¿Un golpe silencioso en Irán?
El equilibrio entre la autoridad clerical y el poder militar quizá ya no sea el que fue.
Potkin Azarmehr es un periodista de investigación y realizador de documentales británico, de origen iraní. Ha colaborado con diversos medios de comunicación y centros de análisis, aportando un análisis en profundidad sobre los asuntos de Oriente Medio y el extremismo islámico en Occidente.

El bayt del líder supremo Ali Khamenei —su oficina y su círculo íntimo— funcionaba como un gobierno paralelo, si no como el verdadero centro de poder en Irán, y operaba con una disciplina excepcional y estrictas medidas de seguridad para proteger sus secretos más sensibles. Algunos antiguos miembros de ese entorno comentaron que el bayt era la instancia más eficiente y disciplinada del régimen.
Mientras desde fuera se veía un sistema teocrático dominado por la autoridad clerical y gobernado por el clero chií desde 1979, tras la muerte de Khamenei el 28 de febrero de 2026 puede haberse producido una transformación significativa: un desplazamiento del poder del estamento clerical a los militares.
El ayatolá Ruhollah Khomeini fundó la República Islámica como un sistema en el que la autoridad última residía en el líder supremo, el jurista islámico indiscutido con la última palabra en todos los asuntos. El estamento clerical iraní ejecutaba sus deseos y los clérigos por él designados supervisaban cada organización y entidad. Para salvaguardar la teocracia, creó el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (Islamic Revolutionary Guards Corps), menos para proteger las fronteras que para proteger la Revolución Islámica y al clero gobernante.
Ali Khamenei mantuvo ese equilibrio cuando asumió el liderazgo en 1989. Aunque el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica creció notablemente en influencia, riqueza y alcance operativo, Irán, incluidas sus fuerzas militares, siguió bajo el control de Khamenei y del clero subordinado que le obedecía.
Khamenei fue cauteloso y vigilante para no permitir que el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica eclipsara al liderazgo clerical. Según Kianoosh Razaghi, licenciado por la Universidad Imam Sadegh —una institución clave para formar a los cuadros de la República Islámica creada tras la revolución de 1979—, Khamenei era plenamente consciente del riesgo que entrañaba el poder creciente de la Guardia Revolucionaria.
Las inquietudes de Khamenei iban más allá del equilibrio institucional y alcanzaban a su propia familia. De sus cuatro hijos —Mostafa, Mojtaba, Masoud y Meysam—, Mojtaba era el más ambicioso, con estrechos vínculos con el aparato de seguridad y militar. Razaghi sostiene que Khamenei consideraba arriesgada la sucesión de Mojtaba, política y personalmente, por temor a que vulnerabilidades como la presunta homosexualidad de Mojtaba pudieran desacreditar y desestabilizar el sistema.
Khamenei encargó a Masoud dirigir lo que podría describirse como un think-tank dentro de su bayt, responsable de diseñar y ejecutar proyectos políticos clave, incluida la planificación de la sucesión. Según esta interpretación, el ascenso de Masoud Pezeshkian a la presidencia tras la muerte de Ebrahim Raisi en un misterioso accidente de helicóptero fue otro ejemplo de desenlaces planificados y manipulados por ese círculo íntimo bajo la dirección de Masoud.
La tesis central de Razaghi es llamativa: tras la muerte de Khamenei, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica —en particular las facciones asociadas a figuras como Mohammad Bagher Zolghadr y Ahmad Vahidi— ha tomado el control de hecho, relegando al clero.
Señala varias anomalías para respaldar este argumento. Primero, la Constitución iraní establece el procedimiento para elegir al líder supremo, pero esos procedimientos parecen no haberse seguido. No seguir los propios estatutos de la Constitución es, según Razaghi, una manifestación de golpe de Estado. Segundo, la supuesta incapacitación de Mojtaba Khamenei a causa del ataque aéreo que mató a su padre debería haber activado mecanismos de contingencia claramente definidos, que tampoco se siguieron. Tercero, no se ha hecho pública la voluntad testamentaria de Khamenei, probablemente para evitar que se conozcan sus deseos respecto a la sucesión. El silencio de los otros hijos de Khamenei, en particular de Masoud, ha suscitado más interrogantes. Incluso en ocasiones en que cabría esperar declaraciones públicas, como tras las muertes de Kamal Kharazi y su esposa, con quienes Masoud está emparentado por matrimonio, no ha habido respuesta alguna.
En conjunto, estas irregularidades sugieren que la Guardia Revolucionaria ha sorteado las estructuras formales de la República Islámica y ha utilizado el nombre de Mojtaba Khamenei para legitimar la transición de poder, pese a que todavía no hay confirmación de que esté vivo.
De ser cierto, semejante desarrollo no carecería de precedentes en la historia iraní. Nader Shah, el gobernante de Irán del siglo XVIII al que a menudo se apoda el «Napoleón de Persia», procedía de orígenes humildes y, para legitimar su mandato, se tituló inicialmente «Servidor de Tahmasp», el último monarca safávida, que a esas alturas era poco más que una figura nominal, antes de eliminarlo a él y a su heredero para poner fin a más de dos siglos de dominio safávida y fundar su propia dinastía.
De modo similar, Reza Shah, fundador de la dinastía Pahlavi en 1925, que modernizó Irán, ascendió desde orígenes humildes a través del escalafón militar bajo el último rey de la dinastía Qajar, Ahmad Shah, incompetente y sin voluntad de gobernar, como comandante del Ejército y primer ministro. En ambos casos, el poder militar fue desplazando gradualmente a la autoridad establecida mientras mantenía temporalmente una fachada de lealtad al moribundo jefe del viejo orden.
Por ahora, las afirmaciones de Razaghi siguen siendo especulativas. La opacidad del sistema político iraní dificulta las conclusiones definitivas. Aun así, incluso tomadas como mera conjetura, resuenan porque explican la creciente lista de preguntas sin respuesta sobre los acontecimientos recientes en Irán—preguntas que los relatos oficiales no han abordado. Incluso la afirmación del presidente Donald Trump de que se ha producido un «cambio de régimen» en Irán —aunque retórica— adquiere otra dimensión bajo esta interpretación: no un levantamiento popular, sino un reacomodo interno del poder.
Haya habido o no un «golpe silencioso», una cosa está clara: las dinámicas internas de Irán están evolucionando de maneras que permanecen ocultas a la vista del público. El equilibrio entre la autoridad clerical y el poder militar —rasgo definitorio de la República Islámica durante décadas— quizá ya no sea el que fue.
«Hay cuatro camarillas de poder dentro del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica que hasta ahora han permanecido intactas. Israel está remodelando el escenario político de Irán con sus ataques selectivos», explicó Razaghi. No está claro, sin embargo, cuál de esas camarillas será la vencedora final.