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Middle East Quarterly

Por qué los árabes pierden las guerras

Puntos clave

  • Los ejércitos de habla árabe han sido ineficaces en la era moderna, y la explicación más importante quizá sean ciertos rasgos culturales y sociales que impiden a los árabes forjar una fuerza militar eficaz.
  • Los ejércitos árabes atesoran la información, desalientan la iniciativa, evitan delegar autoridad y carecen de un cuerpo de suboficiales funcional, lo que deja a las unidades sin cohesión y a los oficiales incapaces de tomar decisiones básicas.
  • Los gobernantes fragmentan deliberadamente sus fuerzas y evitan los mandos conjuntos y la instrucción en armas combinadas porque tal integración erosionaría las rivalidades que mantienen a sus regímenes a salvo de golpes de Estado.
El general estadounidense Norman Schwarzkopf (izquierda) y el teniente general iraquí Sultan Hashim Ahmed se saludan tras la rendición formal de Irak ante las fuerzas de la coalición encabezada por Estados Unidos en 1991.

El general estadounidense Norman Schwarzkopf (izquierda) y el teniente general iraquí Sultan Hashim Ahmed se saludan tras la rendición formal de Irak ante las fuerzas de la coalición encabezada por Estados Unidos en 1991.

Los ejércitos de habla árabe han sido, por lo general, ineficaces en la era moderna. Las fuerzas regulares egipcias rindieron mal frente a los irregulares yemeníes en los años sesenta. 1 Los sirios solo pudieron imponer su voluntad en el Líbano a mediados de los setenta mediante el empleo de una superioridad abrumadora en armamento y efectivos. 2 Los iraquíes exhibieron torpeza ante un ejército iraní desgarrado por la agitación revolucionaria en los años ochenta y no pudieron ganar una guerra de tres décadas contra los kurdos. 3 La actuación militar árabe en ambos bandos de la guerra de Kuwait de 1990 fue mediocre. 4 Y los árabes han rendido mal en casi todos los enfrentamientos militares con Israel. ¿A qué se debe este historial tan poco brillante? Hay muchos factores —económicos, ideológicos, técnicos—, pero quizá el más importante tenga que ver con la cultura y con ciertos rasgos sociales que impiden a los árabes forjar una fuerza militar eficaz.

Es un lugar común en la vida militar que un ejército combate como se entrena, así que me apoyo en mis muchos años de observación directa de árabes en instrucción para extraer conclusiones sobre cómo entran en combate. Las impresiones que siguen se derivan de mi experiencia personal con instituciones militares árabes en calidad de agregado militar estadounidense y oficial de asistencia de seguridad, de oficial observador con los Trucial Oman Scouts mandados por oficiales británicos (la fuerza de seguridad en los emiratos antes de la creación de los Emiratos Árabes Unidos), así como de unos treinta años de estudio de Oriente Medio.

Incluir la cultura en las evaluaciones estratégicas deja un legado pobre, pues a menudo se ha hilado a partir de una fea mezcla de ignorancia, pensamiento desiderativo y mitología. Así, el ejército estadounidense, en los años treinta, evaluó el carácter nacional japonés como falto de originalidad y extrajo la conclusión injustificada de que el país quedaría permanentemente en desventaja tecnológica. 5 Hitler despachó a Estados Unidos como una sociedad mestiza 6 y, en consecuencia, subestimó el impacto de la entrada de Estados Unidos en la guerra. Como sugieren estos ejemplos, cuando se recurre a la cultura para calcular las fortalezas y debilidades relativas de fuerzas enfrentadas, se tiende a incurrir en distorsiones desbocadas, sobre todo cuando se trata de entender por qué Estados no preparados para la guerra entran en combate rebosantes de confianza. La tentación consiste en atribuir al Estado enemigo rasgos culturales que anulen su superioridad numérica o armamentística. O lo contrario: contemplar al enemigo potencial a través del prisma de las normas culturales propias. Los estrategas estadounidenses supusieron que el umbral de dolor de los norvietnamitas se aproximaba al suyo y que el bombardeo aéreo del Norte lo pondría de rodillas. 7 Se pensó que tres días de ataques aéreos era todo lo que los serbios podrían soportar; en realidad, hicieron falta setenta y ocho días.

