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Middle East Quarterly

El Departamento de Estado y los matrimonios con saudíes

Puntos clave

  • El folleto del Departamento de Estado advierte que una esposa estadounidense no puede abandonar legalmente Arabia Saudí sin el permiso de su marido saudí, ya que toda salida requiere un visado de salida que él debe obtener.
  • La Embajada afirma no tener constancia de que una estadounidense, ni ninguna mujer occidental, haya ganado jamás la custodia de hijos con doble nacionalidad ante un tribunal de la sharia.
  • El Departamento retiró «Marriage to Saudis» de su sitio web en febrero de 2000 para revisarlo, después de que el American Muslim Council lo calificara de hiriente, despectivo y sesgado, y nunca volvió a publicarlo.

Durante el último año, la relación entre Estados Unidos y Arabia Saudí ha estado sometida a un escrutinio público cada vez más intenso en Estados Unidos. Uno de los muchos asuntos que han saltado a primer plano es la situación de las mujeres estadounidenses casadas con saudíes y la de los hijos con doble nacionalidad de matrimonios fracasados. En varios casos muy difundidos por los medios, esos niños han sido trasladados a Arabia Saudí o retenidos allí por sus padres saudíes, contra la voluntad de sus madres estadounidenses.

El Comité de Reforma Gubernamental de la Cámara de Representantes, presidido por el congresista Dan Burton (republicano por Indiana), ha desempeñado un papel destacado a la hora de dar a conocer el asunto. El comité celebró audiencias en junio y octubre de 2002 y escuchó testimonios de madres, expertos y funcionarios estadounidenses. Burton también encabezó una delegación a Arabia Saudí en agosto para plantear la cuestión directamente a las autoridades saudíes. Recientemente ha intercambiado cartas mordaces con el embajador saudí, el príncipe Bandar bin Sultán, al que acusa de «mala fe» por parte de Arabia Saudí en la disputa. [1] Los medios estadounidenses también han seguido la historia con fascinación. En particular, William McGurn, redactor jefe de la página editorial de The Wall Street Journal, ha escrito una serie de artículos contundentes en los que acusa a los saudíes de mantener cautivos a estadounidenses. [2] A comienzos de 2003 aparecerá un nuevo libro de una de las madres. [3]

El asunto aún no se ha resuelto y ha pasado a ejemplificar el agudo choque cultural que la política guiada por intereses en las relaciones entre Estados Unidos y Arabia Saudí mantiene soterrado. Ningún documento refleja mejor ese choque que el folleto de ocho páginas titulado «Marriage to Saudis» («Matrimonio con saudíes»), publicado y distribuido desde mediados de los años noventa por la oficina consular del Departamento de Estado.

El documento es un aviso dirigido a las estadounidenses que se plantean casarse con hombres saudíes, basado en la larga experiencia del personal consular estadounidense en el reino. Llama la atención por su tono poco diplomático y anecdótico, tan alejado del estilo burocrático habitual del Departamento. Para las futuras esposas, «Marriage to Saudis» constituía un curso oficial acelerado de cultura saudí; para los demás, servía como un fascinante ejemplo de antropología práctica aprendida a golpes.

La franqueza llana y locuaz de «Marriage to Saudis» condujo también a su retirada por parte del Departamento. A los propios saudíes no les inquietó el documento. [4] Pero cuando el folleto se colgó en el sitio web del Departamento, el American Muslim Council (Consejo Musulmán Estadounidense) exigió su retirada, calificándolo de «hiriente», «despectivo y sesgado». En febrero de 2000, el Departamento retiró el documento de su sitio web para «revisarlo», pero nunca volvió a publicarse. (Desde entonces, el Departamento ha publicado un folleto informativo directo sobre la sustracción de menores en Arabia Saudí). [5]

Ninguna revisión posterior podría sustituir a «Marriage to Saudis», un pequeño clásico escrito por un diplomático anónimo decidido a decir las cosas sin rodeos. El documento se reproduce aquí íntegramente.

