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Middle East Quarterly

Cómo la taqiyya altera las reglas islámicas de la guerra

Claves para derrotar al terrorismo yihadista.

Raymond Ibrahim, especialista en historia y doctrina islámicas, es autor de Defenders of the West: The Christian Heroes Who Stood Against Islam (Defensores de Occidente: los héroes cristianos que se enfrentaron al islam, 2022); Sword and Scimitar: Fourteen Centuries of War between Islam and the West (Espada y cimitarra: catorce siglos de guerra entre el islam y Occidente, 2018); Crucified Again: Exposing Islam's New War on Christians (Crucificados de nuevo: al descubierto la nueva guerra del islam contra los cristianos, 2013); y The Al Qaeda Reader (Antología de Al Qaeda, 2007). Ha aparecido en C-SPAN, Al-Jazeera, CNN, NPR y PBS, y ha publicado en New York Times Syndicate, Los Angeles Times, Washington Post, Financial Times, Weekly Standard, Chronicle of Higher Education y Jane’s Islamic Affairs Analyst. Antiguo lingüista de árabe en la Biblioteca del Congreso, Ibrahim imparte conferencias como invitado en universidades, informa a organismos gubernamentales y comparece ante el Congreso. Ha sido investigador o académico visitante en diversos institutos, desde la Hoover Institution hasta la National Intelligence University, y es Distinguished Senior Shillman Fellow en el Gatestone Institute.

El islam debe de parecer una religión paradójica a quienes no son musulmanes. Por un lado, se lo presenta constantemente como la religión de la paz; por otro, sus fieles son responsables de la mayoría de los atentados terroristas en todo el mundo. Los apologistas del islam subrayan que es una fe cimentada en elevados principios éticos; otros insisten en que es una religión de la ley. La doble noción islámica de verdad y falsedad revela aún más su naturaleza paradójica: mientras que el Corán se opone a que los creyentes engañen a otros creyentes —pues «ciertamente Dios no guía al pródigo ni al mentiroso» [1]—, el engaño dirigido a quienes no son musulmanes, conocido en árabe generalmente como taqiyya, también cuenta con respaldo coránico y entra en la categoría jurídica de lo que es lícito para los musulmanes.

El engaño musulmán puede entenderse como un medio no precisamente noble al servicio del glorioso fin de la hegemonía islámica bajo la Shari'a, que se considera beneficiosa tanto para musulmanes como para no musulmanes. En este sentido, mentir en nombre del altruismo es lícito. En un ejemplo reciente, el clérigo musulmán Mahmud al Masri relató públicamente una historia en la que un musulmán mintió y engañó a un judío para que se convirtiera al islam, calificándola de «bella artimaña».

La taqiyya ofrece dos usos básicos. El más conocido gira en torno al disimulo de la propia identidad religiosa cuando se teme la persecución. Este ha sido el uso histórico de la taqiyya entre las comunidades chiíes siempre que y allí donde sus rivales suníes las superaban en número y, por tanto, las amenazaban. A la inversa, los musulmanes suníes, lejos de sufrir persecución, han librado la yihad contra el ámbito de la incredulidad siempre que su capacidad se lo ha permitido; y es aquí donde han desplegado la taqiyya, no como disimulo sino como engaño activo. De hecho, el engaño, que tiene fundamento doctrinal en el islam, se presenta a menudo como equivalente —a veces superior— a otras virtudes militares universales, como el valor, la entereza o el sacrificio. Pero si se exhorta a los musulmanes a ser veraces, ¿cómo puede el engaño no solo estar extendido, sino contar con sanción divina? ¿Qué es exactamente la taqiyya? ¿Cómo la justifican los ulemas y quienes la emplean? ¿Cómo encaja en una concepción más amplia del código ético del islam, especialmente en relación con el no musulmán? Y, sobre todo, ¿qué ramificaciones tiene la doctrina de la taqiyya para toda interacción entre musulmanes y no musulmanes?