Resulta especialmente peligroso hacer suposiciones ligeras sobre la capacidad de combate basándose en el desempeño pasado, porque las sociedades evolucionan y con ellas también la subcultura militar. El desastroso rendimiento francés en la guerra franco-prusiana de 1870 llevó al alto mando alemán a una valoración excesivamente optimista antes de la Primera Guerra Mundial. 8 La tenacidad y el coraje de los soldados franceses en la Primera Guerra Mundial llevaron a todos, desde Winston Churchill hasta el alto mando alemán, a sobrestimar enormemente la capacidad combativa del ejército francés. 9 Los generales israelíes subestimaron al ejército egipcio de 1973 basándose en la desventurada actuación de Egipto en la guerra de 1967. 10

La cultura es difícil de precisar. No es sinónimo de la raza ni de la identidad étnica de un individuo. La historia de la guerra se burla de los intentos de asignar atributos culturales rígidos a los individuos, como ilustran las historias militares de los imperios otomano y romano. En ambos casos fueron la instrucción, la disciplina, el espíritu de cuerpo y el ímpetu los que marcaron la diferencia, no el origen de cada soldado. 11 Las legiones romanas, altamente disciplinadas y eficaces, por ejemplo, se reclutaban en todo el Imperio romano, y los jenízaros otomanos de élite (soldados esclavos) eran cristianos reclutados por la fuerza, de niños, en los Balcanes.

Pese a estos problemas, la cultura sí debe tenerse en cuenta. De hecho, ser conscientes de los errores previos debería permitir evaluar el papel de los factores culturales en la guerra. John Keegan, el eminente historiador de la guerra, sostiene que la cultura es un determinante primordial de la naturaleza de la guerra. En contraste con la forma habitual de la guerra europea, que él denomina «cara a cara», Keegan describe a los primeros ejércitos árabes de la era islámica como maestros de la evasión, la dilación y la indirecta. 12 Examinar la guerra árabe en este siglo lleva a la conclusión de que los árabes siguen teniendo más éxito en la guerra insurgente, o política 13 —lo que T. E. Lawrence llamó «ganar guerras sin batallas». 14 Incluso el tan elogiado cruce egipcio del Suez en 1973 entrañaba en su núcleo un magistral plan de engaño. Bien puede ser que estos atributos aparentemente permanentes resulten de una cultura que engendra sutileza, indirecta y disimulo en las relaciones personales. 15

En esta misma línea, Kenneth Pollack concluye su exhaustivo estudio sobre la eficacia militar árabe señalando que «ciertas pautas de comportamiento fomentadas por la cultura árabe dominante fueron los factores más importantes que contribuyeron a la limitada eficacia militar de los ejércitos y las fuerzas aéreas árabes entre 1945 y 1991». 16 Entre esos atributos figuraban la centralización excesiva, el desaliento de la iniciativa, la falta de flexibilidad, la manipulación de la información y el desaliento del liderazgo en el escalón de oficiales subalternos.

El aluvión de críticas vertidas sobre la noción de Samuel Huntington de un «choque de civilizaciones» 17 no resta en absoluto validez al punto esencial que planteó: que por mucho que la agrupación de los pueblos por religión y cultura, en lugar de por divisiones políticas o económicas, ofenda a los académicos que postulan un mundo definido por la clase, la raza y el género, es una realidad, y no la empequeñecen las comunicaciones modernas.

Pero ¿cómo se integra el estudio de la cultura en la instrucción militar? En la actualidad, apenas desempeña papel alguno. Paul M. Belbutowski, académico y antiguo miembro de la Delta Force estadounidense, formuló de manera sucinta una carencia de nuestro propio sistema de enseñanza militar: «La cultura, compuesta por todo lo que es vago e intangible, no suele integrarse en la planificación estratégica salvo en el nivel más superficial». 18 Y, sin embargo, es precisamente «todo lo que es vago e intangible» lo que define los conflictos de baja intensidad. Los comunistas vietnamitas no libraron la guerra para la que Estados Unidos se había entrenado, ni los chechenos y los afganos libraron la guerra para la que se habían preparado los rusos. Esto implica mucho más que simplemente rediseñar el armamento y volver a adiestrar a los soldados. Exige comprender la mitología cultural del enemigo, su historia, su actitud ante el tiempo, etcétera, lo que demanda una inversión de tiempo y dinero mucho mayor de la que probablemente autorice una organización burocrática.

Consciente de que camino por un campo de minas, sembrado de errores pasados y de sensibilidades culturales presentes, ofrezco algunas valoraciones sobre el papel de la cultura en la instrucción militar de los oficiales de habla árabe. Me ciño principalmente a la instrucción por dos razones. Primero, porque observé mucha instrucción pero solo una campaña de combate (la del ejército jordano contra la Organización para la Liberación de Palestina en 1970). Segundo, porque los ejércitos combaten como se entrenan. Las tropas están condicionadas por los hábitos, las políticas y los procedimientos del tiempo de paz; no experimentan una metamorfosis súbita que transforme a civiles de uniforme en guerreros. Al general George Patton le gustaba contar la historia de Julio César, quien «en invierno... instruía de tal modo a sus legiones en todo lo que atañe a los soldados y los habituaba de tal manera al debido cumplimiento de sus deberes, que cuando en primavera los lanzaba a la batalla contra los galos no era necesario darles órdenes, pues sabían qué hacer y cómo hacerlo». 19