—Los editores

La siguiente información ha sido preparada por nuestra Embajada en Riad, Arabia Saudí, para ayudar a las ciudadanas estadounidenses a comprender más a fondo las diferencias culturales y jurídicas a las que pueden enfrentarse si están considerando casarse con un hombre saudí.

Nuestros puestos del Servicio Exterior en Arabia Saudí estiman que aproximadamente 500 mujeres estadounidenses residen en el Reino con sus maridos saudíes. Nuestra Embajada es muy consciente de los matrimonios de doble nacionalidad que fracasan y hace seguimiento de aproximadamente 40 casos de custodia de menores y de situaciones de extrema discordia conyugal y maltrato. Sin embargo, las mujeres estadounidenses implicadas en relaciones con hombres saudíes, tanto felices como infelices, admiten haber sido pavorosamente ignorantes del Reino y de su cultura antes del compromiso. Todas las mujeres entrevistadas instaron encarecidamente a las futuras esposas de hombres saudíes a informarse sobre el Reino y a conocer a la familia política saudí antes de comprometerse con una cultura antitética a aquella en la que se criaron.

Las supervivientes de matrimonios de doble nacionalidad ofrecen una lista de comprobación para que las mujeres estadounidenses la tengan en cuenta antes de comprometerse a vivir en el Reino. Los relatos de quienes vieron fracasar su matrimonio subrayan la necesidad de mirar antes de saltar al abismo cultural que separa a los maridos saudíes de sus esposas estadounidenses.

Los siguientes consejos y pautas para mujeres que se plantean casarse con ciudadanos saudíes se han extraído de entrevistas con mujeres bien conocidas por nuestra Embajada por sus combativas relaciones con sus cónyuges saudíes, de anécdotas de mujeres cuyos maridos son bien conocidos por la Embajada debido a sus cargos en el gobierno o en los negocios, así como de conversaciones con mujeres feliz o tolerablemente casadas con saudíes de clase media y baja.

En primer lugar, el cónyuge estadounidense de un ciudadano saudí es, con un puñado de excepciones, siempre una mujer. A las saudíes les está prohibido casarse con no árabes salvo dispensa especial del Rey. (También se requiere una dispensa para que una saudí pueda casarse con un árabe que no sea ciudadano del Consejo de Cooperación del Golfo, es decir, Qatar, Kuwait, Bahréin, Omán y los Emiratos Árabes Unidos). La Embajada solo tiene constancia de cuatro hombres estadounidenses casados con saudíes. También se sabe que algunas hijas de diplomáticos saudíes, criadas y educadas en el extranjero, han recibido dispensa real para casarse con europeos. La mayoría de las saudíes casadas con occidentales tiende a residir en el extranjero con sus maridos.

Los cónyuges estadounidenses se dividen en dos grandes categorías: quienes están casadas con saudíes acomodados y occidentalizados, y quienes están casadas con saudíes sin recursos y no occidentalizados. Unas y otras conocen a sus maridos cuando estos estudian en Estados Unidos. Las primeras suelen mantener hogares en el Reino y en Occidente, socializan con otras parejas de doble nacionalidad, envían a sus hijos al extranjero para cursar estudios universitarios (a veces el bachillerato), viajan con frecuencia y, mientras están en el Reino, disfrutan del lujo de chóferes, servicio doméstico y villas separadas del lugar donde residen los suegros saudíes. Sus maridos les permiten aparecer ante hombres con los que no tienen parentesco, aceptan —cuando no alientan— su deseo de buscar empleo y por lo general no les exigen que se cubran por completo (es decir, taparse la cara con una o más capas de tela) en público. A esas mujeres se les permite viajar por separado con los hijos de doble nacionalidad. Pueden haberse convertido o no al islam; su conversión puede ser sincera o no. Estos casos representan la minoría de los matrimonios de doble nacionalidad.