La doctrina de la taqiyya

Según la Shari'a —el corpus de dictámenes jurídicos que define cómo debe comportarse un musulmán en toda circunstancia—, el engaño no solo está permitido en ciertas situaciones, sino que puede considerarse obligatorio en otras. A diferencia de la tradición cristiana primitiva, por ejemplo, a los musulmanes obligados a elegir entre abjurar del islam o sufrir persecución se les permitía mentir y fingir la apostasía. Otros juristas han decretado que los musulmanes están obligados a mentir para preservarse [2], sobre la base de versículos coránicos que prohíben a los musulmanes ser instrumento de su propia muerte. [3]

Esta es la definición clásica de la doctrina de la taqiyya. Basada en una palabra árabe que denota miedo, la taqiyya se ha entendido durante mucho tiempo, especialmente por los académicos occidentales, como un recurso al que acudir en tiempos de persecución religiosa y, en su mayor parte, empleado en este sentido por grupos chiíes minoritarios que vivían entre mayorías suníes hostiles. [4] La taqiyya permitía a los chiíes disimular de forma habitual su filiación religiosa ante los suníes, no solo manteniendo en secreto sus propias creencias, sino rezando y comportándose activamente como si fueran suníes.

Sin embargo, uno de los pocos libros dedicados al tema, At-Taqiyya fi'l-Islam (El disimulo en el islam), deja claro que la taqiyya no se limita a los chiíes que disimulan por temor a la persecución. Escrito por Sami Mukaram, antiguo profesor de estudios islámicos en la Universidad Americana de Beirut y autor de unos veinticinco libros sobre el islam, la obra demuestra con claridad la ubicuidad y la amplia aplicabilidad de la taqiyya:

«La taqiyya es de importancia fundamental en el islam. Prácticamente todas las sectas islámicas la aceptan y la practican... Podemos llegar a decir que la práctica de la taqiyya es corriente mayoritaria en el islam, y que las pocas sectas que no la practican divergen de esa corriente... La taqiyya está muy extendida en la política islámica, especialmente en la era moderna. [5]»

La articulación de la taqiyya

El versículo coránico 3:28 suele considerarse el principal que sanciona el engaño hacia quienes no son musulmanes: «Que los creyentes [musulmanes] no tomen a los infieles [no musulmanes] por amigos y aliados en lugar de a los creyentes. Quien haga esto no tendrá ya relación alguna con Dios, a menos que os guardéis de ellos, tomando precauciones». [7]

Muhammad ibn Yarir al Tabari (m. 923), autor de un comentario coránico canónico y de referencia, explica así el versículo 3:28:

«Si estáis [los musulmanes] bajo su autoridad [la de los no musulmanes], temiendo por vosotros mismos, comportaos lealmente con ellos con la lengua mientras albergáis animosidad interior hacia ellos... [sabed que] Dios ha prohibido a los creyentes ser amistosos o tener trato íntimo con los infieles en lugar de con otros creyentes, salvo cuando los infieles estén por encima de ellos [en autoridad]. Si tal es el caso, que se comporten amistosamente con ellos mientras preservan su religión. [8]»

Otros destacados ulemas, como Abu Abdalá al Qurtubí (1214-73) y Muhyi al Din ibn al Arabi (1165-1240), han extendido la taqiyya para abarcar los actos. Dicho de otro modo, los musulmanes pueden comportarse como infieles y peor —por ejemplo, postrándose y adorando ídolos y cruces, prestando falso testimonio e incluso revelando las debilidades de sus correligionarios musulmanes al enemigo infiel—, todo menos matar realmente a un musulmán: «La taqiyya, aun cometida sin coacción, no conduce a un estado de infidelidad, aunque conduzca a un pecado merecedor del fuego del infierno». [10]