En toda sociedad la información es un medio para ganarse la vida o ejercer poder, pero los árabes la atesoran y la retienen con especial celo. Los instructores estadounidenses se han sorprendido a menudo, a lo largo de los años, de que la información facilitada al personal clave no pase mucho más allá de ellos. Tras haber aprendido a ejecutar algún procedimiento complicado, un técnico árabe sabe que es insustituible mientras sea el único de la unidad que posee ese conocimiento; en cuanto lo transmite a otros, deja de ser la única fuente de saber y su poder se disipa. Esto explica el habitual acaparamiento de manuales, libros, folletos de instrucción y demás literatura de adiestramiento o de logística. En una ocasión, un equipo móvil de instrucción estadounidense que trabajaba con blindados en Egipto recibió por fin los manuales de operador que con gran esfuerzo habían sido traducidos al árabe. Los instructores estadounidenses llevaron los manuales recién salidos directamente al parque de carros y los repartieron entre las tripulaciones. Justo detrás de ellos, el comandante de la compañía, graduado en la escuela de blindados de Fort Knox y en cursos especializados en la escuela de material de los Aberdeen Proving Grounds, recogió los manuales de las tripulaciones. Preguntado por qué lo hacía, el comandante dijo que no tenía sentido dárselos a los conductores porque la tropa no sabía leer. En realidad, no quería que los soldados de tropa tuvieran una fuente independiente de conocimiento. Ser la única persona capaz de explicar la instrumentación del control de tiro o de alinear el arma de artillería otorga prestigio y atención. En términos militares, esto significa que se lleva a cabo muy poco adiestramiento cruzado y que, por ejemplo, en la tripulación de un carro, el tirador, el cargador y el conductor pueden ser competentes en sus cometidos pero no están preparados para sustituir a una baja. No comprender el trabajo de los demás también impide que la tripulación funcione con fluidez. En un nivel superior, significa que no hay profundidad en la competencia técnica.

La instrucción tiende a ser poco imaginativa, rutinaria y nada exigente. Como el sistema educativo árabe se basa en la memorización mecánica, los oficiales tienen una capacidad fenomenal para retener vastas cantidades de conocimiento. El sistema de aprendizaje tiende a consistir en lecciones impartidas desde lo alto, con alumnos que toman voluminosos apuntes y son examinados sobre lo que se les dijo. (También tiene implicaciones interesantes para los instructores extranjeros; por ejemplo, su credibilidad disminuye si debe recurrir a un libro). El énfasis en la memorización tiene un precio, y es la menor capacidad de razonar o de analizar a partir de principios generales. No se fomenta pensar fuera de los moldes establecidos; hacerlo en público puede dañar una carrera. A los instructores no se les cuestiona y, al final, tampoco a los alumnos.

La competencia directa entre individuos se evita por lo general, al menos abiertamente, porque implica que alguien gana y alguien pierde, y el perdedor queda humillado. Este tabú tiene particular importancia cuando una clase reúne rangos distintos. La educación se busca en buena medida como cuestión de prestigio personal, de modo que los árabes en las escuelas militares estadounidenses se esfuerzan por asegurar que el miembro de mayor rango, según su posición militar o su clase social, obtenga las mejores calificaciones de la clase. A menudo esto conduce a «compartir respuestas» en clase —con frecuencia de manera bastante manifiesta— o a que los oficiales subalternos oculten notas superiores a las de su superior.

Los instructores militares estadounidenses que tratan con alumnos de Oriente Medio aprenden a cerciorarse, antes de dirigir cualquier pregunta a un alumno en el aula, sobre todo si es oficial, de que el alumno tiene la respuesta correcta. Si no es así, el oficial sentirá que se le ha tendido una trampa para humillarlo en público. Además, en el entorno a menudo paranoico de la cultura política árabe, creerá que esa trampa ha sido deliberada. Ese alumno se convertirá entonces en enemigo del instructor y sus compañeros de clase quedarán temerosos de ser también señalados para la humillación, con lo que el aprendizaje se vuelve imposible.

Los oficiales subalternos árabes están bien instruidos en los aspectos técnicos de sus armas y en los conocimientos tácticos, pero no en el liderazgo, una materia a la que se presta poca atención. Por ejemplo, como señaló el general Saad ash-Shazli, jefe del Estado Mayor egipcio, en su evaluación del ejército que heredó antes de la guerra de 1973, no estaban formados para tomar la iniciativa ni para aportar conceptos originales o ideas nuevas. 20 De hecho, el liderazgo puede ser la mayor debilidad de los sistemas de instrucción árabes. Este problema resulta de dos factores principales: un sistema de clases muy acentuado que raya en un sistema de castas, y la falta de un programa de desarrollo de suboficiales.

