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¿Es Mohammad-Bagher Ghalibaf la nueva Delcy Rodríguez de Irán?

Superviviente nato, Ghalibaf ha establecido contacto con la inteligencia estadounidense y ha convencido a Trump de que él puede garantizar la seguridad.

Michael Rubin está especializado en Irán, Turquía y el Cuerno de África. Su trayectoria incluye una etapa como funcionario del Pentágono, con experiencia sobre el terreno en Irán, Yemen e Irak, así como contactos con los talibanes antes del 11-S. Rubin también ha contribuido a la formación militar, impartiendo clases a unidades de la Marina y del Cuerpo de Marines de Estados Unidos sobre conflictos regionales y terrorismo. Su obra académica incluye varias publicaciones destacadas, como “Dancing with the Devil” y “Eternal Iran”. Rubin obtuvo su doctorado y su máster en Historia, así como una licenciatura en Biología, por la Universidad de Yale.

Mohammad-Bagher Ghalibaf in a 2021 file photo.
Mohammad-Bagher Ghalibaf en una fotografía de archivo de 2021. · Duma.gov.ru, CC BY 4.0, via Wikimedia Commons

La captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por el presidente Donald Trump, el 3 de enero de 2026, fue una operación de alto riesgo, pero fijó un nuevo estándar para el cambio de régimen. Aunque sus críticos dicen que Trump dispara sin apuntar y actúa sobre la marcha, no fue el caso en su operación en Venezuela. La inteligencia estadounidense no solo mantuvo bajo estrecha vigilancia a Maduro durante meses, sino que intermediarios de confianza de Trump negociaron, a través de Qatar, con Jorge Rodríguez, hermano de la vicepresidenta Delcy Rodríguez y presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela. Cuando Trump se llevó a Maduro, Delcy Rodríguez estaba preparada y lista para asumir el mando y evitar que se produjera un vacío. Aunque la familia Rodríguez ha sido durante décadas la realeza de la izquierda venezolana y lleva años envuelta en turbiedades, Trump apostó —hasta ahora con acierto— a que Jorge y Delcy cambiarían principios por poder.

El presidente George W. Bush fundió el cambio de régimen con la construcción nacional, multiplicando exponencialmente tanto la sangre como el dinero que pagaron los estadounidenses. El presidente Barack Obama abrazó el extremo opuesto: bombardear, pero adoptar una actitud de laissez-faire respecto de lo que viniera después. Libia es aquí el ejemplo paradigmático. Para Trump, la estrategia venezolana enhebró la aguja: no instauró la democracia, pero sí evitó la desintegración a bajo coste.

En esas circunstancias, es natural que Trump intente replicar en Irán su éxito venezolano.

Ahora parece que ha encontrado a su Delcy Rodríguez en la figura del exgeneral del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica Mohammad Bagher Ghalibaf, actual presidente del Parlamento y un halcón sin remordimientos. Ghalibaf, como el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Ali Larijani, tiene un Curriculum Vitae que abarca tanto lo militar como lo político. Ghalibaf, de 65 años, es veterano de guerra, exalcalde de Teherán y cuatro veces candidato presidencial. En sus distintas responsabilidades, ha sido una pieza central de la estrategia del régimen contra las protestas desde que los universitarios salieron a la calle en 1999 para protestar por la censura y el cierre de periódicos. Muchos iraníes desprecian a Ghalibaf; los diplomáticos lo ven como un pragmático.

Esos diplomáticos confunden pragmatismo con oportunismo. Ghalibaf es un superviviente. Ve en Trump a alguien que puede ayudarle a conseguir lo que el difunto líder supremo Ali Khamenei le negó: la presidencia o algún papel equivalente de liderazgo interino.

Dos líneas de indicios apuntan a esta conclusión: primera, pese a numerosas oleadas de bombardeos contra altos cargos y miembros de la Guardia Revolucionaria, Ghalibaf parece no haber sido objetivo, una omisión curiosa tratándose de un hombre con mucha sangre en las manos. Segunda, su ausencia como objetivo del programa Rewards for Justice (Recompensas por la Justicia) del Departamento de Estado.

El 13 de marzo de 2026, el programa ofreció 10 millones de dólares por información sobre el paradero de líderes terroristas iraníes.

Entre quienes ahora tienen precio por su cabeza figuran: Mojtaba Khamenei (que puede estar ya muerto); Yahya Rahim-Safavi, antiguo jefe de la Guardia Revolucionaria convertido en asesor de Khamenei (a cuya hija, nada arrepentida, el primer ministro australiano de izquierdas Anthony Albanese concedió de forma estrafalaria la residencia permanente); y Larijani, a cuya hija el gobierno de Biden otorgó la tarjeta de residencia. Falta, sin embargo, Ghalibaf.

La pregunta ahora es: ¿por qué? Incluso dentro de una burocracia de seguridad nacional muy menguada, decenas de personas darían el visto bueno tanto a las listas de objetivos como a las recompensas de Rewards for Justice. Ghalibaf se ha blindado, probablemente porque ha establecido contacto con la inteligencia estadounidense y porque Trump cree sus promesas de que puede garantizar la seguridad. En la práctica, Ghalibaf está ahora haciendo una audición para convertirse en el nuevo dictador militar de Irán.

Lo que sigue siendo incierto, no obstante, es si tiene alguna intención de abandonar sus principios como hizo Delcy, o si cree que puede jugar a dos bandas con la Casa Blanca hasta que Trump se marche y después retomar el componente ideológico de la República Islámica. Alternativamente, aunque puede que Ghalibaf no merezca ahora una recompensa en Washington, pronto podría tener un precio muy alto sobre su cabeza por parte de Larijani, Safavi y los demás guardianes del régimen actual, a quienes, según sugieren cada vez más los indicios, Ghalibaf pretende traicionar.

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