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Cómo los islamistas se sirven de la extrema izquierda occidental para difundir el extremismo

Feministas, activistas LGBTQ+ y colectivos antirracistas quizá no perciban que sus aliados islamistas se oponen al estilo de vida y a las libertades que ellos defienden.

Yuval David es un líder en las comunidades judías israelí, estadounidense e internacional, centrado en causas sionistas, LGBTQ, de derechos civiles y de justicia social. Asesora a más de 40 organizaciones como conferenciante principal, consultor y creador de contenidos; hace incidencia ante líderes políticos en Estados Unidos, Israel y otros países; e interviene en actos en todo Estados Unidos, Canadá e Israel.

Hundreds of pro-Palestinian activists took the streets of New York City in June 2025.
Centenares de activistas propalestinos se manifestaron en las calles de Nueva York en junio de 2025. · Shutterstock

En el actual panorama del activismo, los movimientos islamistas y las organizaciones de la izquierda radical y progresista estrechan lazos con creciente frecuencia. Esa alianza no es casual ni inocua. En Europa, América del Norte y más allá, los islamistas que pretenden imponer la ley islámica se alinean con causas de la izquierda occidental para ganar legitimidad, altavoces mediáticos e influencia.

Históricamente, grupos islamistas como los Hermanos Musulmanes de Egipto colaboraron con nacionalistas anticoloniales laicos, solo para apartarlos cuando el poder estuvo al alcance de la mano, sustituyendo el pluralismo por el dominio islamista. Hoy, en Occidente, reproducen esa estrategia al integrarse en movimientos de justicia social: equidad racial, derechos LGBTQ+, feminismo; y al servirse de marcos de la izquierda para enmascarar objetivos de fondo radicalmente opuestos.

Esta alianza entre la extrema izquierda y los islamistas no es abstracta: está documentada y opera activamente. Analistas como el antropólogo Philip Carl Salzman describen la llamada «coalición rojiverde» —islamistas unidos a activistas de la izquierda radical— para oponerse a la civilización occidental, al capitalismo, a la democracia liberal y al sionismo, aunque sus fines últimos diverjan de forma drástica. Sobre el terreno, esto se traduce en protestas y agitación en torno a Gaza e Israel, como el auge de manifestaciones de la izquierda radical en Australia, que combinan «grupos islamistas y “progresistas” verde-marxistas» con una retórica violenta o extremista.

En Francia, el partido de izquierda radical de Jean-Luc Mélenchon, La Francia Insumisa (La France Insoumise), ha abrazado una postura inequívocamente propalestina. La elección de la activista Rima Hassan como candidata al Parlamento Europeo subraya la estrategia política del partido de cortejar al electorado árabe-musulmán invocando términos como «genocidio» para referirse a las acciones israelíes, una retórica cada vez más normalizada en los círculos de La Francia Insumisa.

En Estados Unidos, la llamada Alianza Rojiverde ganó visibilidad en torno a la Convención Nacional Demócrata de 2024. Las protestas de la coalición reunieron a grupos alineados con el islamismo (por ejemplo, Musulmanes Estadounidenses por Palestina [American Muslims for Palestine]) con elementos de la izquierda radical (por ejemplo, Estudiantes por la Justicia en Palestina [Students for Justice in Palestine] y los Socialistas Democráticos de América [Democratic Socialists of America]), coincidiendo en una agitación antiisraelí, antisionista y, en algunos casos, antisemita.

Aunque ambos bandos difieren en su visión última —los islamistas buscan un gobierno religioso, mientras que la izquierda radical persigue un utopismo laico—, comparten el objetivo de desmantelar las instituciones y los valores occidentales. Son aliados de conveniencia frente a un adversario común: la civilización occidental.

Los líderes islamistas han reconocido esta estrategia. Aunque encarcelado, el predicador islamista británico Anjem Choudary, que dirigía el grupo prohibido al-Muhajirun, ha predicado la confrontación y ha instado a jóvenes musulmanes a la guerra ideológica. En 2024 fue condenado a cadena perpetua por dirigir la organización terrorista y alentar la violencia mediante conferencias en línea a la Islamic Thinkers Society (Sociedad de Pensadores Islámicos) en América del Norte. Incluso con Choudary en prisión, los grupos vinculados al islamismo mantienen su estrategia al cooptar agendas de izquierda. Organizaciones como el Consejo de Relaciones Americano-Islámicas (Council on American-Islamic Relations) han virado hacia el progresismo, abrazando causas como Black Lives Matter y la reforma penitenciaria para reforzar su posición dentro de coaliciones liberales, al tiempo que difuminan sus orígenes extremistas.

En Europa, los servicios de inteligencia franceses señalaron recientemente al Foro de Organizaciones Juveniles y Estudiantiles Musulmanas de Europa (Forum of European Muslim Youth and Student Organizations), vinculado a los Hermanos Musulmanes, como vivero de líderes islamistas camuflados tras una defensa convencional de causas como la islamofobia y las libertades religiosas. Presionan para restringir el discurso legítimo con leyes sobre discurso de odio expansivas y tendenciosas, al tiempo que se oponen a los «valores europeos» y al control migratorio.

El terreno político emergente muestra señales de alarma. Los movimientos en el Congreso de Estados Unidos para aprobar la Ley de Designación Terrorista de los Hermanos Musulmanes de 2025 (Muslim Brotherhood Terrorist Designation Act of 2025) apuntan a una preocupación bipartidista por que la Hermandad represente una amenaza ideológica coherente, arraigada en un sentimiento antioccidental que engendra grupos extremistas como Hamás.

Los activistas de izquierda —ya sean académicos, sindicalistas o defensores de la justicia moral— a menudo acaban como socios involuntarios, atraídos por causas transitorias compartidas, pero sin ver la jugada a largo plazo. Lo que quizá no alcanzan a comprender las defensoras feministas, los activistas LGBTQ+ o las organizaciones antirracistas es que sus aliados islamistas se oponen al estilo de vida y a las libertades que ellos defienden. Voces musulmanas reformistas, como la de Maajid Nawaz, de la Fundación Quilliam, advierten de que «los islamistas no están interesados en el pluralismo. Están interesados en el poder». La celebración por parte de la izquierda de una victimización compartida o de la retórica anticolonial ofrece a los islamistas una cobertura de la que se desprenderán si llegan a acumular suficiente influencia.

En última instancia, esta alianza es insostenible. La historia —desde la revolución iraní de 1979, en la que las fuerzas islamistas purgaron a los izquierdistas que habían sido sus aliados, hasta los Hermanos Musulmanes de Egipto volviéndose contra los revolucionarios laicos— demuestra que, en cuanto los islamistas intuyen la victoria, se deshacen de sus socios. Quienes hoy ocupan el flanco izquierdo que da alas a los relatos islamistas probablemente acaben desprotegidos u oprimidos a su vez.

La tarea no consiste únicamente en criticar el extremismo islamista, sino en construir conciencia ideológica dentro de los círculos de izquierda. Los activistas deben preguntarse si la solidaridad con grupos alineados con el islamismo ayuda o acaba perjudicando a las causas que dicen defender. Las sociedades liberales comprometidas con la democracia, los derechos humanos y la libertad de expresión no deberían tolerar alianzas que erosionan esos mismos cimientos.

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