La mayoría de las mujeres estadounidenses se enamora de musulmanes tradicionalistas occidentalizados, recelosos de Occidente y de sus costumbres corrosivas, y deseosos de demostrar la conformidad de sus esposas con los estándares saudíes. Los maridos no son los «príncipes árabes» del folclore occidental; más bien forman parte de la inmensa mayoría de saudíes que «van tirando» con la ayuda de miembros de la familia extensa y con expectativas modestas. Sus esposas, ciudadanas estadounidenses, proceden a menudo del Sur o del Suroeste (donde muchos saudíes prefieren estudiar), no tienen prácticamente ningún conocimiento de Arabia Saudí más allá de lo que les han contado sus prometidos y no hablan árabe. Cuando llegan al Reino, se instalan en la casa familiar, donde los miembros de la familia las reciben con grados variables de entusiasmo y con poco inglés. Por lo general, su único chófer será su marido (u otro familiar varón), su círculo social será la familia extensa y no se les permitirá trabajar ni aparecer descubiertas ante hombres con los que su marido no tenga parentesco. Al principio, la cónyuge ciudadana estadounidense estará casi por completo aislada de la amplia comunidad occidental que reside en el Reino. Poco a poco, las cónyuges que salen adelante van formando una red con otras ciudadanas estadounidenses casadas con saudíes. La mayoría de las cónyuges ciudadanas estadounidenses pertenece a esta categoría.

Inevitablemente, las cónyuges ciudadanas estadounidenses retratan a sus maridos saudíes durante sus años de estudio en Estados Unidos como completamente «occidentalizados»: bebiendo cerveza como el que más, persiguiendo mujeres y celebrando en general todas las diversidades y decadencias de una sociedad secular. Las mujeres casadas con saudíes que no encajaban en el estereotipo del juerguista o del playboy/príncipe se cuidan de señalar que, aun así, sus cónyuges mostraban tolerancia hacia todas esas diversiones y, en particular, hacia ellas. Dicho de otro modo, la relación saudí-estadounidense florece prácticamente siempre en Estados Unidos, en un clima que permite las citas, la cohabitación, los hijos fuera del matrimonio, la diversidad religiosa y multitud de otros pecados islámicos que pasan inadvertidos para los parientes saudíes y los líderes religiosos situados a miles de kilómetros.

Las esposas ciudadanas estadounidenses juran que la transformación de sus maridos saudíes se produce durante el vuelo transatlántico hacia el Reino. Hay un recuerdo universal de la aproximación a Riad y de ver cómo las saudíes, elegantemente vestidas, se ponen las abayas negras y los velos faciales. Para muchas mujeres, el aeropuerto saudí es la primera vez que ven a su marido con vestimenta árabe (es decir, el thobe y la ghutra). Para aquellas estadounidenses reacias a ponerse una abaya (la capa negra que lo cubre todo) y para aquellos maridos saudíes que no hicieron de la abaya una cuestión antes de llegar, el intenso escrutinio público que empieza en el aeropuerto —dirigido a una mujer occidental que acompaña a un varón saudí— suele ser el catalizador del posterior tapado. Dado que la inmensa mayoría de las esposas ciudadanas estadounidenses nunca viaja al Reino antes de su matrimonio, se ven catapultadas de golpe a la sociedad saudí. Cuando llegan, resurgen la vestimenta tradicional, el modo de hablar y las responsabilidades de su marido hacia su familia, y la esposa ciudadana estadounidense queda para lidiar con un nuevo país, un nuevo idioma, una nueva familia y un nuevo marido. Tanto si un saudí ha pasado un año como ocho estudiando en Estados Unidos, cada uno debe volver al redil —a regañadientes o con alivio— para desenvolverse en la sociedad saudí y dentro de la jerarquía familiar que estructura la mayoría de las relaciones sociales y comerciales.