La mayoría de los oficiales árabes trata a los soldados de tropa como si fueran subhumanos. Cuando un día los vientos en Egipto arrastraron partículas de arena cortante del desierto durante una demostración para dignatarios estadounidenses de visita, observé cómo un contingente de soldados entró marchando y formó una sola fila para proteger a los estadounidenses; los soldados egipcios, en otras palabras, se emplean en ocasiones como poco más que un cortavientos. La idea de cuidar de los propios hombres solo se encuentra en las unidades más selectas del ejército egipcio. En un fin de semana típico, los oficiales de unidades estacionadas fuera de El Cairo montan en sus coches y se marchan a sus casas, dejando que la tropa se las arregle sola cruzando el desierto a pie hasta una carretera y haciendo señas a autobuses o camiones para llegar a la red ferroviaria de El Cairo. Los acantonamientos de guarnición carecen de comodidades para los soldados. La misma situación, en diversos grados, se da en otros países de habla árabe: menos en Jordania, aún más en Irak y Siria.

Los jóvenes reclutas que componen el grueso del ejército egipcio detestan el servicio militar, con razón, y harán casi cualquier cosa, incluida la automutilación, para evitarlo. En Siria los ricos compran exenciones o, en su defecto, son destinados a organizaciones no combatientes. Como me dijo un joven sirio, sus conocimientos musicales provenían de su destino en una banda del ejército sirio, donde aprendió a tocar un instrumento. En general, los ejércitos del Creciente Fértil imponen la disciplina mediante el miedo; en países donde aún rige un sistema tribal, como Arabia Saudí, el igualitarismo innato de la sociedad atenúa el miedo como principal motivador, de modo que impera una falta general de disciplina. 21

La brecha social y profesional entre oficiales y tropa existe en todos los ejércitos, pero en Estados Unidos y otras fuerzas occidentales el cuerpo de suboficiales (NCO, por sus siglas en inglés) la salva. De hecho, un cuerpo profesional de suboficiales ha sido decisivo para que el ejército estadounidense funcione a su máximo nivel; como principales instructores de un ejército profesional, los suboficiales son clave para los programas de adiestramiento y para el espíritu de unidad de la tropa. La mayor parte del mundo árabe carece de cuerpo de suboficiales o lo tiene inoperante, lo que lastra gravemente su eficacia militar. Con algunas excepciones, los suboficiales se consideran en la misma baja categoría que la tropa y, por tanto, no sirven de puente entre tropa y oficiales. Los oficiales instruyen, pero la amplia brecha social entre soldado y oficial tiende a hacer que el aprendizaje sea rutinario, formalizado e ineficaz. Los aspectos prácticos y demostrativos de la instrucción faltan con frecuencia porque los oficiales se niegan a mancharse las manos y prefieren ignorar los aspectos más prácticos de la materia, por considerarlos impropios de su posición social. Un ejemplo dramático de esto ocurrió durante la guerra del Golfo, cuando un fuerte vendaval derribó las tiendas de los oficiales iraquíes prisioneros de guerra. Durante tres días permanecieron bajo el viento y la lluvia antes que ser vistos por los prisioneros de tropa de un campo cercano trabajando con sus manos.

El coste militar de todo ello es elevadísimo. Sin la cohesión que aportan los suboficiales, las unidades tienden a desintegrarse bajo la presión del combate. La razón principal es que la tropa, sencillamente, no confía en sus oficiales. En cuanto los oficiales abandonan las zonas de instrucción, el adiestramiento empieza a venirse abajo a medida que los soldados se desentienden y se van dispersando. Un oficial egipcio me explicó en una ocasión que la catastrófica derrota del ejército egipcio en 1967 se debió a la falta de cohesión dentro de las unidades. La situación, dijo, solo había mejorado marginalmente en 1973. Los prisioneros iraquíes de 1991 mostraban un notable miedo y animadversión hacia sus oficiales.

Las decisiones se toman y se transmiten desde arriba, con muy poca comunicación lateral. Esto conduce a un sistema sumamente centralizado, en el que la autoridad casi nunca se delega. Rara vez un oficial toma por su cuenta una decisión crítica; prefiere la vía segura de que se le identifique como trabajador, inteligente, leal… y dócil. Llamar la atención sobre uno mismo como innovador o como alguien proclive a tomar decisiones unilaterales es una receta para meterse en problemas. Como en la vida civil, el conformismo es la norma social abrumadora: el clavo que sobresale recibe el martillazo. Las órdenes y la información fluyen de arriba abajo; no deben reinterpretarse, enmendarse ni modificarse en modo alguno.

