Si Mojtaba Jamenei está herido, quien gobierna Irán es la Guardia Revolucionaria
Una cadena de mando militar es mucho menos propensa a transigir, a rebajar la tensión o a tantear una vía diplomática.
Saeid Golkar es profesor asociado del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Tennessee en Chattanooga y asesor sénior en United Against Nuclear Iran (Unidos contra un Irán Nuclear).

El hecho más importante en Irán ahora mismo no es lo que el régimen dice sobre la salud de Mojtaba Khamenei, sino lo que el régimen no ha revelado. Tras el atentado del 28 de febrero de 2026 que mató a Ali Khamenei, la República Islámica nombró a su segundo hijo, Mojtaba, como tercer líder supremo el 1 de marzo. Sin embargo, desde que empezó la guerra, Mojtaba no ha aparecido en público ni ha pronunciado un discurso televisado. Tampoco ha difundido un solo mensaje de audio grabado al pueblo iraní. Incluso sus primeras palabras como líder supremo las leyó un presentador de televisión. Aunque los dirigentes iraníes aseguran que Mojtaba está bien y dirige la guerra, muchos, entre ellos el presidente Donald Trump, creen que está herido, y algunos piensan que podría estar en coma.
Eso plantea una pregunta central en la política iraní hoy: si Mojtaba está herido, incapacitado o incluso en coma, ¿quién toma las decisiones? ¿Quién escribió su primer mensaje?
La República Islámica no atraviesa un momento de sucesión normal. Está en medio de una guerra, de una decapitación del liderazgo y de una crisis de mando sin precedentes. En una situación así, quien ostenta el título no asume automáticamente el poder. El poder recae, más bien, en quienes pueden comunicarse, coordinarse, sobrevivir y permanecer ocultos. Puede que Mojtaba fuera elevado para preservar la continuidad tras la muerte de su padre, pero la continuidad sobre el papel no equivale al control en la práctica. Si el nuevo líder supremo no puede dirigirse al público, no puede comparecer ante las élites y no puede tranquilizar al sistema con su presencia física, su posición queda expuesta a que otros se la arrebaten desde su entorno.
Algunos dirán que la respuesta debe estar en el liderazgo civil y semicivil visible, figuras como el presidente Masoud Pezeshkian o el jefe del poder judicial, Gholam-Hossein Mohseni Ejei, que siguen vivos. Al fin y al cabo, son los hombres que ve el público. Pezeshkian y Ejei fueron vistos hace poco en una concentración del Día de Qods en Teherán y han sido los rostros públicos del Estado desde la muerte de Ali Khamenei.
Pero esa visibilidad es precisamente la razón por la que es improbable que sean quienes de verdad deciden en tiempo de guerra. Si Israel o Estados Unidos pueden localizar objetivos a través de apariciones públicas, discursos y movimientos a la vista, quienes aparecen ante las cámaras no son los más seguros para gestionar decisiones militares y de seguridad delicadas. Las figuras públicas tienen un valor político: pueden transmitir continuidad, calmar a las audiencias internas y dar un rostro formal al Estado. Pero en el Irán en guerra, quienes probablemente toman las decisiones más difíciles son los que no se dejan ver.
El verdadero centro de gravedad está probablemente en otra parte: dentro del aparato de seguridad oculto en torno a Mojtaba y, más importante aún, en el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI). La respuesta está en la estructura de poder del régimen, que Mojtaba ayudó a construir y a moldear. Como el segundo hombre más importante en la oficina de su padre, el Bayt, conocía los túneles subterráneos, las redes seguras y las instituciones mediante las cuales el régimen ejercía el poder, de forma formal e informal.
La Guardia Revolucionaria, creada en 1979 como guardia pretoriana del régimen clerical, se ha convertido desde los años noventa en la organización más importante de la República Islámica. Ali Khamenei trató repetidamente a la Guardia Revolucionaria como el pilar central de la supervivencia del régimen. La organización impulsó con fuerza la elevación de Mojtaba y ha estrechado su control sobre la toma de decisiones en tiempo de guerra pese a las graves pérdidas en su estructura de mando. Incluso si Mojtaba está vivo, la estructura que lo rodea ya se mueve hacia un control directo de la Guardia Revolucionaria.
Si esa lectura es correcta, quienes más importan no son los políticos que se ven en público, sino los actores de seguridad menos visibles que han permanecido en la sombra desde que empezó la guerra. Entre ellos están Mohammad-Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento y con un largo historial en la Guardia Revolucionaria; Ahmad Vahidi, nuevo comandante del CGRI; Hossein Nejat, comandante del mando de seguridad de la Guardia; y Majid Khadami, jefe de la organización de inteligencia de la Guardia. No todos sus papeles pueden confirmarse directamente en tiempo real, sobre todo cuando la información en tiempo de guerra es incompleta, pero el patrón es claro. Los hombres que tienen las armas, las comunicaciones seguras y las redes subterráneas tomarán las decisiones en nombre de Mojtaba si él no puede hacerlo.
Eso significaría que la República Islámica ha dado un paso más en su larga transformación del autoritarismo clerical a la tutela de los servicios de seguridad. La sucesión de Mojtaba fue una señal de que al sistema ya no le importaba mucho la legitimidad pública, la estatura clerical ni siquiera el simbolismo revolucionario. Su posible incapacidad llevaría ese mismo proceso aún más lejos, reduciendo de hecho al líder supremo de decisor a figura decorativa. El título seguiría siendo clerical, pero el poder pasaría a ser más militar y de seguridad.
Esto ayuda a explicar por qué el comportamiento del régimen se ha vuelto tan rígido y propenso a la escalada. Una cadena de mando oculta dominada por el CGRI es mucho menos propensa a transigir, a rebajar la tensión o a tantear una vía diplomática. Los hombres que rodean a Mojtaba no son pragmáticos; son partidarios de la línea dura, formados en el trabajo de inteligencia, la represión interna, la doctrina misilística y una mentalidad de supervivencia. No ven la guerra como un motivo para la moderación, sino como la prueba de que solo la coerción, la disciplina ideológica y la escalada regional pueden salvar al sistema.
En los sistemas autoritarios, el silencio nunca es neutral. El silencio de Irán sugiere con fuerza que los comandantes de seguridad del CGRI ya están tomando las decisiones más importantes y que el ascenso de Mojtaba significa algo más sombrío que una sucesión dinástica: significa el enmascaramiento definitivo del poder militar y de seguridad tras el nombre de un clérigo.