Las presiones sociales incluso sobre el saudí más liberal son abrumadoras. Los actos de una esposa ciudadana estadounidense que no se viste con modestia (es decir, que no se cubre) en público, que no es musulmana, o que se relaciona con hombres ajenos a su parentela, hacen caer la vergüenza sobre toda la familia. A la silenciosa desaprobación de familiares y amigos se suma la virulenta reprobación pública de los supervisores religiosos del Reino (los mutawwaiin) y de los vigilantes que imponen la fe por su cuenta. Varias esposas estadounidenses, temerosas de la última oleada de acoso religioso, han empezado a cubrirse por completo; descubrieron que no hacerlo implicaba disputas en público con los mutawwaiin, que se oponen con vehemencia a los matrimonios de doble nacionalidad. La experiencia de todas las parejas de doble nacionalidad es que se hacen —o simplemente se van produciendo— concesiones voluntarias e involuntarias. La suma de esas concesiones es, con mucha frecuencia, una vida muy distinta de la imaginada y sobre la que se fantaseaba desde la seguridad de Estados Unidos.

Calidad de vida. La vida en un reino desértico que se enorgullece de su interpretación y aplicación conservadoras del Corán exige que las parejas hablen de cuestiones muy básicas sobre el modo de vida.

¿Hasta qué punto es cosmopolita la familia del marido saudí? Todas las esposas estadounidenses animan a las futuras novias a conocer a la familia saudí antes de llegar al Reino como mujer casada. (La mayoría de las familias saudíes viajará a Estados Unidos durante los estudios de sus hijos, aunque solo sea para asistir a la graduación). Aunque no es garantía de aceptación, una familia que viaja regularmente al extranjero, o una en la que el padre ha estado destinado fuera, suele ser más abierta de mente cuando se trata de que su hijo se case con una occidental. Son los padres quienes pueden ser la mayor fuente de presión sobre un matrimonio de doble nacionalidad, y es importante calibrar sus opiniones sobre lo que una esposa estadounidense puede y no puede hacer mientras viva en el Reino.

¿Con quién vivirá usted? Muchas parejas recién casadas se instalan con los padres del novio, en una villa enorme que puede albergar a varios hermanos más con sus esposas, familias incluidas. La privacidad es difícil de lograr y las tensiones con familiares que, por una u otra razón, resienten la presencia de una esposa estadounidense a menudo hacen complicada esta convivencia. En una familia más acomodada, la pareja puede ocupar una de las varias casas que componen un pequeño recinto familiar. Algunos saudíes viven aparte, en villas o apartamentos. Aunque eso resuelve el problema de la privacidad, muchas esposas estadounidenses se encuentran completamente aisladas durante el día, rodeadas de vecinos que solo hablan árabe y sin acceso a transporte público o privado.

A una esposa, ciudadana estadounidense y tolerablemente casada, no se le permite salir al porche del apartamento, pues el riesgo de que un hombre con el que no tenga parentesco pudiera verla es demasiado grande.

La modalidad de vivienda más occidental, pero menos habitual, sería un apartamento o una villa ubicados en un recinto occidental o en el Barrio Diplomático. Allí, una apariencia de vida suburbana occidental transcurre tras muros altos o, en el caso del Barrio Diplomático, bajo la mirada protectora de multitud de agentes de policía saudíes. Sin embargo, la mayoría de los propietarios saudíes de recintos de estilo occidental veta a inquilinos saudíes, pues teme que los residentes occidentales pongan objeciones. El rarísimo varón saudí que respalda esta forma de vivir suele ser un saudí naturalizado, de origen libanés o palestino. Para la familia saudí media, residir en un recinto occidental sería una renuncia antinatural a la cultura saudí y le haría a uno culturalmente «sospechoso».