Los instructores estadounidenses suelen desesperarse al intentar arrancar una decisión a su homólogo, sin reparar en que el oficial árabe carece de autoridad para tomarla; una frustración agravada por la comprensible reticencia del árabe a admitir que no tiene esa autoridad. Este autor ha visto varias veces cómo decisiones que podrían haberse tomado a nivel de batallón, sobre asuntos como los horarios y lugares de las clases, requerían la aprobación del ministerio de Defensa. Todo ello ha llevado a los instructores estadounidenses a formular una regla práctica: un sargento primero del ejército de Estados Unidos tiene tanta autoridad como un coronel de un ejército árabe. Los métodos de instrucción y los contenidos los dictan las autoridades superiores. Los jefes de unidad tienen muy poco que decir al respecto. La naturaleza politizada de los ejércitos árabes significa que los factores políticos pesan mucho y con frecuencia se imponen a las consideraciones militares. Los oficiales con iniciativa y predilección por la acción unilateral suponen una amenaza para el régimen. Esto se aprecia no solo a nivel de estrategia nacional, sino en todos los aspectos de las operaciones y la instrucción militares. Si los ejércitos árabes se despolitizaron algo y se profesionalizaron más en los preparativos de la guerra de 1973 con Israel, 22 una vez terminados los combates volvieron los viejos hábitos. Ahora, además, entra en juego un estamento militar cada vez más burocratizado. Un veterano de las guerras intestinas del Pentágono se sentirá un párvulo al toparse con las rivalidades que existen en los cuarteles generales militares árabes.

Asumir la responsabilidad de una política, una operación, una situación o un programa de instrucción rara vez ocurre. Los instructores estadounidenses pueden desesperarse cuando se topan una y otra vez con oficiales árabes que achacan el fracaso de operaciones o programas al material estadounidense o a alguna otra causa externa. Un elevado porcentaje de material estadounidense fuera de servicio se atribuye a la «falta de piezas de repuesto», señalando con el dedo a un sistema de abastecimiento estadounidense poco diligente, pese a que los instructores estadounidenses pueden documentar la llegada al país de abundantes suministros que desaparecen en un sistema de abastecimiento disfuncional. (Tales críticas nunca eran cáusticas ni personales, y a menudo tan indirectas y corteses que no fue hasta después de la reunión cuando se captaron las referencias oblicuas). Este imperativo opera incluso en los niveles más encumbrados. Durante la guerra de Kuwait, las fuerzas iraquíes tomaron la localidad de Jafyi, en el noreste de Arabia Saudí, después de que los saudíes la hubieran evacuado. El general Jalid bin Sultán, comandante de las fuerzas terrestres saudíes, pidió al general Norman Schwarzkopf una carta en la que constara que había sido el general estadounidense quien ordenó la evacuación de la localidad saudí. 23 Y en su relato de la batalla de Jafyi, el general Bin Sultán culpa, como era previsible, a los estadounidenses de la ocupación iraquí de la localidad. 24 En realidad, el problema fue que las ligeras fuerzas saudíes de la zona abandonaron el campo de batalla. 25 Los saudíes estaban de hecho superados en potencia de fuego y en número por la unidad iraquí que se acercaba a Jafyi, pero el orgullo saudí exigía culpar a los extranjeros.

En cuanto al material, existe un vasto abismo cultural entre los sistemas de mantenimiento y logística estadounidenses y árabes. Las dificultades árabes con el material estadounidense no son, como a veces se cree de forma simplista, una cuestión de que «los árabes no hacen mantenimiento», sino algo mucho más profundo. El concepto estadounidense de sistema de armas no se traslada con facilidad. Un sistema de armas trae consigo procedimientos, políticas e incluso una filosofía específicos de mantenimiento y logística, todos ellos basados en la cultura estadounidense, con sus expectativas de un determinado nivel educativo, un sentido de responsabilidad de la pequeña unidad, una dotación de herramientas y una doctrina. Las herramientas que se asignarían a un batallón estadounidense (una unidad de unos 600 a 800 efectivos) se encontrarían muy probablemente en un nivel mucho más alto —seguramente dos o tres escalones por encima— en un ejército árabe. La pericia, la iniciativa y, sobre todo, la confianza que implica delegar responsabilidad en un nivel inferior son raras. El material estadounidense y su mantenimiento se basan en el concepto de reparación en el nivel más bajo posible y, por tanto, exigen delegación de autoridad. Sin las herramientas, los repuestos o la pericia necesarios para mantener el material en funcionamiento, y reacio a dar malas noticias a sus superiores, el jefe de unidad busca chivos expiatorios. Todo esto explica por qué oí muchas veces en Egipto que el armamento estadounidense es «demasiado delicado».

