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Observer

Turquía no debe entrar en Irán

Ankara lleva años fomentando el separatismo étnico en Irán y podría intentar crear una «zona de seguridad» en territorio iraní que acabe convertida en una anexión de hecho.

Michael Rubin está especializado en Irán, Turquía y el Cuerno de África. Su trayectoria incluye una etapa como funcionario del Pentágono, con experiencia sobre el terreno en Irán, Yemen e Irak, así como contactos con los talibanes antes del 11-S. Rubin también ha contribuido a la formación militar, impartiendo clases a unidades de la Marina y del Cuerpo de Marines de Estados Unidos sobre conflictos regionales y terrorismo. Su obra académica incluye varias publicaciones destacadas, como “Dancing with the Devil” y “Eternal Iran”. Rubin obtuvo su doctorado y su máster en Historia, así como una licenciatura en Biología, por la Universidad de Yale.

Turkish President Recep Tayyip Erdoğan in a 2023 photo.
El presidente turco Recep Tayyip Erdoğan, en una fotografía de 2023. · Shutterstock

Los iraníes bailan en las calles al confirmarse la muerte del líder supremo Ali Jamenei. En menos de dos meses, el presidente Donald Trump ha eliminado a dos de los peores dictadores del mundo. Tras una inversión mínima en Venezuela, parece tentado de repetir el modelo en Irán. Mientras la propia República Islámica ha creado un consejo interino de liderazgo, Estados Unidos e Israel han dejado, de forma llamativa, intactos a tres altos dirigentes iraníes. Aunque Estados Unidos o Israel mataron al expresidente Mahmud Ahmadineyad y a Mojtaba, hijo y hombre de confianza del líder supremo, los expresidentes Mohammad Jatamí y Hasán Rohaní, así como el jefe del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Ali Lariyaní, siguen vivos, quizá deliberadamente.

Si Trump pretende utilizar a uno de estos tres para encabezar una autoridad interina al estilo venezolano, Estados Unidos e Israel se llevarán una decepción. Jatamí es más popular fuera de Irán que dentro. Rohaní es un leal al régimen y, en buena medida, responsable del programa nuclear iraní que Trump quiere poner fin. Lariyaní fue asesor, si no mano derecha, de Jamenei. El pueblo iraní que inició esta revolución no se detendrá ni confiará en los dirigentes del antiguo régimen, y mucho menos se subordinará a ellos.

Tampoco está claro que Reza Pahlaví, el antiguo príncipe heredero, pueda consolidar el control, pese al aparente apoyo que recibe del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y quizá incluso del presidente Trump. El problema de Pahlaví no es el propio príncipe heredero, sino sus principales colaboradores, que lo aíslan de las críticas y las inquietudes, en vez de verlas como asuntos que debería sopesar y abordar. Si Pahlaví regresa a Irán, tendrá una diana en la espalda. Si se aísla del pueblo iraní, no tendrá éxito.

Con la incertidumbre, si no el caos, en el horizonte, el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan tratará de aprovechar su influencia sobre Trump y sobre el embajador estadounidense Tom Barrack, que tiende a asumir de principio a fin los argumentarios turcos.

Sería un error por varias razones. Cada vez que Barrack le vende a Trump una solución turca, acaba en un baño de sangre, si no en una guerra por delegación. A veces, una inversión privilegiada sencillamente no compensa. Derrotar al mayor patrocinador del terrorismo del mundo debería ser motivo de celebración, pero dos líderes mundiales guardaron luto oficial por la muerte de Jamenei: Erdoğan y el presidente ruso Vladímir Putin.

Turquía lleva mucho tiempo fomentando el separatismo étnico dentro de Irán, de forma similar a como lo hizo el difunto presidente iraquí Sadam Husein. Respaldar cualquier movimiento secesionista sería empujar a los iraníes a cerrar filas en torno a los nacionalistas más intransigentes, dispuestos a combatir esa intromisión. Esto derivaría enseguida en una disyuntiva: Washington apoya a Teherán o a Ankara, pero no puede aliarse con ambos. Evitar verse forzado a esa elección redundaría claramente en interés de Estados Unidos.

Turquía debate ahora, además, la creación de una zona tampón dentro de Irán. Trump también debería descartar esa opción. Las zonas tampón turcas se convierten rápidamente en apropiaciones de territorio. Turquía ya ocupa partes de Chipre, Siria e Irak; dada su naturaleza imperial y su negativa a retirarse jamás, cualquier zona tampón turca —sobre todo en áreas de población kurda— radicalizará a los kurdos, socavará la legitimidad de cualquier nuevo régimen en Irán y encaminará a los dos vecinos hacia una guerra, con el tiempo.

No hay fórmula mágica para el futuro de Irán. El país es complejo y tiene múltiples capas. Pero aunque Trump quiera subcontratar la seguridad a los Estados de la región, debería reconocer que los susurros melosos de Erdoğan o de Barrack pueden trastocar la seguridad regional, encaminar a la región hacia la guerra y contribuir más a dañar su legado que a afianzarlo.

Leer el original en inglés: Keep the Turks Out of Iran

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