¿Con quién se relacionará usted? Los saudíes hacen vida social dentro de la familia. Los expatriados que han vivido y trabajado durante años en el Reino pueden no conocer jamás a la esposa de un amigo saudí íntimo y, según la costumbre, ni siquiera deberían preguntar por su salud. Para una esposa estadounidense, una vida social limitada a la familia de su marido puede resultar asfixiante, sobre todo porque pocas esposas estadounidenses hablan árabe, o aprenden a hablarlo. Que el marido saudí permita a su mujer relacionarse con hombres con los que no tenga parentesco determina lo «normal» (es decir, lo occidental) de la vida social que disfrutarán. A varias esposas estadounidenses les cuesta incluso acudir a la Embajada estadounidense para renovaciones rutinarias del pasaporte, ya que sus maridos se oponen a que hablen con un funcionario varón del Servicio Exterior. Debido a la segregación social, los hombres saudíes pasan naturalmente gran parte del tiempo juntos, separados de esposas y familia. (Incluso las bodas saudíes son actos segregados, celebrados a menudo en noches distintas y en lugares distintos). Solo el saudí más occidentalizado se comprometerá a hacer vida social con otras parejas de doble nacionalidad.

¿De qué libertad de movimiento disfrutará usted? A las mujeres les está prohibido conducir, ir en motocicleta, pedalear una bicicleta o viajar en taxi, tren o avión sin acompañante. Todas las esposas estadounidenses sabían que no podrían conducir mientras estuvieran en el Reino, pero pocas comprendían hasta qué punto estarían restringidos sus movimientos. Solo la familia saudí relativamente acomodada tendrá un chófer en plantilla; la mayoría de las mujeres estadounidenses depende por entero de sus maridos y de los parientes varones para desplazarse. Mientras que la mayoría de las occidentales expatriadas usa taxis de manera rutinaria, de una cónyuge estadounidense se esperará que vaya acompañada —ya sea por otra pariente o por los hijos— antes de subir al taxi de un hombre con el que no tenga parentesco.

¿Se le permitirá viajar por separado de su marido? Viajar en tren o en avión dentro del Reino requiere el permiso del cónyuge varón y la presencia de un acompañante familiar varón. Viajar fuera del Reino está aún más restringido. Quien salga del Reino debe contar con un visado de salida. En el caso de una cónyuge estadounidense, este visado debe obtenerlo su marido saudí. El cónyuge saudí debe acompañar a su esposa al aeropuerto para asegurar a los funcionarios aeroportuarios que ha dado su permiso para que su mujer viaje sola o con los hijos.

El contrato matrimonial de una estadounidense especificaba que «ella declaró que nunca solicitará viajar desde Arabia Saudí con ninguno de sus hijos sin el consentimiento previo de él».

La mayoría de las esposas estadounidenses cree que la Embajada de Estados Unidos puede expedir visados de salida en caso de apuro. No es así. La Embajada de Estados Unidos no puede obtener visados de salida para ciudadanos estadounidenses. Los pasaportes expedidos por la Embajada no sirven como documentos de viaje sin el preceptivo visado de salida saudí. Aunque algunos parientes estadounidenses más acomodados se ofrecen a pagar para que la esposa estadounidense viaje por su cuenta, esto suele toparse con la desaprobación del marido o la familia saudíes. [6]

¿Se le permitirá trabajar? Hay dos obstáculos que una esposa estadounidense debe superar antes de encontrar empleo fuera del hogar: la desaprobación de la familia y la escasez de oportunidades.

La mayoría de los maridos no aprobará que su esposa trabaje fuera de casa si ello implica contacto con hombres ajenos a la familia. Una esposa estadounidense, que fue maestra en Estados Unidos durante los cinco años que duró su noviazgo con su marido, quedó conmocionada cuando este la amenazó con el divorcio al pedir ella regresar a Estados Unidos para terminar un trimestre de clases y poder así optar a una pensión estatal. Ahora que estaba casada, el marido saudí no podía tolerar que ella estuviera en presencia de otros hombres. Sin embargo, incluso si el marido está dispuesto, los empleos son escasos. El trabajo se limita por lo general a los ámbitos de la educación (enseñando solo a mujeres) y la medicina. Por desgracia, existe un enorme prejuicio social contra la profesión de enfermería y los maridos saudíes no aprobarían que su esposa trabajara con pacientes, salvo como médica.

