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¿Quién manda en el norte de Irak?

Los acuerdos de seguridad entre Irak e Irán revelan que el control nacional es una ilusión.

Ali Almrayatee es exintérprete de combate de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos durante la Operación Libertad Iraquí. Posteriormente trabajó como asesor principal de seguridad del Parlamento iraquí, donde contribuyó al rescate de rehenes estadounidenses en 2016 y a la lucha contra el Estado Islámico (ISIS), y como activo de inteligencia antiterrorista para organismos del Gobierno de Estados Unidos. Fue diplomático en Irak y Turquía, centrado en la seguridad internacional, el extremismo, la guerra híbrida y los asuntos geopolíticos.

The central square in Erbil, Iraq.
La plaza central de Erbil, Irak. · Shutterstock

Irak afronta el reto de gestionar las exigencias de seguridad de dos de sus vecinos sin perder el control sobre las decisiones del Estado que determinan su integridad territorial y su independencia política. La exigencia de Teherán de expulsar a los grupos opositores kurdos iraníes y el anuncio de Ankara de mantener su presencia militar en el norte de Irak plantean la cuestión de quién fija el orden de seguridad en el norte del país. Bagdad queda atrapado entre ambos objetivos, limitado no solo por la presión externa, sino también por su escasa capacidad para imponer una política de seguridad unificada tanto en el Irak federal como en la Región del Kurdistán iraquí.

La cuestión ya no es si Bagdad puede alcanzar acuerdos de seguridad, sino si puede aplicarlos conservando el control sobre las decisiones de seguridad nacional.

Tras una reunión del comité conjunto de seguridad iraquí-iraní presidida por el asesor de Seguridad Nacional de Irak, Qasim al‑Aboudi, y con participación de representantes del Gobierno Regional del Kurdistán, el embajador iraní en Irak afirmó que ambos países habían acordado expulsar de la Región del Kurdistán iraquí a los grupos opositores kurdos iraníes o entregarlos a Irán. El comunicado oficial iraquí, en cambio, describió conversaciones sobre la aplicación del acuerdo bilateral de seguridad de 2023 y la resolución de asuntos pendientes, sin mencionar expulsión ni entrega alguna.

Los relatos contradictorios ponen en juego la credibilidad de Bagdad. Expulsar o extraditar a grupos opositores constituye un ejercicio de soberanía estatal que afecta al equilibrio interno de poder en Irak y a su relación con sus territorios kurdos autónomos. Si Bagdad ha aceptado tales medidas, no se limita a coordinarse con Teherán ante una amenaza de seguridad compartida: está cediendo margen de decisión sobre cómo se usa el territorio iraquí y qué grupos reciben protección dentro de las fronteras del país. La divergencia entre la declaración del embajador iraní y el silencio de los participantes iraquíes pone de relieve el desafío inmediato: si el Gobierno iraquí es capaz de publicar una versión de lo que acordó, determinar el estatuto jurídico del traslado propuesto y demostrar que su política no es una simple respuesta a la presión militar extranjera.

El hecho de que estos arreglos exigieran la participación del Gobierno Regional del Kurdistán sugiere que Erbil reconoció el coste político del incumplimiento, pero también revela la fragilidad de la capacidad institucional de Bagdad para hacer cumplir tales acuerdos por sí mismo. En los próximos meses, la cuestión principal será si Bagdad puede convertir sus compromisos diplomáticos en cambios sobre el terreno sin provocar un enfrentamiento con las redes políticas y armadas de las que dependen sus arreglos de gobierno. Las tendencias actuales apuntan a una aplicación selectiva, a una negociación continua y a presiones puntuales, más que a una solución integral.

La cuestión de la oposición kurda iraní seguirá siendo un gran foco de tensión. Teherán ha demostrado su disposición a emplear la fuerza contra posiciones opositoras dentro de Irak, lo que deja a Bagdad y Erbil ante las exigencias contrapuestas de la seguridad fronteriza, la estabilidad y las protecciones jurídicas para refugiados y residentes. Si los acuerdos de traslado se negocian sin garantías exigibles, estos grupos podrían seguir expuestos a ataques iraníes incluso después de aceptar restricciones a sus actividades. A la inversa, si rechazan el traslado y mantienen posiciones armadas cerca de la frontera, Irán conservará una justificación para seguir interviniendo.

La Región del Kurdistán, y Erbil en particular, está expuesta. Mantiene estrechos vínculos con Washington, al tiempo que acoge a grupos opositores kurdos que tanto Teherán como Ankara consideran amenazas para su seguridad. La vulnerabilidad del Kurdistán se agrava por la fragmentación interna. Pese a la unificación cosmética anunciada recientemente entre las fuerzas kurdas iraquíes rivales, el Partido Democrático del Kurdistán y la Unión Patriótica del Kurdistán siguen manteniendo redes políticas y estructuras de seguridad separadas, lo que limita la capacidad kurda de actuar como un actor unificado. Eso deja a la región dividida ante decisiones que requieren una posición común. Los actores externos aprovechan esas divisiones políticas para cultivar relaciones distintas con Erbil y Suleimaniya. En consecuencia, Erbil debe negociar desde una posición de debilidad, intentando equilibrar su relación con Bagdad, proteger a los grupos opositores y evitar que su territorio se convierta en un campo de batalla entre Irán y sus adversarios.

En última instancia, la verdadera prueba no es si Irak puede firmar acuerdos de seguridad con Irán o tolerar operaciones militares turcas, sino si puede traducir esos compromisos diplomáticos en políticas exigibles a través de sus propias instituciones, y si esas instituciones pueden funcionar al margen de la fragmentación política y de la coerción externa. A la vista de las evidencias actuales, no pueden: el asesor de Seguridad Nacional de Irak preside las reuniones, pero Irán y Turquía determinan sus resultados.

Mientras Bagdad no construya una capacidad estatal real en sus zonas fronterizas y no demuestre que puede ejecutar decisiones de seguridad sin dirección externa, seguirá siendo vulnerable a las ambiciones estratégicas de sus vecinos. De ello dependerá que la cooperación en materia de seguridad tras la retirada y la inversión estadounidense puedan perdurar, o que sean los rivales regionales quienes configuren el entorno estratégico del que dependen los intereses de Estados Unidos. Los recientes acuerdos de Irak con Teherán quizá satisfagan temporalmente las exigencias de seguridad iraníes, pero no fortalecen al Estado iraquí, el único cimiento sobre el que puede asentarse una soberanía genuina.

Leer el original en inglés: Who Rules Northern Iraq?

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