El engaño en las empresas militares de Mahoma

Mahoma —cuyo ejemplo como «el ser humano más perfecto» debe seguirse en cada detalle— tenía una visión pragmática de la mentira. Es bien sabido, por ejemplo, que permitió mentir en tres situaciones: para reconciliar a dos o más partes enfrentadas, para apaciguar a la propia esposa y en la guerra. [11] Según un manual jurídico árabe dedicado a la yihad tal como la definen las cuatro escuelas de derecho, «los ulemas coinciden en que el engaño durante la guerra es legítimo... el engaño es una forma de arte en la guerra». [12] Además, según Mukaram, este engaño se clasifica como taqiyya: «La taqiyya para embaucar al enemigo es lícita». [13]

Varios ulemas consideran que el engaño es parte integrante de la conducción de la guerra: Ibn al Arabi declara que «en el hadiz [dichos y hechos de Mahoma], la práctica del engaño en la guerra está bien demostrada. De hecho, su necesidad se subraya más que la necesidad de valor». Ibn al Munir (m. 1333) escribe: «La guerra es engaño, es decir, la guerra más completa y perfecta librada por un guerrero santo es una guerra de engaño, no de confrontación, debido al peligro inherente a esta última y al hecho de que uno puede alcanzar la victoria mediante la traición sin sufrir daño [alguno]». E Ibn Hayar (m. 1448) aconseja a los musulmanes «tomar grandes precauciones en la guerra, mientras [públicamente] se lamentan y se afligen para embaucar a los infieles». [14]

Esta noción musulmana de que la guerra es engaño se remonta a la Batalla de la Trinchera (627), que enfrentó a Mahoma y sus seguidores con varias tribus no musulmanas conocidas como Al Ahzab. Uno de los Ahzab, Naim ibn Masud, acudió al campamento musulmán y se convirtió al islam. Cuando Mahoma descubrió que los Ahzab ignoraban la conversión de su congénere tribal, aconsejó a Masud que regresara y tratara de lograr que las fuerzas paganas abandonaran el asedio. Fue entonces cuando Mahoma declaró memorablemente: «Pues la guerra es engaño». Masud regresó junto a los Ahzab sin que estos supieran que había cambiado de bando y comenzó a dar intencionadamente malos consejos a sus antiguos parientes y aliados. También se esforzó al máximo por instigar disputas entre las distintas tribus hasta que, desconfiando completamente unas de otras, se dispersaron, levantaron el asedio a los musulmanes y salvaron al islam de la destrucción en un periodo embrionario. [15] Más recientemente, cómplices del 11-S, como Jalid Sheij Mohamed, racionalizaron su papel conspirativo en su respuesta como acusados evocando la afirmación de su profeta de que «la guerra es engaño».

Una expresión más elocuente de la legitimidad de engañar a los infieles es la siguiente anécdota. Un poeta, Kaab ibn Ashraf, ofendió a Mahoma, lo que llevó a este a exclamar: «¿Quién matará a este hombre que ha herido a Dios y a su profeta?». Un joven musulmán llamado Muhammad ibn Maslama se ofreció voluntario con la condición de que, para acercarse lo suficiente a Kaab como para asesinarlo, se le permitiera mentir al poeta. Mahoma accedió. Ibn Maslama viajó hasta Kaab y empezó a denigrar el islam y a Mahoma. Siguió así hasta que su desafección resultó tan convincente que Kaab le dio su confianza. Poco después, Ibn Maslama se presentó con otro musulmán y, bajada la guardia de Kaab, lo mató. [16]

Mahoma dijo otras cosas que presentan el engaño bajo una luz positiva, como «Dios me ha ordenado ser equívoco con la gente igual que me ha ordenado establecer las obligaciones [religiosas]»; y «He sido enviado con la ofuscación»; y «quien vive su vida en el disimulo muere mártir». [17]