¿Tomará su marido una segunda esposa? Entre la generación más joven, es raro que un saudí tenga una segunda esposa, pero ocurre. Un hombre tiene derecho legal a hasta cuatro esposas, con la condición de que pueda otorgarles un estatus igual en lo económico y en lo emocional. Una esposa estadounidense descubrió que su marido saudí se había casado con su mejor amiga, también estadounidense, mientras estaba de vacaciones en Estados Unidos.

En principio, todos los hombres saudíes deben casarse con musulmanas o con conversas al islam. En la práctica, muchas mujeres estadounidenses diluyen la cuestión: participan en una ceremonia nupcial conforme a la sharia pero nunca llegan a convertirse.

La presión para hacerse musulmana, o para convertirse en una musulmana sincera, es enorme y no cesa. En Arabia Saudí no hay separación entre religión y Estado, y a nivel popular sencillamente no se comprende la libertad religiosa, ni el deseo de seguir siendo cristiana o de permanecer indecisa. Una esposa estadounidense, próxima a su décimo aniversario de boda, ha sido aterrorizada por parientes que insisten en que el Rey ha ordenado que todas las mujeres que no vean la luz al cabo de diez años deben ser divorciadas y deportadas. En otro caso, la presión procede sobre todo de sus hijos, de quienes se burlan sin piedad en la escuela por tener una madre extranjera y no musulmana. (Las conversas poco convencidas al islam descubren que sus hijos son ridiculizados por tener madres que rezan con torpeza o no rezan en absoluto.) Un maestro saudí informó a los hijos de una madre ciudadana estadounidense, que se había convertido sinceramente al islam, de que su madre nunca podría ser musulmana, puesto que «solo los árabes pueden ser musulmanes». Las mujeres que no se convierten deben aceptar que sus hijos, tras horas diarias de educación islámica en la escuela y bajo la tutela de la familia, serán musulmanes. Las que sí se convierten deben entender que su conversión, sobre todo tras un divorcio, será vista con recelo y que su fidelidad al islam se percibirá como inferior a la de su marido.

Arabia Saudí tiene una de las tasas de natalidad más altas del mundo y las familias con cinco hijos o más son la norma. La familia es la unidad básica de la vida saudí y sus miembros mantienen relaciones mucho más estrechas que en Estados Unidos. Cada miembro de la familia se siente con libertad para opinar sobre cualquier aspecto de la vida de otro. Se espera que los hermanos —en particular el hermano mayor— se ayuden económicamente entre sí, y los varones deben unirse para custodiar el honor de sus parientes femeninas. No se espera ni se alienta a los hijos a abandonar el nido; antes bien, la adolescencia puede prolongarse hasta bien entrada la treintena en el caso de un hombre.

¿Cuáles son las diferencias en la crianza de los hijos? En mucha mayor medida que en Occidente, a los niños saudíes se los consiente. A las niñas se las viste con vestidos de fiesta en miniatura; los niños llevan la última moda deportiva occidental. Ambos causan estragos. Las esposas estadounidenses deben sufrir en silencio cuando los hijos de distintos parientes corretean y alborotan por la casa. Una esposa contó la historia del hijo de un cuñado que repartió cuidadosamente pudin de chocolate sobre los muebles recién comprados. Cuando ella riñó al niño, fue ella quien recibió la reprimenda por armar un escándalo por algo que podía limpiarse.

Por otro lado, la familia saudí está llena de cuidadores y los niños siempre tienen compañeros de juego, jóvenes y mayores, con quienes relacionarse. Como la mano de obra extranjera es tan barata en Arabia Saudí, incluso las familias de clase media baja tienen una criada indonesia o filipina para ayudar con las tareas domésticas. Entre las familias saudíes más acomodadas, y en particular dentro de la familia real, cada niño tendrá su propio sirviente.

Muchas madres estadounidenses se sienten frustradas por la escasez de cosas que hacer con sus hijos. Sin chófer, las madres quedan encerradas en casa con los niños y, aun con chófer, hay pocos lugares que visitar.

