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Observer

Reconocer a Somalilandia sería la mejor respuesta de Trump a Ilhan Omar

Trump criticó la extendida trama de fraude somalí que afecta a los servicios sociales de Minnesota, pero la cultura somalí no es la de Somalilandia.

Michael Rubin está especializado en Irán, Turquía y el Cuerno de África. Su trayectoria incluye una etapa como funcionario del Pentágono, con experiencia sobre el terreno en Irán, Yemen e Irak, así como contactos con los talibanes antes del 11-S. Rubin también ha contribuido a la formación militar, impartiendo clases a unidades de la Marina y del Cuerpo de Marines de Estados Unidos sobre conflictos regionales y terrorismo. Su obra académica incluye varias publicaciones destacadas, como “Dancing with the Devil” y “Eternal Iran”. Rubin obtuvo su doctorado y su máster en Historia, así como una licenciatura en Biología, por la Universidad de Yale.

U.S. Rep. Ilhan Omar (D-Minn.) in a file photo on Capitol Hill.
La congresista estadounidense Ilhan Omar (demócrata por Minnesota), en una imagen de archivo en el Capitolio. · Shutterstock

El presidente Donald Trump se reunirá con el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu el 29 de diciembre de 2025, pero el mandatario estadounidense parece reticente a reconocer Somalilandia, como sí hizo Israel el 26 de diciembre.

Trump debería reconsiderarlo. Por razones de seguridad nacional de Estados Unidos, pero también mientras combate la corrupción somalí desbocada en Minnesota y los esfuerzos de la congresista Ilhan Omar por socavar sus propias políticas de ayuda e inmigración, no podría dar una respuesta mejor que reconocer la independencia de Somalilandia.

Estados Unidos reconoció brevemente la independencia de Somalilandia en 1960, antes de que el país se fusionara con la Somalia italiana para formar lo que acabaría siendo Somalia. Ese matrimonio se disolvió en 1991, aunque, como un excónyuge acosador, Mogadiscio se ha negado desde entonces a dejar marchar a Somalilandia. Aun así, hay abundantes precedentes de uniones y confederaciones que se disuelven. La Unión Soviética se disolvió. También lo hizo Yugoslavia. Eritrea se separó de Etiopía y Sudán del Sur se escindió de Sudán. Tampoco la disolución y la secesión hacen inevitable la violencia. Egipto y Siria formaron la República Árabe Unida entre 1958 y 1971, pero después volvieron a ser Estados distintos y soberanos. Lo mismo ocurrió con Senegal y Gambia, cuya Confederación de Senegambia, entre 1982 y 1989, nunca llegó a funcionar.

Por eso la oposición de la Unión Africana a la independencia de Somalilandia resulta tan hipócrita. Francamente, también lo es la de muchos Estados árabes. Qatar apoya a Somalia, en buena medida por su orientación islamista, pero el propio Qatar fue un Estado secesionista que se desgajó de Baréin hace más de un siglo.

Aunque Trump y sus partidarios critican la extendida campaña de fraude somalí que esquilmó la red de protección social de Minnesota, no debería confundir la cultura somalí con la de Somalilandia. Transparency International (Transparencia Internacional) sitúa sistemáticamente a Somalia entre los países más corruptos del mundo. Decenas de miles de millones de dólares de apoyo de Estados Unidos han empeorado la situación de Somalia al avivar una corrupción disfuncional y cultivar una cultura de subsidio. Somalilandia es lo contrario: aislada de la ayuda internacional, ha tenido que recaudar cada dólar internamente con los ingresos aduaneros y rendir cuentas de cada asignación, sencillamente porque sus recursos eran muy limitados. En lugar de recibir asistencia social, Somalilandia levantó una base económica y un clima empresarial próspero sobre las cenizas de la campaña genocida del líder somalí Mohamed Siad Barre contra el clan Isaaq. Todavía no es el Singapur de África, pero ha sentado las bases.

Trump alberga una inquina especial hacia la congresista Ilhan Omar (demócrata por Minnesota). «A ella le gustaría convertir el gobierno de nuestro país en algo igual al país del que vino: Somalia», declaró en 2020.

Hay algo de cierto en la crítica de Trump. El clan y la conveniencia modelan las orientaciones políticas de Somalia. Mientras la prensa estadounidense celebraba a Omar como una pionera, los somalíes también celebraban su ascenso. Aunque incluso los somalíes arquean las cejas ante su presunto matrimonio con su hermano, se sintieron decepcionados de que no utilizara su escaño en el subcomité para África del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes para dar mayor atención de Estados Unidos al Cuerno de África y al esfuerzo por enderezar Somalia. En cambio, Omar demostró ser provinciana e incapaz de desprenderse de su propia mentalidad de clan. Mientras vapuleaba a Estados Unidos, ensalzaba a Somalia. Dentro de la propia Somalia, se mostró como una feroz partidaria de su clan, buscando utilizar su cargo gubernamental para favorecer a Puntlandia en su agresión contra Somalilandia. En la práctica, cuando las fuerzas somalíes delegadas de China invadieron Somalilandia, ella se puso del lado de Pekín.

Si Trump realmente quiere plantar cara a Omar, debería dejar de asumir las políticas somalíes que ella defiende con tanto ardor. Más bien, al ver que Omar y sus compañeras del grupo progresista conocido como The Squad favorecen a Mogadiscio y, por extensión, a sus valedores islamistas y al Partido Comunista Chino, debería ponerse del lado de Somalilandia. No solo podría cerrar la puerta a la agenda y la cosmovisión clánicas de Omar, sino que además podría, de paso, volver a hacer grande a Estados Unidos.

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