En suma, los registros históricos más tempranos del islam atestiguan claramente la prevalencia de la taqiyya como forma de guerra islámica. Además, a los primeros musulmanes se los suele describir mintiendo para salir de apuros —generalmente negando o insultando al islam o a Mahoma—, a menudo con la aprobación de este último, cuyo único criterio era que sus intenciones (niya) fueran puras. [18] Durante las guerras con los cristianos, siempre que estos ostentaban la autoridad, la práctica de la taqiyya se volvió aún más esencial. Mukaram afirma: «La taqiyya se empleó como medio de conjurar el peligro para los musulmanes, especialmente en momentos críticos y cuando sus fronteras estaban expuestas a guerras con los bizantinos y, después, a las incursiones [cruzadas] de los francos y otros». [19]

La taqiyya en la revelación coránica

El propio Corán es un testimonio más de la taqiyya. Puesto que se cree que Dios es el revelador de estos versículos, se lo ve por defecto como el perpetrador último del engaño, lo que no sorprende, ya que en el Corán se lo describe como el mejor makar, es decir, el mejor embaucador o maquinador (por ejemplo, 3:54, 8:30, 10:21).

Mientras que otras escrituras contienen contradicciones, el Corán es el único libro sagrado cuyos comentaristas han desarrollado una doctrina para dar cuenta de los cambios muy visibles que se producen de un mandato a otro. Ningún lector atento dejará de advertir los numerosos versículos contradictorios del Corán, en particular el modo en que versículos pacíficos y tolerantes aparecen casi uno al lado del otro con versículos violentos e intolerantes. Los ulemas se vieron inicialmente desconcertados sobre qué versículos codificar en la cosmovisión de la Shari'a: el que afirma que no hay coacción en religión (2:256), o los que ordenan a los creyentes combatir a todos los no musulmanes hasta que se conviertan o al menos se sometan al islam (8:39, 9:5, 9:29). Para salir de este aprieto, los comentaristas desarrollaron la doctrina de la abrogación, que sostiene en esencia que los versículos revelados más tarde en la carrera de Mahoma tienen precedencia sobre los anteriores siempre que hay discrepancia. Con el fin de documentar qué versículos abrogaban a cuáles, se desarrolló una ciencia religiosa dedicada a la cronología de los versículos del Corán (conocida como an-Nasij wa'l Mansuj, el abrogante y el abrogado).

Pero ¿por qué la contradicción, en primer lugar? La opinión habitual es que, en los primeros años del islam, dado que Mahoma y su comunidad eran muy inferiores en número a sus competidores infieles mientras vivían junto a ellos en La Meca, lo procedente era un mensaje de paz y convivencia. Sin embargo, tras la emigración de los musulmanes a Medina en 622 y el aumento de su fuerza militar, fueron «revelándose» lentamente —en principio, enviados desde Dios— versículos que los incitaban a pasar a la ofensiva, siempre en proporción a las crecientes capacidades del islam. En los textos jurídicos, estos se clasifican por etapas: pasividad frente a la agresión; permiso para contraatacar a los agresores; órdenes de combatir a los agresores; órdenes de combatir a todos los no musulmanes, inicien o no estos las agresiones. [20] El creciente poder musulmán es la única variable que explica este cambio progresivo de política.

Otros estudiosos matizan esto argumentando que, a lo largo de un periodo de veintidós años, el Corán se reveló por partes, desde versículos pasivos y espirituales hasta prescripciones legales y mandatos de propagar la fe mediante la yihad y la conquista, simplemente para aclimatar a los primeros conversos musulmanes a los deberes del islam, no fuera que se desanimaran de entrada ante las drásticas obligaciones que aparecerían en versículos posteriores. [21] Versículos revelados hacia el final de la carrera de Mahoma —como «Se os ha prescrito combatir, aunque os sea odioso» [22]— habrían estado fuera de lugar cuando la guerra estaba de hecho descartada.

