¿Se ha convertido Reza Pahlavi en la oposición de la oposición iraní?
La revelación de las actividades cibernéticas del régimen y de sus intentos de cooptar a los monárquicos plantea la duda de quién coopta a quién.
Alireza Nader es un experto ampliamente reconocido en Irán y en la política de Estados Unidos en Oriente Medio. Como exinvestigador sénior de la RAND Corporation y senior fellow de la FDD (Foundation for Defense of Democracies), es autor de numerosos informes y estudios sobre Irán, Oriente Medio y la estrategia de Estados Unidos.

Las actividades políticas del ex príncipe heredero iraní Reza Pahlavi han llevado a muchos activistas iraníes prodemocracia a preguntarse si la República Islámica está manipulando a Pahlavi y a sus seguidores para sembrar la discordia en el seno de la oposición. La reciente decisión de la red social X de mostrar el país de origen de sus usuarios refuerza esas sospechas.
La mayoría de los iraníes se ve obligada a recurrir a VPN para sortear la censura del régimen, mientras que las cuentas operadas por el propio régimen utilizan «tarjetas SIM blancas» para eludirla. Las cuentas del régimen favorables a Pahlavi, que X ha revelado que están en Irán, amplifican la popularidad de Pahlavi y, al mismo tiempo, crean un entorno tóxico en las redes sociales mediante el acoso a quienes no son monárquicos.
Uno de los mensajes centrales que difunden estas cuentas es que Pahlavi es la única alternativa a la República Islámica y que no se puede confiar en nadie más. Estas cuentas emplean esa táctica para atacar a cualquier figura que demuestre capacidades reales. El ciberejército apuntó, por ejemplo, al activista opositor iraní Hamed Esmaeilion, después de que organizara en Berlín una protesta contra el régimen de decenas de miles de personas en el momento álgido del levantamiento Mujer, Vida, Libertad.
Los verdaderos seguidores de Pahlavi en internet han contribuido, consciente e inconscientemente, a la campaña del régimen al incurrir en ataques similares no solo contra Esmaeilion, sino también contra otros disidentes destacados, como la premio Nobel de la Paz Narges Mohammadi, la periodista Masih Alinejad y el rapero Toomaj Salehi. El principal asesor de Pahlavi, Amir Etemadi, promueve el hostigamiento de disidentes y periodistas no monárquicos, tildándolos de «izquierdistas», «separatistas» y «terroristas» para azuzar la inquina contra ellos.
La capacidad del régimen para manipular a Pahlavi no debería sorprender. El hijo mayor del último sah no es conocido ni por sus dotes de liderazgo ni por su atención al detalle. El antiguo jefe de inteligencia del régimen, Ali Fallahian, habría afirmado hace años que Pahlavi era «más útil para la República Islámica vivo que muerto».
Aunque carece de dotes de liderazgo u organización, el perfil de Pahlavi ha crecido en los últimos años gracias a la nostalgia por el Irán prerrevolucionario, a la promoción que de él hacen medios en lengua persa como Iran International y a campañas cibernéticas presuntamente respaldadas por Israel que lo proclaman «líder» de la oposición iraní e incluso el próximo sah.
Defensor desde hace tiempo de la tolerancia, Pahlavi abandonó su programa político —democracia y libertad para todos los iraníes— tras su salida de la opositora Coalición de Georgetown durante el levantamiento Mujer, Vida, Libertad. Una vez desechado el concepto de unidad y democracia, Pahlavi se proclama ahora «padre» de todos los iraníes.
La incapacidad o falta de voluntad de Pahlavi para controlar a sus seguidores no solo ha puesto en su contra a parte del movimiento prodemocrático, sino que también ha enfrentado al movimiento monárquico consigo mismo, con muchos monárquicos tradicionales y constitucionalistas resentidos por el control que ejercen sobre Pahlavi los asesores más recientes y por su impacto en la marca Pahlavi.
Pahlavi también ha alardeado de sus contactos clandestinos con funcionarios del régimen que lo apoyan, incluidos miembros del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. La campaña cibernética del régimen a favor de Pahlavi y las afirmaciones de este sobre sus contactos con la Guardia plantean preguntas importantes: ¿son esos miembros del aparato del régimen partidarios legítimos dispuestos a desertar, o hay entre ellos infiltrados del régimen que buscan engañar a Pahlavi para socavar al resto de la oposición? Dicho de otro modo, la revelación de las actividades cibernéticas del régimen y de sus intentos de cooptar a algunos monárquicos plantea la duda de quién coopta a quién.
Algunos de los opositores al régimen, incluidas figuras destacadas dentro de Irán, comprenden ahora que el movimiento pahlavista se ha transformado, como declaró recientemente Narges Mohammadi, en «la oposición contra la oposición». Varios disidentes se niegan a colaborar con los monárquicos porque consideran que estos se han convertido en una amenaza para su seguridad.
Pahlavi ha redoblado su apuesta por sus asesores pese al malestar que suscitan en otros. La República Islámica ha explotado la situación siguiendo la máxima de Vladímir Lenin, fundador de la Unión Soviética, según la cual «la mejor manera de controlar a la oposición es liderarla nosotros mismos».
El enfoque de no injerencia de la Administración Trump ha sido acertado. Una publicación reciente en X del sitio en lengua persa del Departamento de Estado señalaba que «como ha dicho el secretario de Estado Marco Rubio, corresponde a los iraníes elegir a sus propios líderes». La publicación del Departamento de Estado recibió una oleada de críticas en los comentarios por parte de los seguidores de Pahlavi y, quizá, también del ciberejército del régimen. Sin embargo, mientras Pahlavi flaquea, sectores del Gobierno israelí siguen apoyando sus actividades, lo que alimenta el resentimiento en el resto de la oposición.
Que X haya dejado al descubierto que el ciberejército de la República Islámica es más sofisticado de lo que muchos analistas esperaban debería invitar a la introspección, tanto entre los monárquicos como entre otros opositores al régimen, sobre cómo siembra el régimen la discordia y sobre si la lealtad ciega a una figura concreta ha entorpecido, más que favorecido, los esfuerzos por lograr un cambio de régimen.