¿Cómo será criar a una hija? Las diferencias culturales nunca son mayores que cuando se trata del papel de la mujer, y criar a una hija es un desafío en cualquier matrimonio saudí-estadounidense. Al crecer en el Reino, una niña esperará con naturalidad el día en que alcance la mayoría de edad y pueda vestir la abaya y cubrirse el cabello. Será, naturalmente, muy devota. Es posible que se espere de ella que se case con un primo hermano. Aunque desempeña un papel central en la familia, una niña es, no obstante, una ciudadana de segunda clase por ley, a la que hay que proteger y cuya palabra vale solo la mitad que la de un hombre.

Para una niña saudí, este es el orden natural de las cosas; para una madre estadounidense de una niña saudí, puede resultar inquietante. No sorprende que la mayoría de nuestros casos de custodia de menores en los que un niño ha sido secuestrado desde Estados Unidos impliquen a un padre saudí que «salva» a su hija de una sociedad «pecaminosa» y de su madre «decadente».

Dado que a las mujeres saudíes se les prohíbe casarse con hombres occidentales, una madre estadounidense debe esperar que su hija se integre más estrechamente en la sociedad saudí. No ocurre necesariamente así con los hijos varones, a quienes se puede animar a estudiar en Estados Unidos (a las chicas saudíes solo se les permite estudiar en Estados Unidos si van acompañadas por un familiar que haga de carabina), que podrían viajar libremente a Occidente, cuyos negocios pueden facilitar los viajes entre ambos países y que podrían optar por casarse con una estadounidense. Varios padres saudíes muy liberales y sus esposas estadounidenses se han visto en un apuro ante la decisión de sus hijas, más conservadoras, de no estudiar en Estados Unidos por deferencia a la desaprobación de su cultura.

En el peor de los escenarios, una esposa estadounidense puede verse divorciada sumariamente, deportada y privada de todo derecho de visita a sus hijos con doble nacionalidad. La ley de la sharia favorece decididamente a los hombres en la disolución del matrimonio. Y las leyes de Arabia Saudí exigen que toda persona esté patrocinada por un ciudadano saudí para recibir un visado, de residencia o de otro tipo. Por lo tanto, una vez que el matrimonio se rompe, la exesposa debe abandonar el Reino y solo puede regresar con el permiso y el patrocinio expresos de su exmarido. (En los casos en que el marido saudí intenta impedir que su cónyuge se marche, la Embajada puede pedir a las autoridades saudíes que faciliten la salida de la esposa estadounidense. La Embajada no puede obligar a un marido saudí a renunciar a los hijos.)

En un caso, una estadounidense que había pasado por un amargo divorcio y una batalla por la custodia de los hijos con su marido saudí solicitó y obtuvo un visado para trabajar en una empresa situada en el Reino. Cuando el marido saudí y las autoridades saudíes descubrieron su presencia, fue encarcelada y finalmente obligada a dejar su puesto y el país.

¿Qué derechos de custodia tienen las mujeres bajo la ley de la sharia? En teoría, la madre debería conservar la custodia de los hijos hasta los 7-9 años, cuando su cuidado principal pasaría al padre. Sin embargo, el objetivo último de un tribunal de la sharia al resolver cuestiones de custodia es que el niño se críe como buen musulmán. Sea o no conversa al islam, una mujer estadounidense no logrará superar el prejuicio contra su educación y su sociedad. La Embajada no tiene constancia de que una estadounidense, ni ninguna mujer occidental, haya ganado jamás la custodia de hijos con doble nacionalidad ante un tribunal de la sharia.

¿Puede una madre estadounidense huir del Reino con sus hijos de doble nacionalidad? Es imposible salir legalmente del Reino sin el permiso expreso del marido saudí. A una mujer que desee dejar a su marido pero esté embarazada en ese momento se le puede exigir que espere hasta después del nacimiento del hijo. Lo mismo ocurriría si el marido saudí falleciera: la custodia de los hijos y de cualquier hijo no nacido correspondería al pariente varón saudí vivo más cercano.