Sea cual sea la interpretación, la visión estándar sobre la abrogación coránica relativa a los versículos de guerra y de paz es que, cuando los musulmanes son débiles y están en posición minoritaria, deben predicar y comportarse conforme al espíritu de los versículos mecanos (paz y tolerancia); cuando son fuertes, en cambio, deben pasar a la ofensiva sobre la base de lo que se ordena en los versículos medineses (guerra y conquista). Las vicisitudes de la historia islámica dan testimonio de esta dicotomía, resumida de forma inmejorable en la noción musulmana popular, basada en un hadiz, de que, si es posible, la yihad debe realizarse con la mano (la fuerza); si no, con la lengua (mediante la predicación); y, si eso no es posible, entonces con el corazón o las propias intenciones. [23]

La guerra es eterna

Que el islam legitime el engaño durante la guerra no es, por supuesto, tan sorprendente; al fin y al cabo, como dijo el escritor isabelino John Lyly, «en el amor y en la guerra todo vale». [24] Otros filósofos y estrategas no musulmanes —como Sun Tzu, Maquiavelo y Thomas Hobbes— justificaron el engaño en la guerra. Engañar al enemigo durante la guerra es simple sentido común. La diferencia crucial en el islam, sin embargo, es que la guerra contra el infiel es un asunto perpetuo, hasta que, en palabras del Corán, «cese todo el caos y toda la religión pertenezca a Dios». [25] En su entrada sobre la yihad en la Encyclopaedia of Islam, Emile Tyan afirma: «El deber de la yihad existe mientras no se haya alcanzado la dominación universal del islam. La paz con naciones no musulmanas es, por tanto, un estado de cosas meramente provisional; solo el azar de las circunstancias puede justificarla temporalmente». [26]

Además, volviendo a la doctrina de la abrogación, estudiosos musulmanes como Ibn Salama (m. 1020) coinciden en que el Corán 9:5, conocido como ayat as-sayf o el versículo de la espada, ha abrogado unos 124 de los versículos mecanos más pacíficos, incluido «cualquier otro versículo del Corán que ordene o implique algo menos que una ofensiva total contra los no creyentes». [27] De hecho, las cuatro escuelas de jurisprudencia suní coinciden en que «la yihad es cuando los musulmanes hacen la guerra a los infieles, después de haberlos llamado a abrazar el islam o al menos a pagar tributo [jizya] y vivir en sumisión, y los infieles se niegan». [28]

La yihad obligatoria se expresa mejor a través de la cosmovisión dicotómica del islam, que enfrenta el ámbito del islam con el ámbito de la guerra. El primero, dar al-Islam, es el «ámbito de la sumisión», el mundo donde rige la Shari’a; el segundo, dar al-Harb (el ámbito de la guerra), es el mundo no islámico. La lucha continúa hasta que el ámbito del islam subsuma el mundo no islámico: un asunto perpetuo que llega hasta el día de hoy. El renombrado historiador y filósofo musulmán Ibn Jaldún (m. 1406) articula claramente esta división:

En la comunidad musulmana, la yihad es un deber religioso a causa del universalismo de la misión musulmana y de la obligación de convertir a todo el mundo al islam, ya sea por persuasión o por la fuerza. Los demás grupos religiosos no tenían una misión universal, y la yihad no era para ellos un deber religioso, salvo con fines de defensa. Pero el islam está obligado a obtener poder sobre las demás naciones. [29]

Esta visión tiene un linaje antiguo: poco después de la muerte de Mahoma (634), cuando los combatientes de la yihad irrumpieron fuera de la península arábiga, un comandante persa a punto de ser conquistado preguntó a los musulmanes invasores qué querían. Ellos respondieron memorablemente lo siguiente:

Dios nos ha enviado y nos ha traído hasta aquí para que liberemos a quienes lo deseen de la servidumbre a los gobernantes terrenales y los hagamos siervos de Dios, para que transformemos su pobreza en riqueza y los liberemos de la tiranía y el caos de las religiones [falsas] y los llevemos a la justicia del islam. Nos ha enviado para llevar su religión a todas sus criaturas y llamarlas al islam. Quien lo acepte de nosotros estará a salvo, y lo dejaremos en paz; pero quien se niegue, combatiremos hasta cumplir la promesa de Dios. [30]

