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Si Arabia Saudí se pasa al «eje de los Ijwan», ¿qué será de Catar?

Mientras Arabia Saudí proscribe a los Hermanos Musulmanes dentro de sus fronteras, Mohamed bin Salmán los potencia fuera de ellas.

Michael Rubin está especializado en Irán, Turquía y el Cuerno de África. Su trayectoria incluye una etapa como funcionario del Pentágono, con experiencia sobre el terreno en Irán, Yemen e Irak, así como contactos con los talibanes antes del 11-S. Rubin también ha contribuido a la formación militar, impartiendo clases a unidades de la Marina y del Cuerpo de Marines de Estados Unidos sobre conflictos regionales y terrorismo. Su obra académica incluye varias publicaciones destacadas, como “Dancing with the Devil” y “Eternal Iran”. Rubin obtuvo su doctorado y su máster en Historia, así como una licenciatura en Biología, por la Universidad de Yale.

Saudia Arabia's Crown Prince Mohammed bin Salman.
El príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed bin Salmán. · Shutterstock

En las últimas semanas, el príncipe heredero Mohamed bin Salmán ha pilotado un giro de enorme calado en la política exterior saudí. Una década después de que Arabia Saudí solicitara la ayuda de los Emiratos Árabes Unidos en Yemen, bin Salmán bombardeó a fuerzas entrenadas por los emiratíes y, a continuación, exigió que tanto esas Fuerzas del Sur como sus asesores emiratíes se marcharan. Aunque la rivalidad saudí-emiratí no es nada nuevo, alguien en Riad accionó un interruptor y los tertulianos y trolls saudíes se volvieron contra sus antiguos aliados.

Lo mismo ocurrió con Israel. Los exabruptos antisemitas de funcionarios saudíes y de los tertulianos en línea que maman de sus ubres escandalizaron a diplomáticos, congresistas estadounidenses y dirigentes de la comunidad judía. Aunque el ministro de Defensa saudí, Jalid bin Salmán, hermano del príncipe heredero, se apresuró a viajar a Washington para calmar las inquietudes, su sinceridad no está clara. Al fin y al cabo, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, trató en su momento a los dirigentes judíos como tontos útiles mientras redoblaba su apuesta por Hamás y los Hermanos Musulmanes.

Mientras Arabia Saudí proscribe a los Hermanos Musulmanes dentro de sus fronteras, Mohamed bin Salmán los potencia fuera de ellas. Los utiliza como su principal fuerza vicaria en Yemen, pese a sus vínculos tanto con los hutíes como con Al Qaeda en la Península Arábiga. La retórica saudí reciente sugiere que Riad prefiere asociarse con Hamás antes que con Israel. En lo geopolítico, Mohamed bin Salmán promueve ahora los lazos con Turquía y Catar a medida que se ahonda su ruptura con los Emiratos Árabes Unidos.

Si el Cuarteto Árabe y el boicot de 2017 buscaban castigar la desestabilizadora tolerancia de Catar hacia los Hermanos Musulmanes, la deserción de Arabia Saudí crea un nuevo «eje de los Ijwan» que pretende contener, si no revertir, los Acuerdos de Abraham y aislar a los Emiratos Árabes Unidos y su visión de un nuevo Oriente Medio. Al dar la vuelta a Arabia Saudí, Catar y Turquía pueden aislar a los Emiratos Árabes Unidos. En Doha se derramarán pocas lágrimas, pues, desde la perspectiva catarí, Abu Dabi prueba ahora un poco de lo que infligió a Catar hace apenas una década. Washington, por su parte, comprueba ahora el inconveniente de anclar su estrategia regional a un solo hombre en lugar de a un sistema.

Catar debería andarse con cuidado, no obstante, porque también saldrá perdiendo con el viraje saudí, aun cuando el giro de Riad hacia los Ijwan parezca en principio beneficiar geopolíticamente a Doha.

Aquí el problema no es Catar, sino el ego colectivo de Arabia Saudí. Incluso los críticos de Catar reconocen que, bajo el mandato de Tamim bin Hamad al Thani, ha pesado geopolíticamente más de lo que le correspondería por tamaño.

Si bien Catar puede y debe sentirse a la altura de Arabia Saudí, todos los dirigentes saudíes se ven a sí mismos como los primeros entre iguales. Tradicionalmente miran por encima del hombro a todos sus vecinos del Golfo, sean los Emiratos Árabes Unidos o Catar.

El giro de Arabia Saudí hacia los Hermanos Musulmanes puede complacer a Catar y ofender a los Emiratos Árabes Unidos, pero Catar no recogerá sus frutos. En muchos sentidos, la relación entre Arabia Saudí y Catar es análoga a la que existe entre Eritrea y Etiopía. El primer ministro Abiy Ahmed ganó el Premio Nobel de la Paz de 2019 por su esfuerzo de reconciliación con Eritrea. Sin embargo, esa paz nunca llegó a cuajar del todo, porque el dictador eritreo Isaias Afwerki se negó a aceptar a Abiy como un igual; en cambio, Isaias veía a su vecino, en el mejor de los casos, como un hermano pequeño y, en el peor, como un advenedizo.

A la actitud saudí se suma la creencia, extendida entre sus dirigentes y su población, en su papel como guardián de las dos mezquitas sagradas y como cuna de Mahoma ibn Abd al Wahab, fundador de la doctrina wahabí a la que se adhieren tanto saudíes como cataríes, en Néyed, en lo que hoy es el corazón del territorio saudí.

La competencia entre Arabia Saudí y Catar puede manifestarse primero en una batalla por el prestigio: ¿quién puede albergar qué acontecimientos deportivos o internacionales? En circunstancias normales, tal competencia podría ser positiva, pero el príncipe heredero saudí puede mostrarse caprichoso y alimentará agravios contra su vecino más pequeño. En 1992, fuerzas saudíes y cataríes se enfrentaron en el paso fronterizo catarí de al Jofús, con un saldo de tres muertos. Catar se retiró para rebajar la tensión, pero Arabia Saudí volvió a atacar.

Las escaramuzas se reavivaron en 1994. Solo con la mediación egipcia ambos países acordaron su frontera y, finalmente, restablecieron relaciones en 2001. La volatilidad de bin Salmán es tal que, si siente que Tamim le está robando el protagonismo, Arabia Saudí precipitará otra crisis.

En las monarquías absolutas, la personalidad es la política. El ego importa. Ciertamente, la ideología desempeña un papel en la actual disputa saudí-emiratí, pero no es el factor principal. El problema es el ego y la inmadurez de Mohamed bin Salmán. Puede que Catar y los Emiratos Árabes Unidos nunca coincidan ideológicamente, pero es solo cuestión de tiempo que descubran que una personalidad inestable en Riad supone una amenaza común para ambos.

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