¿Se le pueden denegar a una mujer estadounidense los derechos de visita a sus hijos? Un marido saudí debe dar permiso explícito para que una exesposa visite a sus hijos en el Reino. La Embajada ha trabajado con el Ministerio de Asuntos Exteriores para crear el visado de «no objeción». El exmarido debe estar dispuesto a firmar una declaración de que no tiene objeción a que su exesposa visite el Reino. En esa declaración, el exmarido establece cuánto tiempo está dispuesto a permitir que su exesposa permanezca en el país. El historial de los visados de no objeción es desigual.

A menudo el marido objeta la alteración emocional que supone una visita de la esposa estadounidense. Con frecuencia, la segunda esposa del marido se pone celosa, y la madre estadounidense descubre que sus visitas están limitadas en el tiempo y se desarrollan a la vista de toda la familia extensa saudí.

Solo una esposa estadounidense ha logrado realizar con éxito visitas de no objeción a lo largo de los últimos cinco años. Lo ha conseguido porque habla árabe (los hijos con doble nacionalidad pierden rápidamente su inglés una vez que la madre abandona el Reino), ha logrado mantener una relación estable con su exmarido y se ha hecho a la idea de que su hijo pasará al menos sus primeros 18 años en el Reino. Si la disputa por la custodia ha implicado el secuestro por parte de uno o ambos progenitores, para cuando los niños llegan al Reino el padre no tiene interés alguno en facilitar la relación con la madre ciudadana estadounidense. En estos casos, toda comunicación puede quedar cortada y las autoridades saudíes no intercederán en disputas familiares. Rara vez se permite a los funcionarios consulares efectuar visitas de «bienestar y paradero».

Dado que las costumbres y las leyes del Reino difieren tanto de las expectativas y los imperativos emocionales de una esposa ciudadana estadounidense en caso de divorcio, una estadounidense que se plantee casarse con un saudí debe contemplar siempre el peor escenario posible. Las esposas estadounidenses quedan amargamente decepcionadas y enfadadas cuando descubren los límites de la capacidad del Departamento y de la Embajada para intervenir o resolver disputas familiares. El Departamento no puede ofrecer orientación alguna sobre qué matrimonios tendrán éxito. Pero conocer Arabia Saudí y su particular interpretación del islam debería ser el primer paso de una mujer estadounidense a la hora de determinar si las renuncias exigidas valen la pena para la relación propuesta.

[1] Enlaces a todas las audiencias, declaraciones y correspondencia del comité, en http://www.house.gov/reform/saudiarabia.htm . [2] Todos de William McGurn en The Wall Street Journal: «Saudi Arabia's American Captives», 11 de junio de 2002; «Daughters of American», 13 de junio de 2002; «'I Am an American'», 11 de julio de 2002; «An 'Ally's' Contempt for America», 3 de septiembre de 2002; «Truth, Lies, and Videotape», 1 de octubre de 2002. [3] Patricia Roush, At Any Price: How America Betrayed My Kidnapped Daughters for Saudi Oil (WND Books, anunciado para la primavera de 2003). [4] «Como organismo gubernamental, el Departamento de Estado tiene derecho a emitir advertencias sobre lo que cabe esperar», declaró un funcionario saudí al corresponsal diplomático de ABC Eric Wagner, «Matters of State», 4 de febrero de 2000, en http://abcnews.go.com/sections/world/DailyNews/mattersofstate000204.html . [5] «Saudi Arabia—International Parental Child Abduction», en http://travel.state.gov/abduction_saudi.html . [6] Según el congresista Burton, durante su viaje de agosto de 2002, «el ministro saudí de Asuntos Exteriores [Sa’ud al-Faysal] se comprometió a que ninguna mujer estadounidense adulta será jamás retenida en Arabia Saudí contra su voluntad. Es un importante paso adelante». Comunicado de prensa, 5 de septiembre de 2002, en http://www.house.gov/reform/pr.02.09.05.htm. —Eds.

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