Como miembro de la religión verdadera, tengo mayor derecho a invadir [a otros] para imponer cierto modo de vida [según la Shari’a], que la historia ha demostrado ser el mejor y más justo de todas las civilizaciones. Este es el verdadero significado de la yihad ofensiva. Cuando libramos la yihad, no es para convertir a la gente al islam, sino para liberarla de la oscura esclavitud en la que vive. [31]

Tratados y treguas

El carácter perpetuo de la yihad queda de manifiesto en el hecho de que, a partir del tratado de Hudaybiya (628), de diez años de duración, ratificado entre Mahoma y sus adversarios qurayshíes en La Meca, la mayoría de los juristas coincide en que diez años es el tiempo máximo que los musulmanes pueden estar en paz con los infieles; una vez expirado el tratado, la situación debe reevaluarse. Según el ejemplo de Mahoma, que rompió el tratado al cabo de dos años (alegando una infracción de los Quraysh), la única función de la tregua es dar tiempo a los musulmanes debilitados para reagruparse antes de reanudar la ofensiva: [33] «Por su propia naturaleza, los tratados han de ser de duración temporal, pues en la teoría jurídica musulmana las relaciones normales entre territorios musulmanes y no musulmanes no son pacíficas, sino bélicas». [34] De ahí que «los fuqaha [juristas] coincidan en que las treguas indefinidas son ilegítimas si los musulmanes tienen la fuerza para reanudar la guerra contra ellos [los no musulmanes]». [35]

Aunque la Shari’a obliga a los musulmanes a respetar los tratados, tienen una salida, susceptible de abuso: si los musulmanes creen —incluso sin pruebas sólidas— que sus adversarios están a punto de romper el tratado, pueden anticiparse rompiéndolo ellos primero. Además, algunas escuelas jurídicas islámicas, como la hanafí, sostienen que los líderes musulmanes pueden derogar los tratados simplemente si parece ventajoso para el islam. [36] Esto recuerda el siguiente hadiz canónico: «Si alguna vez juras hacer algo y después descubres que otra cosa es mejor, entonces debes expiar tu juramento y hacer lo que es mejor». [37] ¿Y qué es mejor, qué es más altruista, que hacer suprema la palabra de Dios lanzando de nuevo la yihad siempre que sea posible? Tradicionalmente, los gobernantes musulmanes se atenían al compromiso de lanzar una yihad al menos una vez al año. Este ritual es especialmente notorio entre los sultanes otomanos, que pasaron la mitad de su vida en campaña. [38] Tan importante era el deber de la yihad que a los sultanes no se les permitía realizar la peregrinación a La Meca, un deber individual de cada musulmán. Su liderazgo de la yihad permitía que ese deber comunitario continuara; sin ellos, habría caído en desuso. [39]

En resumen, el requisito previo para la paz o la reconciliación es la ventaja musulmana. Así lo deja claro un texto jurídico suní autorizado, Umdat as-Salik, escrito por un erudito egipcio del siglo XIV, Ahmad Ibn Naqib al-Misri: «Debe haber algún beneficio [maslaha] en concertar una tregua más allá del statu quo: “No flaqueéis, pues, ni llaméis a la paz cuando sois vosotros los superiores” [Corán 47:35]». [40]

Más recientemente, y con gran trascendencia para los líderes occidentales que abogan por la cooperación con los islamistas, Yasir Arafat, poco después de negociar un tratado de paz criticado por conceder demasiado a Israel, se dirigió a una asamblea de musulmanes en una mezquita de Johannesburgo donde justificó sus actos: «Considero que este acuerdo no es más que el acuerdo firmado entre nuestro Profeta Mahoma y los Quraysh en La Meca». [41] En otras palabras, como Mahoma, Arafat dio su palabra solo para anularla en cuanto surgiera «algo mejor», es decir, en cuanto los palestinos fueran lo bastante fuertes para reanudar la ofensiva y continuar el camino hacia Jerusalén. En otros lugares, Hudaybiya ha aparecido como palabra clave para los islamistas radicales. El Frente Moro de Liberación Islámica tenía tres campos de entrenamiento dentro del complejo de Campo Abu Bakar, en Filipinas, uno de los cuales se llamaba Campo Hudaybiya. [42]

