Levantar las sanciones a Eritrea abocará a Estados Unidos a una derrota estratégica
Si Trump impulsa la propuesta de acercamiento de Boulos, además ofenderá a los estadounidenses de origen etíope y eritreo.
Michael Rubin está especializado en Irán, Turquía y el Cuerno de África. Su trayectoria incluye una etapa como funcionario del Pentágono, con experiencia sobre el terreno en Irán, Yemen e Irak, así como contactos con los talibanes antes del 11-S. Rubin también ha contribuido a la formación militar, impartiendo clases a unidades de la Marina y del Cuerpo de Marines de Estados Unidos sobre conflictos regionales y terrorismo. Su obra académica incluye varias publicaciones destacadas, como “Dancing with the Devil” y “Eternal Iran”. Rubin obtuvo su doctorado y su máster en Historia, así como una licenciatura en Biología, por la Universidad de Yale.

ADÍS ABEBA, ETIOPÍA—El 23 de abril de 2026, el Wall Street Journal reveló que el enviado estadounidense Massad Boulos busca levantar algunas sanciones a Eritrea y quizá incluso normalizar las relaciones con el país más aislado política y diplomáticamente de África. Según se ha informado, el presidente egipcio Abdel Fattah el-Sisi impulsó la iniciativa, que incluyó conversaciones secretas en Egipto entre el dictador eritreo Isaias Afwerki y Boulos.
Sobre el papel, la lógica estratégica es razonable: el mar Rojo es un corredor vital para el comercio. Eritrea tiene 840 millas de costa y reclama además varias islas frente a su litoral. Irán disputa cada vez más esa vía marítima, no solo por la presencia hutí en Yemen, sino también a través del general Abdel Fattah al-Burhan, comandante de las Fuerzas Armadas sudanesas, que controla la costa sudanesa del mar Rojo.
En la práctica, la idea es un desastre. Boulos es ingenuo. Sisi espera propiciar el acercamiento de Estados Unidos a Eritrea por una sola razón: cercar a Etiopía como parte de una guerra fría local entre las dos potencias del río Nilo. Aunque a Sisi le preocupa la libertad de navegación por el canal de Suez, si de verdad le importara la seguridad de Estados Unidos no respaldaría a Burhan, afín a los hutíes.
Intentar rehabilitar a Isaias equivale a elegir a un ciego amputado, enfermo de cáncer y con lepra, para un combate contra un campeón de boxeo de 25 años. Al fin y al cabo, Isaias tiene 80 años. Según se ha informado, ha sufrido derrames cerebrales u otras crisis de salud. Tampoco está clara la sucesión en el país más totalitario de África.
Incluso si Isaias aguantara, es notoriamente poco fiable. Se ha aliado, en distintos momentos, con Israel y luego con Irán, con los Emiratos Árabes Unidos y luego con Qatar, con Rusia y ahora quizá con Estados Unidos. Ha atacado a todos sus vecinos: Etiopía, Yibuti y Sudán. En 1998 ordenó a las fuerzas eritreas invadir Etiopía para apoderarse de la disputada localidad fronteriza de Badme, una guerra que pudo haber causado más de 100.000 muertos. Más recientemente, ofreció entrenamiento a las fuerzas armadas somalíes y después las obligó a combatir por él en Etiopía. Según cualquier criterio objetivo, Eritrea es además un Estado patrocinador del terrorismo. Hace cinco años, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos sancionó a Filipos Woldeyohannes, el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Eritrea, por sus actuaciones en Tigray.
Que el presidente Donald Trump siga adelante con la propuesta de acercamiento de Boulos también sería una ofensa para los estadounidenses de origen etíope y eritreo. La Eritrea de Isaias es, en la práctica, un Estado esclavista, con una población sometida a un servicio militar indefinido y no remunerado. Muchos etíopes tienen familiares asesinados o aterrorizados por las guerras que Isaias inició. Dentro de Estados Unidos, los diplomáticos eritreos y sus tapaderas espían a la diáspora eritrea y le extorsionan dinero.
Boulos acierta al señalar que Eritrea es un Estado estratégico, pero una vía mejor sería aplicar el modelo de Venezuela a Eritrea y llevar a Isaias ante la justicia; una larga lista de países querría juzgarlo. Los eritreos activos en la llamada Revolución Azul ya se preparan para el día después. No albergan ambiciones territoriales y son prooccidentales por naturaleza. Trump y Boulos deberían apostar por el largo plazo y no jugársela con un dictador que, una y otra vez, se ha mostrado hostil a Occidente, incapaz e insincero.