con la política de poder continental, con los dilemas de seguridad regional y con las ambiciones estratégicas de actores externos rivales. A Washington le convendría dotarse de una estrategia para el Cuerno de África, a salvo de los vaivenes de la política partidista y anclada en Etiopía, el Estado clave de la región.
La lógica estratégica es difícil de pasar por alto. Bab el-Mandeb conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y con el conjunto del océano Índico, lo que confiere a la región circundante una importancia decisiva para el comercio internacional y para los intereses estratégicos de Estados Unidos y de sus socios europeos y de Oriente Medio. Sin embargo, una política preocupada únicamente por la seguridad marítima confundiría la manifestación geográfica de la inestabilidad con sus determinantes políticos más profundos.
La prolongada guerra de Sudán, la inseguridad persistente en Somalia, las tensiones entre Etiopía y Eritrea, la inestabilidad en Sudán del Sur, la controversia no resuelta entre Somalia y Somalilandia, la amenaza de los hutíes de Yemen, las redes transnacionales en expansión de al Shabab, la creciente militarización de la región y la intensificación de la competencia por la influencia a lo largo del mar Rojo son dimensiones interconectadas de un orden geopolítico cada vez más complejo. Sus efectos acumulados no pueden gestionarse mediante una diplomacia compartimentada ni con intervenciones dictadas por la crisis.
A Washington le convendría más un marco regional que tratara estas dinámicas como componentes de un único sistema estratégico interconectado, en lugar de considerarlas desafíos de seguridad separados. Y cualquier estrategia estadounidense coherente para el Cuerno de África tendría que situar a Etiopía en su centro geopolítico.
Con una población que supera los 130 millones de habitantes, un capital diplomático considerable y una posición clave en la arquitectura política, económica y de seguridad de la región, Etiopía es algo más que un actor entre muchos: es un determinante del equilibrio de poder regional. Su trayectoria interna, sus relaciones con los Estados vecinos y su orientación estratégica en evolución repercuten en todo el Cuerno y configuran los parámetros dentro de los cuales puede buscarse la estabilidad regional. En consecuencia, cualquier estrategia regional que no tenga en cuenta la centralidad de Etiopía corre el riesgo de ser deficiente.
Los más de 120 años de relaciones bilaterales de Etiopía con Estados Unidos, junto con una prolongada asociación en materia de seguridad, en particular en la lucha antiterrorista, aportan otro cimiento sustancial para un pacto estratégico sólido. A Washington le convendría dejar atrás un trato meramente transaccional y avanzar hacia un marco duradero de cooperación con Adís Abeba, asentado en la estabilidad regional, la seguridad marítima y la gestión pacífica de la competencia entre Estados.
Anclar la política estadounidense en Etiopía no tiene por qué implicar conceder a Adís Abeba un veto regional ni subordinar la soberanía de los Estados vecinos a las preferencias etíopes. Exige, más bien, reconocer la asimetría de la influencia regional y calibrar la diplomacia estadounidense a las realidades geopolíticas del Cuerno.
La dimensión institucional es igualmente decisiva. La política estadounidense hacia el Cuerno sigue siendo vulnerable a los cambios en las prioridades presidenciales, al relevo de altos cargos y a la recurrente subordinación de las consideraciones estratégicas de largo plazo a las crisis inmediatas.
Entretanto, China, Rusia, los Estados árabes del Golfo, Turquía y otros actores externos siguen profundizando su implicación regional, cada vez más guiados por una estrategia de largo plazo concebida para moldear la trayectoria geopolítica del Cuerno y situarse en una posición ventajosa dentro de su orden regional en evolución. Aunque sus intereses no son uniformes ni siempre e invariablemente incompatibles con los de Estados Unidos, su implicación subraya una realidad: la influencia geopolítica no depende solo de la formulación de intereses estratégicos, sino de la capacidad institucional para perseguirlos de forma constante.