Hostilidad disfrazada de agravio

En sus declaraciones dirigidas a públicos europeos o estadounidenses, los islamistas sostienen que el terrorismo que dirigen contra Occidente no es más que un trato recíproco por décadas de opresión occidental e israelí. Sin embargo, en los escritos dirigidos a sus correligionarios musulmanes, esa animosidad se presenta no como una reacción ante una provocación militar o política, sino como producto de una obligación religiosa.

Por ejemplo, al dirigirse a públicos occidentales, Osama bin Laden enumera toda clase de agravios como motivación de su guerra contra Occidente —desde la opresión de los palestinos hasta la explotación occidental de las mujeres, e incluso la negativa de Estados Unidos a firmar el protocolo medioambiental de Kioto—, todo ello inteligible desde una perspectiva occidental. Sin embargo, ni una sola vez justifica los ataques de Al Qaeda contra objetivos occidentales por el simple hecho de que los países no musulmanes sean entidades infieles que deben ser sometidas. De hecho, a menudo inicia sus mensajes a Occidente diciendo: «El trato recíproco es parte de la justicia» o «Paz a quien siga la guía» [43], aunque quiere decir algo totalmente distinto de lo que sus oyentes occidentales entienden por palabras como «paz», «justicia» o «guía».

Es cuando bin Laden habla a sus correligionarios musulmanes cuando sale a la luz la verdad. Cuando un grupo de musulmanes prominentes escribió una carta abierta al pueblo estadounidense poco después de los atentados del 11 de septiembre, afirmando que el islam busca coexistir pacíficamente, [44] bin Laden escribió para censurarlos:

En cuanto a la relación entre musulmanes e infieles, queda resumida en la Palabra del Altísimo: «Nosotros [los musulmanes] renegamos de vosotros [los no musulmanes]. La enemistad y el odio reinarán entre nosotros para siempre, hasta que creáis solo en Dios» [Corán 60:4]. Hay, pues, una enemistad, evidenciada por una feroz hostilidad del corazón. Y esta feroz hostilidad —es decir, la batalla— cesa únicamente si el infiel se somete a la autoridad del islam, o si se prohíbe derramar su sangre [es decir, un dhimmi, o minoría protegida], o si los musulmanes son en ese momento débiles e incapaces. Pero si el odio se extingue en algún momento del corazón, ¡eso es gran apostasía! ... Tal es, pues, la base y el fundamento de la relación entre el infiel y el musulmán. La batalla, la animosidad y el odio —dirigidos del musulmán al infiel— son el fundamento de nuestra religión. Y lo consideramos una justicia y una bondad hacia ellos. [45]

Implicaciones

La taqiyya plantea toda una serie de dilemas éticos. Quien realmente crea que Dios justifica y, a través del ejemplo de su profeta, incluso fomenta el engaño no experimentará escrúpulo ético alguno al mentir. Considérese el caso de Alí Mohamed, el primer «instructor» de bin Laden y operativo de Al Qaeda durante largo tiempo. Egipcio, fue inicialmente miembro de la Yihad Islámica y había servido en la unidad de inteligencia militar del ejército egipcio. A partir de 1984 trabajó durante un tiempo con la CIA en Alemania. Aunque se le consideraba poco fiable, logró llegar a California, donde se alistó en el ejército estadounidense. Parece probable que siguiera trabajando de algún modo para la CIA. Más tarde entrenó a yihadistas en Estados Unidos y Afganistán y estuvo detrás de varios atentados terroristas en África. Quienes lo conocieron lo miraban con «temor y asombro por su increíble seguridad en sí mismo, su incapacidad para dejarse intimidar, su determinación absolutamente despiadada de destruir a los enemigos del islam y su fervorosa creencia en los principios del fundamentalismo islámico militante». [46] En efecto, esta frase lo resume todo: una creencia fervorosa en los principios del islam, que legitiman el engaño para hacer suprema la palabra de Dios, ciertamente contribuirá mucho a generar una «increíble seguridad en sí mismo» a la hora de mentir. [47]