He observado a muchos equipos de evaluación estadounidenses sobre el terreno: invariablemente, los anfitriones defienden la adquisición del material militar más moderno y hacen todo lo posible por eludir las cuestiones de mantenimiento, logística e instrucción. Ofuscan y despistan hasta tal punto que a los equipos estadounidenses, por serio que sea su sentido de la misión, les resulta casi imposible ayudar. De manera más general, la renuencia árabe a ser francos sobre las deficiencias de la instrucción hace extremadamente difícil que los asesores extranjeros apoyen adecuadamente la enseñanza o evalúen las necesidades formativas.

La falta de cooperación se aprecia sobre todo en la incapacidad de todos los ejércitos árabes para llevar a cabo con éxito operaciones de armas combinadas. Una compañía de infantería del ejército regular jordano, por ejemplo, es hombre por hombre tan buena como una compañía israelí comparable; sin embargo, a nivel de batallón, la coordinación que exigen las operaciones de armas combinadas, con apoyo de artillería, aéreo y logístico, sencillamente no existe. De hecho, cuanto más alto el escalón, mayor la disparidad. Ello se debe a la escasa frecuencia de la instrucción en armas combinadas; y cuando esta tiene lugar, su propósito es impresionar a las visitas (y lo consigue: el número de feria suele ejecutarse con un entusiasmo y un talento teatral poco comunes) más que proporcionar instrucción real.

Este problema obedece a tres factores principales. Primero, la conocida falta de confianza de los árabes hacia cualquiera ajeno a su propia familia afecta negativamente a las operaciones ofensivas. 26 Las excepciones a esta pauta se limitan a las unidades de élite (que en todo el mundo árabe tienen el mismo cometido: proteger al régimen, no al país). En una cultura en la que casi toda esfera de la actividad humana, incluidas las relaciones comerciales y sociales, se basa en una estructura familiar, esa orientación está presente también en el ejército, sobre todo bajo la presión del combate. La acción ofensiva consiste, básicamente, en fuego y maniobra. El elemento de maniobra debe confiar en que las unidades o armas de apoyo proporcionan fuego de cobertura. Si falta confianza en ese apoyo, lograr que las tropas avancen contra defensores atrincherados solo es posible si los oficiales se ponen al frente y lideran, algo que no ha sido característico del mando árabe.

Segundo, el complejo mosaico de pueblos crea problemas adicionales para la instrucción, pues los gobernantes de Oriente Medio se sirven de las lealtades sectarias y tribales para mantenerse en el poder. La minoría alauí controla Siria, los transjordanos controlan Jordania, los suníes controlan Irak y los naydíes controlan Arabia Saudí. Esto tiene implicaciones directas en el ámbito militar, donde las consideraciones sectarias afectan a los destinos y los ascensos. Algunas minorías (como los circasianos en Jordania o los drusos en Siria) vinculan su bienestar a la élite gobernante y desempeñan funciones críticas de protección; otras (como los chiíes de Irak) quedan excluidas del cuerpo de oficiales. En cualquier caso, la asignación de oficiales con criterios sectarios juega en contra de la asignación por méritos.

La misma falta de confianza opera en el plano interestatal, donde los ejércitos árabes muestran muy poca confianza mutua, y con razón. La burda mentira que Gamal Abdel Nasser le contó al rey Huseín en junio de 1967 para arrastrarlo a la guerra contra Israel —que la fuerza aérea egipcia estaba sobre Tel Aviv (cuando la mayoría de sus aviones habían sido destruidos)— fue un ejemplo clásico de engaño. 27 El acercamiento falaz de Sadat a los sirios para inducirlos a entrar en la guerra en octubre de 1973 fue otro (les dijo que los egipcios planeaban una guerra total, engaño que incluyó el uso de un segundo juego de planes operativos destinado únicamente a ojos sirios). 28 Con semejante historial, no es de extrañar que haya muy poca instrucción cruzada o conjunta entre los ejércitos árabes y muy pocos ejercicios de mando. Durante la guerra de 1967, por ejemplo, ni un solo oficial de enlace jordano estuvo destinado en Egipto, ni los jordanos fueron transparentes con el mando egipcio. 29

Tercero, los gobernantes de Oriente Medio recurren sistemáticamente a técnicas de equilibrio de poder para mantener su autoridad. 30 Emplean organizaciones rivales, organismos duplicados y estructuras coercitivas dependientes del capricho del gobernante. Esto hace difícil, cuando no imposible, construir cualquier forma de base de poder personal, y mantiene al liderazgo aprensivo y desequilibrado, nunca seguro de su carrera ni de su posición social. Lo mismo rige dentro del estamento militar: un jefe del Estado Mayor Conjunto poderoso resulta inconcebible.

