Los kurdos de Siria aprenden lo que significa la traición estadounidense
Sin un reconocimiento político de los derechos kurdos y de los derechos de drusos, alauíes y otras minorías, Siria no se estabilizará.
Kamal Chomani es doctorando en la Universidad de Leipzig, Alemania, y editor jefe de The Amargi.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, declaró el 8 de enero de 2026 que Israel aspira a prescindir de la ayuda militar estadounidense en el plazo de una década. Fue una admisión llamativa, no por nueva, sino porque reflejaba una realidad más amplia: Estados Unidos ya no es el garante de seguridad fiable que decía ser. La América en la que muchos en Oriente Medio confiaban se ha comportado de manera cada vez menos estadounidense: transaccional, errática, indiferente a la suerte de sus socios. Pocos han aprendido esa lección tanto como los kurdos de Siria.
Basta con repasar el historial. Estados Unidos intervino en Afganistán y fracasó. En Irak, volvió a fracasar. En Libia, aquello derivó en un desastre. Luego llegó Siria. Washington gastó casi 500 millones de dólares en un programa de entrenamiento y equipamiento que produjo unos cincuenta combatientes, muchos de los cuales acabaron desertando hacia grupos vinculados a Al Qaeda. En 2014, el Estado Islámico había emergido como una amenaza existencial global, llenando el vacío dejado por esos fracasos.
No fueron Estados Unidos y sus aliados de la OTAN quienes detuvieron al Estado Islámico. De hecho, Turquía, miembro de la OTAN, y Qatar, aliado de Estados Unidos, apoyaron y financiaron al Estado Islámico. Fueron los kurdos de Siria e Irak y los iraquíes quienes respaldaron a la Coalición Global contra el Estado Islámico. Entre 2014 y 2017, las fuerzas encabezadas por kurdos desmantelaron el «califato» territorial del Estado Islámico en menos de tres años. Por primera vez en décadas, una intervención militar estadounidense concitó un amplio respaldo que atravesaba líneas ideológicas, desde figuras como Bernard-Henri Lévy hasta Noam Chomsky, de marxistas a liberales y conservadores. Salvo Turquía y el actual primer ministro de la Región del Kurdistán, Masrour Barzani, ningún actor serio se opuso al apoyo estadounidense a los kurdos en la lucha contra el Estado Islámico.
Y, sin embargo, una vez derrotado el Estado Islámico, Washington hizo lo que ha hecho repetidamente: se marchó. Bajo ambas administraciones Trump, Estados Unidos abandonó a los kurdos. El mensaje era inequívoco: el sacrificio en el campo de batalla no se traduce en protección política.
Después, en 2025 y 2026, Tom Barrack, enviado presidencial estadounidense para Siria, dejó tirados a los kurdos para apaciguar a un antiguo terrorista designado por Estados Unidos. En enero de 2026, el Gobierno estadounidense presionó a los kurdos para que aceptaran un plan de catorce puntos, un acuerdo de alto el fuego y de integración entre el Gobierno Transitorio Sirio y las Fuerzas Democráticas Sirias, lideradas por los kurdos. Era una elección entre una paz profundamente defectuosa y la posibilidad de una limpieza étnica. La historia resulta instructiva en este punto. Al régimen baazista iraquí le llevó catorce años perpetrar su primera masacre a gran escala de kurdos. En Siria, bajo el Ejército Árabe Sirio liderado por Hay'at Tahrir al Sham y el presidente interino Ahmed al Sharaa, drusos, alauíes y kurdos fueron masacrados en menos de un año. El acuerdo no satisface ni siquiera las exigencias kurdas mínimas, pero puede evitar un derramamiento de sangre masivo. Los kurdos eligieron la supervivencia antes que la ilusión.
Lo que viene a continuación sigue siendo incierto. Si la reafirmación del Estado sirio conduce a la consolidación de un orden dominado por Hay'at Tahrir al Sham, no prosperará. Pero si el retorno del Estado es simbólico y las instituciones encabezadas por los kurdos quedan integradas, podría suponer un paso genuino, aunque frágil, hacia la inclusión. En ciudades de mayoría árabe como Raqqa y Deir Ezzor, el reingreso del Estado es menos conflictivo. En zonas de mayoría kurda como Hasakah y otros territorios kurdos, en cambio, la gobernanza debe estar encabezada principalmente por los propios kurdos. Esto es lo mínimo que la administración Trump debería exigir antes de que los kurdos pierdan por completo la esperanza en Estados Unidos.
Al Sharaa parece lo bastante pragmático como para tolerar una autonomía kurda limitada a corto plazo, al menos hasta que su poder esté consolidado. Pero los decretos no son derechos. Un decreto presidencial puede revocarse de la noche a la mañana, igual que el gobierno autoritario vacía de sentido las garantías constitucionales, como demuestra la educación en lengua materna en Irán, reconocida constitucionalmente pero prácticamente inexistente.
Los riesgos son considerables. Es probable que muchos miembros de las Fuerzas Democráticas Sirias queden excluidos o criminalizados en el proceso de integración del que Barrack se enorgullece. Las fuerzas femeninas, en particular, se enfrentan a una marginación o humillación casi segura dentro de estructuras militares lideradas por islamistas que todavía las consideran infieles. Más peligroso aún: la posible integración de antiguos combatientes del Estado Islámico que llevan cerca de una década encarcelados en el campo de Al Hol, muchos culpables de crímenes contra la humanidad, supone una amenaza directa para cualquier estabilidad futura.
Esto nos devuelve a la lección central. Hay un dicho árabe muy extendido: «Quien se cubre con Estados Unidos está desnudo». Los kurdos han aprendido esta verdad ya varias veces. El daño no es solo kurdo. La credibilidad de Estados Unidos en la región se está erosionando, empujando a Estados y actores no estatales a buscar protección en otra parte. Si Pekín desea ampliar su influencia, Washington le está allanando el camino.
La cuestión kurda en Siria no es un problema separatista. Es una cuestión de reconocimiento, justicia y derechos humanos. Sin un reconocimiento político de los derechos kurdos y de los derechos de drusos, alauíes y otras minorías, Siria no se estabilizará. Sustituir a un dictador bien afeitado por uno con barba no es una transformación. Normalizar hoy a los yihadistas solo los fortalece en otros lugares. Y la próxima vez, el régimen que caiga puede no ser un enemigo de Occidente, sino un aliado. La historia no será benévola con quienes no supieron aprender esta lección.