Y, sin embargo, la mayoría de los occidentales sigue pensando que las costumbres, las leyes y las restricciones éticas musulmanas son casi idénticas a las de la tradición judeocristiana. Ingenua o arrogantemente, los líderes multiculturalistas de hoy proyectan su propia visión del mundo sobre los islamistas, convencidos de que un apretón de manos y unas sonrisas ante una taza de café, junto con numerosas concesiones, bastan para desmontar el poder de la palabra de Dios y siglos de tradición inmutable. El hecho persiste: el bien y el mal en el islam poco tienen que ver con patrones universales, sino solo con lo que el propio islam enseña, mucho de lo cual es antitético a las normas occidentales.

Debe aceptarse, por tanto, que, en contra de supuestos académicos largamente sostenidos, la doctrina de la taqiyya va mucho más allá de que los musulmanes recurran a la disimulación religiosa en aras de la autoconservación y abarca el engaño del enemigo infiel en general. Este fenómeno debería ofrecer un contexto para el celo del Irán chií —siendo la taqiyya especialmente connatural al chiismo— por adquirir capacidad nuclear mientras insiste en que sus motivos son enteramente pacíficos.

Tampoco se limita la taqiyya a los asuntos exteriores. Walid Phares, de la Universidad de Defensa Nacional (National Defense University), ha lamentado que los islamistas autóctonos operen sin trabas en suelo estadounidense gracias a su uso de la taqiyya: «¿Sabe nuestro gobierno en qué consiste esta doctrina y, más importante aún, están las autoridades formando al conjunto de nuestro aparato de defensa acerca de esta amenaza sigilosa que duerme entre nosotros?». [48] Tras la masacre de Fort Hood, cuando Nidal Malik Hasan, un musulmán estadounidense que exhibió numerosas señales islamistas que fueron ignoradas, mató a trece compañeros y compañeras de armas, uno se ve obligado a responder que no.

Este es, pues, el dilema: la ley islámica divide inequívocamente el mundo en dos mitades en guerra perpetua —el mundo islámico frente al no islámico— y sostiene que es voluntad de Dios que la primera absorba a la segunda. Ahora bien, si la guerra con el infiel es un asunto perpetuo, si la guerra es engaño y si los actos se justifican por las intenciones, no pocos musulmanes concluirán naturalmente que tienen un derecho divinamente sancionado a engañar, siempre que crean que su engaño sirve para ayudar al islam «hasta que cese todo caos y toda religión pertenezca a Dios». [49] Tal engaño se verá además como un medio para un fin altruista. Las propuestas musulmanas de paz, diálogo o incluso treguas temporales deben contemplarse bajo esta luz, lo que evoca las observaciones prácticas del filósofo James Lorimer, formuladas hace más de un siglo: «Mientras el islam perdure, la reconciliación de sus adeptos, incluso con judíos y cristianos, y mucho más con el resto de la humanidad, seguirá siendo un problema insoluble». [50]

Para concluir, mientras que en un contexto occidental puede ser más apropiado hablar de «guerra y paz» como corolarios naturales, al tratar del islam es más exacto hablar de «guerra y engaño». Pues, desde un punto de vista islámico, los tiempos de paz —es decir, siempre que el islam es significativamente más débil que sus rivales infieles— son tiempos de paz fingida y de simulación, en una palabra, de taqiyya.

Raymond Ibrahim es director asociado del Foro de Oriente Medio.

Leer el original en inglés: How Taqiyya Alters Islam’s Rules of War

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