Los mandos conjuntos son constructos sobre el papel con escasa función real. Los líderes contemplan los mandos conjuntos, los ejercicios conjuntos, las armas combinadas y los estados mayores integrados con mucha cautela, pues para todos los ejércitos árabes son un arma de doble filo. Un filo apunta al enemigo exterior y el otro, a la capital. Las fuerzas terrestres son, a la vez, una fuerza de sostenimiento del régimen y una amenaza para él. Ningún gobernante árabe permitirá que las operaciones o la instrucción combinadas se vuelvan rutinarias; la excusa habitual es el coste económico, pero no convence dada la frecuencia con que compran material cuyo mantenimiento no pueden costear. De hecho, los ejercicios de armas combinadas y los estados mayores conjuntos generan familiaridad, suavizan rivalidades, disipan recelos y eliminan las organizaciones fragmentadas y competidoras que permiten a los gobernantes enfrentar a unos rivales con otros. Esta situación se ve con máxima claridad en Arabia Saudí, donde las fuerzas terrestres y la aviación dependen del ministro de Defensa, el príncipe Sultán, mientras que la Guardia Nacional depende del príncipe Abdalá, viceprimer ministro y príncipe heredero. En Egipto, las Fuerzas Centrales de Seguridad contrapesan al ejército. En Irak y Siria, la Guardia Republicana cumple esa función de contrapeso.

Los políticos crean de hecho obstáculos para mantener la fragmentación. Por ejemplo, obtener aeronaves de la fuerza aérea para la instrucción aerotransportada del ejército, ya se trate de un ejercicio conjunto o de una simple petición administrativa de apoyo a la instrucción, debe por lo general coordinarse entre los jefes de las armas en el ministerio de Defensa; si está implicado un número elevado de aeronaves, es probable que requiera la aprobación presidencial. Los golpes militares pueden haber pasado de moda, pero el miedo a ellos sigue siendo intenso. Cualquier ejercicio a gran escala de fuerzas terrestres es motivo de preocupación para el gobierno y se vigila estrechamente, sobre todo si se emplea munición real. En Arabia Saudí, un complejo sistema de autorizaciones exigidas a los comandantes militares de zona y a los gobernadores provinciales, todos ellos con cadenas de mando distintas para conceder permisos de convoyes por carretera, obtener munición y realizar ejercicios, significa que para que un golpe funcionara haría falta una enorme cantidad de conspiradores leales. Los regímenes árabes han aprendido a blindarse contra los golpes.

Los regímenes árabes clasifican como secreto prácticamente todo lo vagamente militar. La información que el ejército estadounidense publica de forma rutinaria (sobre ascensos, traslados, nombres de jefes de unidad y designaciones de unidades) es alto secreto en los países de habla árabe. Es cierto que ello dificulta al enemigo elaborar un orden de batalla preciso, pero también alimenta el carácter divisivo y compartimentado de las fuerzas militares. La obsesión por la seguridad puede alcanzar extremos ridículos. Antes de la guerra de 1973, Sadat se sorprendió al descubrir que, faltando dos semanas para la fecha en que había ordenado que las fuerzas armadas estuvieran listas para la guerra, su ministro de la Guerra, el general Muhammad Sadiq, no había informado de la orden a su propio estado mayor inmediato. ¿Debía una guerra, se preguntaba Sadat, mantenerse en secreto ante las mismas personas que se esperaba que la libraran? 31 Cabe esperar que un homólogo árabe o un contacto clave sea sustituido sin previo aviso y sin explicación alguna sobre su repentina ausencia. Bien puede tratarse simplemente de un traslado a unas puertas más allá, pero la vaguedad del asunto deja a los extranjeros con escenarios sombríos, escenarios que podrían ser ciertos. Y más vale no preguntar demasiado; los asesores o instructores que parezcan excesivamente curiosos pueden ver limitado su acceso a la información o las instalaciones militares del país anfitrión.

La supuesta estrecha relación entre Estados Unidos e Israel, que se cree operativa en todos los niveles, agrava y complica esta inclinación al secretismo. Los árabes creen que los detalles más banales sobre ellos se transmiten de algún modo al Mosad a través de una línea directa secreta.Esto explica por qué a un asesor estadounidense con fuerzas árabes se le preguntará pronto y a menudo su opinión sobre el «problema de Palestina», para después someterlo a monólogos sobre la presunta dominación judía de Estados Unidos.

En materia de medidas de seguridad existe una laxitud general, una aparente despreocupación e indiferencia ante los accidentes durante la instrucción, muchos de los cuales podrían haberse evitado con un esfuerzo mínimo. A los estadounidenses, (quizá en exceso) obsesionados con la seguridad, las sociedades árabes les parecen indiferentes a las bajas y muestran un enfoque aparentemente desidioso respecto a la seguridad en la instrucción. Hay varias explicaciones para ello. Algunos señalarían el fatalismo inherente al islam, 32 y desde luego cualquiera que haya pasado bastante tiempo en taxis árabes daría crédito a esa teoría, pero quizá la razón sea menos religiosa y más resultado de la cultura política. Como sabe cualquier veterano militar, el ethos de una unidad se fija en la cúspide; o, como dice el viejo refrán, las unidades hacen bien aquello que le importa al jefe. Cuando la cúpula política muestra una absoluta falta de preocupación por el bienestar de sus soldados, esas actitudes se filtran hacia abajo por toda la jerarquía. La prueba A fue la traición a las tropas sirias que combatían a Israel en el Golán en 1967: tras haber retirado sus unidades de élite, el gobierno sirio difundió a sabiendas la falsedad de que las tropas israelíes habían tomado la localidad de Quneitra, lo que las habría situado a espaldas del ejército sirio, formado en su mayoría por reclutas, que seguía en sus posiciones. El liderazgo dio ese paso para presionar a las grandes potencias a imponer una tregua, aunque provocó el pánico de las tropas sirias y la pérdida de los Altos del Golán. 33

Sería difícil exagerar el abismo cultural que separa a las culturas militares estadounidense y árabe. En todas las áreas significativas, los asesores militares estadounidenses se topan con alumnos que asimilan con entusiasmo sus lecciones y luego se abstienen resueltamente de aplicarlas. La cultura a la que regresan —la de sus propios ejércitos en sus propios países— frustra las intenciones con las que se despidieron de sus instructores estadounidenses.

Cuando ejercieron influencia sobre determinados estamentos militares árabes, los soviéticos reforzaron los rasgos culturales de sus clientes mucho más de lo que, en años más recientes, han podido hacerlo los estadounidenses. Al igual que la árabe, la cultura militar soviética estaba impulsada por temores políticos lindantes con la paranoia. Las medidas adoptadas para controlar las fuentes (reales o imaginarias) de esos temores —como una estructura de mando rígidamente centralizada— eran fácilmente comprendidas por las élites políticas y militares árabes. Los árabes también sentían afinidad por el desprecio de la oficialidad soviética hacia los soldados rasos y por la desconfianza de la jerarquía militar soviética ante un cuerpo de suboficiales bien desarrollado, apreciado y bien remunerado.

La cultura política árabe se asienta sobre un alto grado de estratificación social, muy similar al de la desaparecida Unión Soviética y muy distinto del de unos Estados Unidos meritocráticos, democráticos y de ascenso social. Los oficiales árabes no ven valor alguno en compartir información entre sí, y mucho menos con sus hombres. En esto siguen el ejemplo de sus dirigentes políticos, que no solo ocultan información a sus propios aliados, sino que, de forma rutinaria, los engañan. El adiestramiento en los ejércitos árabes refleja esta realidad: en lugar de prepararse todo lo posible para la multitud de responsabilidades improvisadas que afloran en el caos del combate, los soldados árabes —y sus oficiales— quedan constreñidos a las funciones estrechas que les asigna su jerarquía. Que eso los haga menos eficaces en el campo de batalla, por no hablar de que ponga sus vidas en mayor riesgo, apenas preocupa, mientras que, por supuesto, estas dos cuestiones son dominantes en la cultura militar estadounidense y se reflejan en el adiestramiento militar estadounidense.

Es improbable que se produzca un cambio mientras no lo haga la cultura política árabe en su conjunto, aunque la experiencia de otras sociedades (incluida la nuestra) sugiere que el ejército puede ejercer una influencia democratizadora sobre la cultura política en sentido amplio, en la medida en que los oficiales trasladan las lecciones de su formación primero a su entorno profesional y luego al conjunto de la sociedad. La diferencia es sustancial, sin embargo, cuando la cultura política circundante no solo es declaradamente democrática (como lo son muchos Estados de Oriente Medio), sino que también lo es en la práctica. Hasta que la política árabe no empiece a cambiar en niveles fundamentales, es improbable que los ejércitos árabes —con independencia del valor o la competencia de oficiales y soldados a título individual— adquieran el abanico de cualidades que las fuerzas de combate modernas requieren para triunfar en el campo de batalla. Porque esas cualidades dependen de inculcar respeto, confianza y apertura entre los miembros de las fuerzas armadas a todos los niveles, y esa es la música de marcha de la guerra moderna que los ejércitos árabes, por mucho que emulen los pasos correspondientes, no quieren oír.

Norvell De Atkine, coronel retirado del Ejército de Estados Unidos, con ocho años de residencia en Líbano, Jordania y Egipto, y con un título de posgrado en estudios árabes por la Universidad Americana de Beirut, instruye actualmente a personal del Ejército de Estados Unidos destinado a zonas de Oriente Medio. Las opiniones aquí expresadas son estrictamente suyas.

Leer el original en inglés: Why Arabs Lose Wars

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